domingo, 28 de mayo de 2017

Estrategias de manipulación


El francés Sylvain Timsit, con el título original “Stratégies de manipulation", publicó este decálogo en la web syti.net allá por el 2002. Estas reglas se ven reflejadas en la mayoría de empresas, corporaciones, partidos políticos y sobre todo medios de comunicación de hoy en día.




1. La estrategia de la distracción. El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. ”Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita


2. Crear problemas y después ofrecer soluciones. Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.


3. La estrategia de la gradualidad. Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.




4. La estrategia de diferir. Otra manera de hacer aceptar una decisiónimpopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.


5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad. La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. ¿Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad (ver “Armas silenciosaspara guerras tranquilas”)”.


6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión.
Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…


7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad. Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposible de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”irigirse al público como criaturas de poca edad. La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. ¿Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico .


8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad. Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar, e inculto…


9. Reforzar la autoculpabilidad. Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se auto desvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, sin acción, no hay revolución!


10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen. En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídos y utilizados por las élites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.

domingo, 16 de abril de 2017

Posverdad (mentira emotiva): definición y ejemplos

La post-truth es un contexto en el que no importa si los hechos son verdadero o falsos.




En el mito de la caverna de Platón, el famoso filósofo griego planteaba que la verdad es independiente de nuestras opiniones. Estará siempre ahí aunque nadie crea en ella. Es una visión muy idealista sobre lo que existe.

Sin embargo, esta idea tan poderosa también tiene un lado oscuro: la mentira también puede subsistir y acaparar toda la atención porque, si bien no describe fielmente la realidad, no le hace falta; simplemente "funciona" en nuestras cabezas. Nos permite construir un relato sobre nuestras vidas,. Por eso sobrevive.

Hace unos meses el Diccionario Oxford señaló que la palabra del año 2016 había sido post-truth, que en castellano es algo así como posverdad. Este concepto señala que entre la verdad y la mentira hay un territorio de aguas turbias que escapa a esas dos definiciones.

¿Qué es la posverdad?


La posverdad se ha definido como un contexto cultural e histórico en el que la contrastación empírica y la búsqueda de la objetividad son menos relevantes que la creencia en sí misma y las emociones que genera a la hora de crear corrientes de opinión pública.

Básicamente, la palabra sirve para señalar una tendencia en la creación de argumentarios y discursos que se caracteriza por partir de la asunción de que la objetividad importa mucho menos que el modo en el que lo que se afirma encaja con el sistema de creencias que sentimos nuestro y que nos hace sentir bien.

La posverdad supone un emborronamiento de la frontera entre la verdad y la mentira, y crea una tercera categoría distinta a las dos anteriores. Una en la que un hecho, ficticio o no, es aceptado de antemano por el simple hecho de encajar con nuestros esquemas mentales.

Los hechos alternativos


A la popularización de posverdad se le ha unido la del concepto alternativa facts, que en castellano se traducen como "hechos alternativos". Mentiras, vamos. Pero con un matiz: los hechos alternativos, a diferencia de las mentiras en general, tienen detrás un potente aparato mediático y propagandístico que los respalda y que hará todo lo posible por hacer que esas falsedades parezcan explicar la realidad o, al menos, que no parezcan mentiras.

A fin de cuentas, para que algo sea un hecho alternativo necesita algo que le dé impulso y que le permita generar un discurso paralelo a la realidad sin pegarse un castañazo. De otro modo, no sería la alternativa de nada.

Los hechos alternativos, son, antes de ser bautizados como tales por la jefa de la campaña electoral de Trump cuando se le recriminó haber utilizado información falsa, la materia prima de la posverdad. O, visto de otro modo, los elementos cuya existencia han obligado a alguien a crear el concepto de posverdad y utilizarlo en politología y sociología.

Algunos ejemplos de posverdad


Como ejemplos claros de la influencia de la cultura de la posverdad podríamos mencionar el hecho que llevó a utilizar por primera vez el concepto "hechos alternativos" en un contexto de política profesional. Kellyanne Conway, la mencionada jefa de la campaña de Donald Trump, justificó las barreras interpuestas a los ciudadanos provenientes de países de tradición musulmana que quieren entrar en los EUA señalando que dos refugiados iraquíes habían estado involucrados en la matanza de Bowling Green. La matanza de Bowling Green no ha existido.


Otro ejemplo simple de posverdad son las declaraciones de Sean Spicer, Secretario de Prensa de la Casa Blanca, asegurando que los medios de comunicación habían ocultado deliberadamente la asistencia masiva de ciudadanos con la que contó la investidura presidencial de Trump; según él, la inauguración con la mayor audiencia del mundo.


Pero, por supuesto, los hechos alternativos no han nacido con Trump; son una constante en política. Aquí podríamos mencionar, por ejemplo, las afirmaciones provenientes del gobierno español de que las pensiones están garantizadas cuando los indicadores que cruzan demografía con datos socioeconómicos muestran lo contrario. Si encaja en un discurso que despierta fuertes emociones porque nos representa, es válido, sea cierto o no.

Disonancias cognitivas


En realidad aquello a lo que más o menos hace referencia el término posverdad se viene conociendo desde hace algunos años en psicología; los sacrificios intelectuales que aceptamos con tal de mantener en pie un sistema de creencias que ha arraigado en nuestra identidad. Un fenómeno que señaló, por ejemplo, el psicólogo social Leon Festinguer.

La disonancia cognitiva de la que hablaba Festinguer es ese estado de tensión y conflicto interno que notamos cuando la realidad choca con nuestras creencias. Cuando se produce, intentamos resolver la situación reajustando el encaje entre ese sistema de creencias y la información que nos llega del exterior; mucha veces, elegimos manipular la realidad para mantener lo primero tal y como está.

La posverdad como oportunidad


Pero no todos los aspectos de la post-truth se formulan en negativo, como algo que destruye la manera de ver las cosas que nos caracterizaba antes. También hay un aspecto positivo de la posverdad; no porque sea moralmente bueno, sino porque lleva a construir algo nuevo, en vez de deshacer lo que ya hay.

¿Y qué es lo que aporta la posverdad? La posibilidad de crear un contexto en el que la verdad y la contrastación y presentación de pruebas se valore tan poco que puedan subsistir todo tipo de mentiras e ideas sin pies ni cabeza. Desde que el cambio climático es un mito hasta que la homosexualidad es antinatural, pasando por toda clase de invenciones acerca de países lejanos para crear una excusa que permita invadirlos.

Esta tendencia a renunciar a la honestidad intelectual por el propio bien tiene en los "hechos alternativos" un nombre que le permite legitimarse.

En el mundo de la posverdad literalmente cualquier idea puede dar paso a un discurso válido sobre lo que ocurre en la realidad, siempre y cuando los altavoces por los que se transmite sean lo suficientemente potentes. Saber si es verdadera o no, está de más.

sábado, 15 de abril de 2017

¿La historia de Jesucristo fue un invento de aristócratas romanos para controlar a los pobres?

Comparando la vida de jesús según se cuenta en el nuevo testamento y “la guerra de los judíos” de flavio josefo, el investigador joseph atwill concluye que la historia del mesías fue en realidad una fabulación de autoridades romanas para mantener pacificada y controlada a parte de su población.




En una tesis que sin duda despierta polémica pero igualmente hace ver la antigüedad de la propaganda como un mecanismo de poder y control, el investigador estadounidense Joseph Atwill sostiene que la historia mesiánica de Jesucristo fue en realidad un invento del Imperio Romano para pacificar a los más pobres, un “sistema de control mental para producir esclavos que creían que Dios había decidido su esclavitud”.

Atwill es autor de Caesar’s Messiah: The Roman Conspiracy to Invent Jesus, un libro recién publicado en el que desmonta la idea de que el cristianismo comenzó como una religión y, en su lugar, lo coloca como una sofisticada maniobra de propaganda gubernamental. De acuerdo con el investigador, los libros que integran el Nuevo Testamento (base de la doctrina cristiana) no fueron escritos por los evangelistas y otros personajes a quienes la tradición y el dogma atribuyen su autoría, sino por un grupo específico de aristócratas romanos en el siglo I de nuestra era.

Según esta interpretación, uno de los motivos detrás de dicha estrategia fue la persistente rebeldía del pueblo judío y, en particular, sectas religiosas que so pretexto de esperar la llegada de un “Mesías guerrero”, con frecuencia desafiaban la hegemonía de Roma. En cierto punto el Imperio dejó de lidiar con este problema por la vía armada y, a cambio, optó por la psicológica, según defiende Atwill.

“En vez de alentar la guerra, este Mesías incitaba al pacifismo de poner la otra mejilla y animaba a los judíos a “dar al César” y “pagar sus impuestos a Roma”, explica el investigador. Y continúa:

Aunque el cristianismo puede ser cómodo para algunos, también puede ser muy dañino y represivo, una forma insidiosa de control mental que conduce a la aceptación ciega de la servidumbre, la pobreza y la guerra a través de la historia. Actualmente, en especial en Estados Unidos, es utilizado para generar apoyo para la guerra en Medio Oriente.

Como evidencia de sus afirmaciones Atwill presenta una comparación entre las narraciones del Nuevo Testamento y la de Flavio Josefo en La guerra de los judíos, el único testimonio escrito conservado de la vida en Judea durante el siglo I. Atwill asegura que entre ambos relatos hay similitudes que hasta ahora han pasado inadvertidas a propósito de esta posible invención propagandística.

Lo que parece que ha sido eludido por muchos investigadores es que la secuencia de eventos y lugares del ministerio de Jesús es más o menos la misma que la secuencia de eventos y localidades de la campaña militar de Tito Flavio según la describe Josefo. Esta es una evidencia clara de un patrón construido deliberadamente. De hecho, la biografía de Jesús está construida, de principio a fin, sobre historias previas, pero especialmente sobre la biografía de un César romano.

fuente: www.independent.co.uk/news/uk/home-news/story-of-jesus-christ-was-fabricated-to-pacify-the-poor-claims-controversial-biblical-scholar-8870879.html

domingo, 19 de marzo de 2017

"Trabaje gratis": crece el número de ofertas de empleo sin sueldo


“Trabaje gratis”, dice el cartel. Unas luces de neón lo acompañan, parpadeantes, con la intención de hacerlo más vistoso, pues no es algo que haya que pedir con la boca pequeña. Quién sabe, a lo mejor el parpadeo de colores le aturde y pierde por fin todo el sentido y el valor de las cosas. Igual hasta se queda ciego de principios, derechos y convicciones, pasando a formar parte del engranaje de explotación que parece regir muchos de los puestos de trabajo en España.


Simplificando: la esclavitud ha vuelto; está de moda. Y esta vez sin necesidad de cadenas o latigazos intimidatorios, porque las cabezas gachas y la dignidad ausente vienen de serie. Una pandemia que a muchos interesa que no se erradique porque aumenta los ingresos de unos pocos, a costa del esfuerzo de la mayoría.


“Son las circunstancias” o “es la situación”, son las excusas que legitiman estas propuestas deshonestas. Situación y circunstancias que sólo tienen en cuenta un lado, obviando la necesidad ajena. En unos pocos años hemos pasado de un escenario donde ser mileurista era estar mal pagado a convertir la misma cantidad en una meta aspiracional. ¿Qué ha pasado? El coste de la vida no se ha abaratado y la preparación de la gente ha ido en aumento. ¿Tan poderosa ha sido la crisis como para reprogramarnos enteros?



La necesidad alimenta el trabajo precario. (DP) 


En mayo de 2016, el presidente de la CEOE, Juan Rosell, afirmó sin titubeos que el trabajo “fijo y seguro” era “un concepto del siglo XIX”; en el futuro, matizó, habrá que “ganárselo todos los días”. Una reflexión a la que llegó después de asegurarse una subida de su sueldo como consejero de Gas Natural Fenosa −empleo arduo donde los haya−, de un 64% o, lo que es lo mismo, 208.000 euros brutos al año.


Si así se expresan los representantes de la patronal, no sorprende que el mercado laboral se llene de ofertas cuya retribución se basa en palmaditas en la espalda y cuentas bancarias a cero. “Así coges experiencia” o “al menos te entretienes” son los argumentos con los que tiran por tierra el Artículo 35 de nuestra Constitución: Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo (…) y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia. Repetimos: “remuneración suficiente” y no palabras de aliento. Porque el verdadero reconocimiento se refleja en la nómina.


Una nueva realidad no retribuida


La revista Fortune recogía hace unos años una peligrosa idea: “Quienes trabajan gratis tienen más ambición, más hambre que aquellos que perciben un salario. Y además son más creativos”. Una propaganda que viene a decir que la ausencia de sueldo implica un mejor desarrollo personal. Personal y no físico, pues habrá que ignorar la necesidad de comer todos los días.


Las contadas ofertas que aparecen anunciadas en periódicos o webs de empleo tienden al oscurantismo. Un estudio realizado por UGT Barcelona demostró que el 71% de los anuncios no hace mención al sueldo y más de la mitad, el 52%, no incluye el horario. Al mismo tiempo, el 30% no especifica la jornada y el 13% omite, incluso, el tipo de contrato. De esta forma, los potenciales candidatos acuden a la cita en clara desventaja y muchos terminan prestando sus servicios, engatusados por un discurso que apela a la buena fe, sin concretar retribución alguna. Al parecer, los sueldos de hoy en día son conceptos etéreos que cuesta cuantificar, más habituales en la imaginación del trabajador que en su cartera.


La triste realidad demuestra que, en caso de queja, te señalaran la puerta. Sin represalias o consecuencias para el que explota porque, si no quieres trabajar gratis tú, en la oficina de empleo hay mucha más gente haciendo cola.


Para comprobar lo estrafalario e indignante del asunto, basta con acceder a unos cuantos portales de empleo para encontrar ofertas de lo más peregrinas, de esas que piden currículos interminables a cambio de sueldos irrisorios y, en ocasiones, una ilusión y voluntad inquebrantables: requisitos indispensables para trabajar “por amor al arte”.


Las ofertas de trabajo precarias o abusivas son cada vez más frecuentes en portales de búsqueda de empleo. (CA)


Un ejemplo de claro de esta desvergüenza lo encontramos en el anuncio de una empresa ubicada en Madrid, concretamente una tienda de ropa, que busca una dependienta de agenda liberada, dispuesta a cubrir festivos, puentes, fines de semanas y otros días a decisión del contratante. Además de exigir una disponibilidad completa, la oferta remata tan apetecible plan con un periodo de prueba de dos meses, donde el sueldo brillará por su ausencia (pese a realizar cuarenta horas semanales). Todo esto con el hándicap añadido de que la afortunada joven deberá alcanzar un nivel de ventas afín a las expectativas creadas. En caso de superar tan escasos requisitos, cabría la posibilidad (tal vez), de empezar a pagarle aquellos días que, sin preaviso, trabaje a partir de entonces. Real y verídico.


Los periodistas y redactores son otro de los sectores más perjudicados, enfrentándose a diario a ofertas de tipo vocacional, o lo que es lo mismo, retribuidas en “promoción personal, sueños y otras cosas bonitas”. No es raro encontrar anuncios que busquen a gente dispuesta a redactar 10 artículos diarios (con un mínimo de 350 palabras), totalmente originales y bien documentados por el suculento precio de 60 céntimos la pieza. Los más generosos redondean al euro, un pago que motiva a cualquiera a ofrecer su ingenio. Como entendiendo que cualquier trabajo implique creatividad, se hace por pura satisfacción personal. No vas a esperar cobrar por algo que te gusta hacer, ¿verdad?


Las empresas digitales también recurren a este tipo de prácticas, confundiendo el hecho de que su contenido se comparta en la red con la misma gratuidad a la hora de pagar a sus empleados. Una de las últimas en ofrecer este tipo de vacantes ha sido la web La Ración, en cuya página necesitan desde escritores a dibujantes, pasando por maquetadores y comentaristas deportivos. “Este es un proyecto que defiende Periodismo Serio”, anuncian, “pero también es mucho más que eso, tenemos una desorbitada vocación de Justicia”. Con muchas mayúsculas pero poca coherencia, ya que aspiran a formar un equipo que trabaje gratis aunque eso sí, persiguiendo la justicia por encima de todo (hasta de sus empleados).


En Twitter se pueden encontrar más anuncios similares bajo la etiqueta #gratisnotrabajo o #falsoempleo, esta última nacida como una iniciativa de FACUA para luchar contra las ofertas laborales fraudulentas.


Negarse a aceptar una oferta de empleo sin contraprestación económica, lejos de escandalizar, está empezando a generar sentimiento de culpa. Ha dejado de ser una ofensa a nuestra valía para convertirse en sometimiento. Visto más como un favor o un motivo para estar agradecidos donde oponerse significa no querer mejorar. En definitiva, no poner de tu parte. La tiranía es un concepto que sólo existe en tu cabeza, siendo tu deber el aferrarte a la ilusión de que todas esas horas de esfuerzo terminarán por repercutir positivamente de algún modo (algún día). Es la malograda esperanza que, forzada por la escasez de oportunidades, amenaza en convertirse en Síndrome de Estocolmo.


Muchos de estos mal llamados “empleados” (con todas las obligaciones y pocos de los derechos) viven oprimidos, soportando el abuso por miedo. Miedo a perder lo poco que les queda. Sus días los guía –sin saberlo− la “indefensión aprendida”, lo cual no es más que un estado de depresión motivado por la desesperanza. La persona aprende, como consecuencia de sus circunstancias, a ser pasivo. Siente que no puede hacer nada por mejorar y asume las injusticias por considerarlas insorteables: se da por vencido.


Esta derrota anticipada surge después de un período prolongado de emociones negativas. Un ejemplo que escenifica esta conducta es el de las ranas y el caldero. Se ha comprobado que si se introduce una rana en agua hirviendo, ésta hará lo posible por escapar; en cambio, si se empieza con el agua fría y gradualmente se va aumentando el calor hasta que el agua hierve, la rana no se moverá. Del mismo modo, la indefensión aprendida es un proceso que se desarrolla de forma gradual hasta que, poco a poco, carcome las fortalezas psíquicas hasta el punto de doblegar la voluntad.


Para demostrar lo fácil que la indefensión aprendida puede actuar, una profesora realizó el siguiente ejercicio en clase. Dio una palabra a sus alumnos, los cuales debían reordenar las letras para obtener una nueva palabra o, lo que es lo mismo, resolver el anagrama. Por ejemplo: Animal = Lámina; Cero = Ocre; Cosa = Saco. Sin que lo supieran, la mitad de la clase recibió una palabra sencilla de resolver y la otra mitad, una que no tenía solución. Así, el primer grupo realizó la tarea rápidamente, levantando la mano para indicar que había terminado, frente a la confusión y la frustración del otro grupo, que se veía incapaz de avanzar.


La profesora volvió a repetir el ejercicio con las mismas condiciones, dando al primer grupo una palabra sencilla y otra irresoluble para el segundo. Para cuando llegaron a la tercera palabra que, esta vez, era la misma para toda la clase, el grupo que había estado en desventaja anteriormente, obtuvo un peor resultado. En sólo cinco minutos, su confianza había quedado afectada, predisponiéndose al fracaso. Creyeron que, efectivamente, eran incapaces de resolver una tarea que estaba a su alcance.


Los constantes desencantos y la precariedad del mercado laboral producen el mismo efecto y, como las ranas, vivimos en un caldero de agua que empieza a hervir sin que parezca que vayamos a intentar escapar.

sábado, 18 de febrero de 2017

Why You Will Marry the Wrong Person



IT’S one of the things we are most afraid might happen to us. We go to great lengths to avoid it. And yet we do it all the same: We marry the wrong person.


Partly, it’s because we have a bewildering array of problems that emerge when we try to get close to others. We seem normal only to those who don’t know us very well. In a wiser, more self-aware society than our own, a standard question on any early dinner date would be: “And how are you crazy?”


Perhaps we have a latent tendency to get furious when someone disagrees with us or can relax only when we are working; perhaps we’re tricky about intimacy after sex or clam up in response to humiliation. Nobody’s perfect. The problem is that before marriage, we rarely delve into our complexities. Whenever casual relationships threaten to reveal our flaws, we blame our partners and call it a day. As for our friends, they don’t care enough to do the hard work of enlightening us. One of the privileges of being on our own is therefore the sincere impression that we are really quite easy to live with.


Our partners are no more self-aware. Naturally, we make a stab at trying to understand them. We visit their families. We look at their photos, we meet their college friends. All this contributes to a sense that we’ve done our homework. We haven’t. Marriage ends up as a hopeful, generous, infinitely kind gamble taken by two people who don’t know yet who they are or who the other might be, binding themselves to a future they cannot conceive of and have carefully avoided investigating.


For most of recorded history, people married for logical sorts of reasons: because her parcel of land adjoined yours, his family had a flourishing business, her father was the magistrate in town, there was a castle to keep up, or both sets of parents subscribed to the same interpretation of a holy text. And from such reasonable marriages, there flowed loneliness, infidelity, abuse, hardness of heart and screams heard through the nursery doors. The marriage of reason was not, in hindsight, reasonable at all; it was often expedient, narrow-minded, snobbish and exploitative. That is why what has replaced it — the marriage of feeling — has largely been spared the need to account for itself.


What matters in the marriage of feeling is that two people are drawn to each other by an overwhelming instinct and know in their hearts that it is right. Indeed, the more imprudent a marriage appears (perhaps it’s been only six months since they met; one of them has no job or both are barely out of their teens), the safer it can feel. Recklessness is taken as a counterweight to all the errors of reason, that catalyst of misery, that accountant’s demand. The prestige of instinct is the traumatized reaction against too many centuries of unreasonable reason.


But though we believe ourselves to be seeking happiness in marriage, it isn’t that simple. What we really seek is familiarity — which may well complicate any plans we might have had for happiness. We are looking to recreate, within our adult relationships, the feelings we knew so well in childhood. The love most of us will have tasted early on was often confused with other, more destructive dynamics: feelings of wanting to help an adult who was out of control, of being deprived of a parent’s warmth or scared of his anger, of not feeling secure enough to communicate our wishes. How logical, then, that we should as grown-ups find ourselves rejecting certain candidates for marriage not because they are wrong but because they are too right — too balanced, mature, understanding and reliable — given that in our hearts, such rightness feels foreign. We marry the wrong people because we don’t associate being loved with feeling happy.


We make mistakes, too, because we are so lonely. No one can be in an optimal frame of mind to choose a partner when remaining single feels unbearable. We have to be wholly at peace with the prospect of many years of solitude in order to be appropriately picky; otherwise, we risk loving no longer being single rather more than we love the partner who spared us that fate.


Finally, we marry to make a nice feeling permanent. We imagine that marriage will help us to bottle the joy we felt when the thought of proposing first came to us: Perhaps we were in Venice, on the lagoon, in a motorboat, with the evening sun throwing glitter across the sea, chatting about aspects of our souls no one ever seemed to have grasped before, with the prospect of dinner in a risotto place a little later. We married to make such sensations permanent but failed to see that there was no solid connection between these feelings and the institution of marriage.


Indeed, marriage tends decisively to move us onto another, very different and more administrative plane, which perhaps unfolds in a suburban house, with a long commute and maddening children who kill the passion from which they emerged. The only ingredient in common is the partner. And that might have been the wrong ingredient to bottle.


The good news is that it doesn’t matter if we find we have married the wrong person.


We mustn’t abandon him or her, only the founding Romantic idea upon which the Western understanding of marriage has been based the last 250 years: that a perfect being exists who can meet all our needs and satisfy our every yearning.


We need to swap the Romantic view for a tragic (and at points comedic) awareness that every human will frustrate, anger, annoy, madden and disappoint us — and we will (without any malice) do the same to them. There can be no end to our sense of emptiness and incompleteness. But none of this is unusual or grounds for divorce. Choosing whom to commit ourselves to is merely a case of identifying which particular variety of suffering we would most like to sacrifice ourselves for.


This philosophy of pessimism offers a solution to a lot of distress and agitation around marriage. It might sound odd, but pessimism relieves the excessive imaginative pressure that our romantic culture places upon marriage. The failure of one particular partner to save us from our grief and melancholy is not an argument against that person and no sign that a union deserves to fail or be upgraded.


The person who is best suited to us is not the person who shares our every taste (he or she doesn’t exist), but the person who can negotiate differences in taste intelligently — the person who is good at disagreement. Rather than some notional idea of perfect complementarity, it is the capacity to tolerate differences with generosity that is the true marker of the “not overly wrong” person. Compatibility is an achievement of love; it must not be its precondition.


Romanticism has been unhelpful to us; it is a harsh philosophy. It has made a lot of what we go through in marriage seem exceptional and appalling. We end up lonely and convinced that our union, with its imperfections, is not “normal.” We should learn to accommodate ourselves to “wrongness,” striving always to adopt a more forgiving, humorous and kindly perspective on its multiple examples in ourselves and in our partners.

¿Qué es la dictadura del proletariado y por qué es necesaria?



Sólo con leer el título de este artículo el lector probablemente se haya horrorizado. Es posible que ahora se encuentre tan confuso como indignado. ¿Cómo va a ser necesaria una dictadura? ¿No tuvimos suficiente con 40 años de franquismo que los comunistas quieren quitarnos la poca democracia de la que gozamos? Y sobretodo, ¿porqué habla del proletariado, si este ya no existe? "Que no estamos en el siglo XIX, hombre". Y encima voy y pongo una imagen en la que aparecen mujeres armadas, haciendo clara apología a la violencia.
Estos comunistas todo lo hacemos mal, hablar de dictaduras está feo, no es comercial. Alguno no querrá ni seguir leyendo. Paciencia: vayamos por partes y expliquemos qué es la dictadura del proletariado y porqué es necesaria. Luego ya que el lector saque sus propias conclusiones.

1- ¿Qué es una dictadura?

A menudo cuando evocamos el término 'dictadura' nos referimos a regímenes en los cuales no hay libertades ni se respetan los derechos humanos. Se trata de países sin elecciones en los cuales el disidente está perseguido a diario. La España de Franco (1939-1975) sería un buen ejemplo de dictadura para la mayoría de la gente.
Los marxistas tenemos otro enfoque en cuando a la definición de dictadura, muy distinto del que acabo de exponer. Dicho esto, por supuesto que somos conscientes de que no es lo mismo un país con elecciones y ciertas libertades que un régimen autoritario. Distinguimos perfectamente entre la España de Franco y la de Rajoy, que no son sistemas políticos iguales aunque se les intenten sacar parecidos (que los hay). Los marxistas, como iba diciendo, vemos la política partiendo de la base de que existen diferentes clases sociales y que estas tienen intereses a menudo opuestos, y es de ahí de donde sacamos nuestra visión de lo que es una dictadura y lo que es una democracia. Pero si vamos a tomar como base para nuestro análisis la lucha entre clases sociales antes habrá que definir qué son exactamente las clases.
Cuando hablamos de clases sociales no nos referimos a pobres y ricos, ni a la clase baja y la clase media, sino a los grupos de personas que se distinguen por su posición en el sistema de producción y que tienen intereses distintos. Hablamos, en la sociedad capitalista, de la lucha existente entre el proletariado (los trabajadores, que no tenemos medios de producción y nos vemos obligados a vender nuestras capacidades laborales al mejor postor) y la burguesía (que posee bancos, grandes empresas, fuentes de materias primas...). El proletariado trabaja para la burguesía, que le entrega un salario para que pueda sobrevivir. También existen otras dos clases "secundarias" que no vamos a tratar: la pequeña burguesía (pequeños empresarios) y el lumpenproletariado (personas marginadas, como un mendigo o una prostituta). El revolucionario ruso Vladimir 'Lenin' explica así lo que son las clases:
«Las clases son grandes grupos de hombres que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción social, históricamente determinado, por las relaciones en que se encuentran respecto a los medios de producción (relaciones que en gran parte quedan establecidas y formalizadas en las leyes), por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo y, consiguienternente, por el modo y la proporción en que perciben la parte de la riqueza social de que disponen. Las clases son grupos humanos, uno de los cuales puede apropiarse del trabajo del otro, por ocupar puestos diferentes en un régimen determinado de economía social»
Sé que al lector les parecerán términos anticuados y poco familiares, y también sé que no se suele hablar de burguesía o de proletariado en los medios de comunicación, pero son los que tenemos para analizar la sociedad y son los que voy a utilizar.
Toda sociedad en la que persistan las clases sociales es una dictadura de una clase sobre otra. ¿Entonces la España de hoy en día es una dictadura? ¿La España de hoy en día es tan dictatorial como la de Franco? Los marxistas respondemos afirmativamente a ambas preguntas. Ambos regímenes son dictaduras de la burguesía (recordemos: bancos, oligarcas, grandes empresarios...) sobre los trabajadores. Es decir: la burguesía tiene el poder y lo utiliza para satisfacer sus necesidades de clase para desgracia de los trabajadores.
La España de hoy en día puede permitirse formas democráticas: elecciones cada cuatro años, cierta pluralidad informativa, cierta libertad de expresión... a diferencia de lo que pasó en 1936, cuando llegó al poder un partido de izquierdas (el Frente Popular) y la burguesía se vio obligada a dar un golpe de Estado para controlar la situación. Lo mismo vimos en Chile en 1973 o en Venezuela en 2002: cuando llega al poder un partido que no se somete a la burguesía esta pone en marcha un golpe e intenta implantar una dictadura represora. Así que si bien todo sistema de clases es siempre una dictadura, en algunas circunstancias se pueden tolerar formas pseudodemocráticas y libres. Distinguimos entre las dictaduras disfrazadas (la España de hoy) y las dictaduras abiertas (la España de Franco). Pero tranquilos: mientras nos sometamos gustosos y sigamos votando a partidos del sistema (PSOE, PP, UPyD...) no será necesaria ninguna dictadura abierta.
En 1919 Lenin escribió la tesis sobre lo que era la dictadura burguesa y lo que era la dictadura del proletariado. Allí dejó una frase, medio copiada al filósofo alemán F.Engels, que merece la pena analizar:
«incluso en las repúblicas más libres hay una dictadura de la burguesía»
Pero, ¿cómo puede ser esto? ¿cómo una república libre puede ser a la vez una dictadura? Lenin se refería aquí a los dos sistemas más "democráticos" de la época: EEUU y Suiza. Explicó que incluso en esos países se producían matanzas contra los obreros que osaban rebelarse, que los huelguistas eran satanizados por la prensa y que allí el parlamento no respondía a la voluntad general sino a la voluntad de banqueros, terratenientes y monopolistas. ¡Anda, igual que ahora! Solo que como hoy en día apenas osamos rebelarnos el Estado se limita a mandar a los antidisturbios para "mantener el orden público". El orden burgués, diría yo. En cuanto al parlamento, ¿acaso alguien duda de que no representa la voluntad popular sino la de los banqueros y la patronal? Tanto PP como PSOE salvan bancos, se someten a ellos y redactan reformas laborales que benefician al patrón y no al trabajador. ¿No es eso una dictadura, al fin y al cabo? Una dictadura disfrazada, claro, una dictadura de una clase (la burguesía) sobre otra (los trabajadores y sus hijos). Lenin dice, con respecto al parlamento burgués:
«Marx ya demostró (...) el carácter explotador de la democracia burguesa y del parlamentarismo burgués bajo los cuales las clases oprimidas tienen el derecho de decidir una vez cada determinado número de años qué miembros de las clases poseedoras han de "representar y aplastar" al pueblo en el Parlamento.»
Decidir cada cuatro años quién nos aplasta. De eso se trata. ¿Es eso democracia para todos? Quizás sea democracia para el banquero que financia partidos y medios de comunicación, convenciendo así al trabajador de que vote a los partidos del régimen, dado que decide con comodidad sobre los asuntos políticos. Pero para mí, trabajador, esto no es una democracia. ¿Qué poder tengo yo? Ninguno. La PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) ha hecho llegar al parlamento español una propuesta de ley -firmada por un millón y medio de personas- contraria a los intereses de los bancos y que, por supuesto, no va a aprobarse jamás. Vale más el poder del dictador banquero que el de millones de trabajadores. Y con esto queremos decir que existe democracia para la burguesía, que acumula un poder que apenas intuimos, pero dictadura para los trabajadores.
Por supuesto que no todo lo que se hace en el Parlamento está controlado por la burguesía. Hablamos de temas y leyes socioeconómicas que se desarrollan en interés de una clase o de otra. ¿Qué le importa al dirigente patronal que se apruebe la ley del matrimonio homosexual o que los catalanes estudien en castellano? Más bien poco. Además, la burguesía puede permitir algunas leyes que vayan contra sus intereses en caso de que los trabajadores que las reclaman tengan suficiente poder. A veces es mejor embaucar al proletariado con reformas y  mantener el consenso social que provocar un levantamiento. No siempre es productivo sacar los tanques a la calle, de hecho es algo que ocurre en contadas ocasiones y en circunstancias muy especiales.
No podemos entender la noción de dictadura al margen de las clases sociales. Hay una dictadura, sí ¿pero para quién? También hay democracia pero, ¿para quién?. En nuestras sociedades hay democracia para los de arriba y dictadura para los de abajo. El Estado tiene pues una doble función: reprimir a los trabajadores y complacer a los capitalistas. Tal es la imagen que proyectan las leyes que emanan del parlamento. Por tanto el sistema es dictatorial, pero sólo para algunos, y democrático, pero sólo para algunos.
Es obvio que un Gobierno, en un país capitalista, por muy libre que este sea, debe elegir entre gobernar para unos o para otros: no puedes obrar a gusto de todos en una sociedad en la que hay distintos intereses económicos. O gobiernas para una clase o gobiernas para otra. O inviertes en sanidad o privatizas, o rescatas gente o rescatas bancos, o reprimes al trabajador o reprimes al patrón... Por eso los marxistas decimos que las sociedades de clases son dictaduras siempre, una vez más explicitas y otras menos.
¿Y cómo se llevan a cabo estas dictaduras? Pues con represión policial (hoy poca, dado que la protesta es aún débil), con medios de comunicación que nos someten ideológicamente, controlando el Parlamento etc. Las formas dependen de la situación concreta. Durante una huelga pueden bastar unos cuantos porrazos para evitar piquetes, pero si los trabajadores se organizan y realmente amenazan con tomar el poder entonces es hora de sacar los tanques a la calle. Si los trabajadores votan a partidos burgueses (partidos que legislan a favor de la burguesía) se pueden tolerar las elecciones, pero si estos toman conciencia y votan a partidos proletarios (o al menos a partidos de izquierdas que busquen ciertas mejoras importantes para el proletariado) entonces la burguesía mueve sus hilos y rápidamente se decanta por suprimir las elecciones y establecer una dictadura de corte militar. Ejemplos históricos tenemos de sobra, en todos los continentes y para todos los gustos.
Resumiendo:
Las clases sociales se definen no por su riqueza o por su estilo de vida sino por su posición en el sistema de producción. Hoy, en las sociedades capitalistas, distinguimos principalmente al proletariado (trabajadores) y a la burguesía (banqueros, terratenientes, monopolistas...)
Toda sociedad en la que coexisten clases sociales es una dictadura de una clase sobre otra. A veces esta dictadura es abierta y se percibe fácilmente (España de Franco) y otras es una dictadura disfrazada y que cuesta percibir (España de hoy).
Para ejercer su dominio, la clase dominante utiliza instituciones represoras (policía, dado el caso ejército...), medios de comunicación y órganos donde se toman decisiones vinculantes (parlamento, Gobierno...).

2- ¿Qué es la dictadura del proletariado? ¿para qué sirve?

Hemos dicho que todos los sistemas en los que persisten clases sociales son dictaduras de una clase sobre otra. Por ejemplo, en el feudalismo los terratenientes ejercían una dictadura (a veces más agresiva y a veces más "democrática") sobre el campesinado. Hoy en día es la burguesía (banqueros, grandes empresarios...) quien ejerce una dictadura -más o menos pacífica y disimulada- sobre el proletariado (los trabajadores, entre los cuales existen diferencias significativas en lo que a nivel socioeconómico se refiere). O sea, que vivimos en una dictadura burguesa.
El lector habrá deducido sin mucha dificultad que la dictadura del proletariado debe ser algo así como lo contrario de la dictadura de la burguesía: la opresión de los trabajadores hacia la burguesía. De primeras suena absurdo: ¿cómo y para qué ibamos a querer ejercer una dictadura sobre la burguesía? ¿pretendemos acaso poner a trabajar a esa pequeña clase social para nosotros tal y como hacen ellos con los trabajadores? Evidentemente no.
Históricamente toda clase social se ve obligada a hacer una revolución cuando el sistema económico no se haya acorde a sus intereses. La burguesía hizo su revolución cuando el feudalismo le impedía desarrollarse. Tuvo que romper con los privilegios feudales, dejar a los trabajadores "libres" para que pudieran ser contratados libremente por el capitalista, construir Estados nacionales sin aduanas incómodas y con idiomas únicos que permitiesen liberar el comercio y hacerlo más fácil etc. En cuanto al proletariado, hace su revolución cuando percibe que es absurdo estar trabajando para que otros se enriquezcan y que una sociedad en la que mandan los bancos y los grandes empresarios no puede ser democrática.
Pero una revolución no es algo sencillo ni pacífico. Es un levantamiento por el cual una clase social derroca a otra. ¿Y qué ocurre cuando la clase oprimida llega al poder? Que se convierte en clase opresora, al menos durante un tiempo. La burguesía formó vastos ejércitos para luchar contra la reacción feudal y para perseguir a sus enemigos. Los reyes, la nobleza y los terratenientes a menudo lucharon ferozmente contra las revoluciones burguesas, como es lógico. El proletariado deberá hacer su propia "tarea histórica": luchar con firmeza contra la  burguesía y tomar el poder político. Una vez en el poder, implantará una dictadura sobre la burguesía agonizante para evitar que esta renazca de sus cenizas. Marx lo explica así:
“El armamento de todo el proletariado con fusiles, cañones y municiones debe ser realizado en el acto; necesitamos prevenir el resurgimiento de la vieja milicia burguesa, cosa que ha sido siempre hecha contra los trabajadores”
Dicho de otro modo: cuando realizan la revolución los trabajadores deben armarse y reprimir cualquier movimiento que pueda representar la vuelta de la burguesía al poder. Por ejemplo, el nuevo poder deberá ser dictatorial contra asociaciones contra-revolucionarias financiadas por potencias como EEUU. Pero a la vez será conciliador y pacífico con movimientos sociales disidentes, siempre que estos no pretendan la vuelta del capitalismo. ¡Es el mundo al revés! Marx sintetiza esta idea con este famoso extracto de su obra Crítica del programa de Gotha
"Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado”
Entre tanto los revolucionarios crean nuevas formas de organización económica y política, como empresas socialistas, granjas colectivas o asambleas en los barrios. Esta es una de las características de la dictadura del proletariado.
"La revolución proletaria, dice Lenin, es imposible sin la destrucción violenta de la máquina del Estado burgués y sin su sustitución por una máquina nueva"
Esta forma de organización social y política en la cual los trabajadores unidos y organizados ejercen una dictadura contra la clase derrotada es de todo menos pacífica. Demos de nuevo la palabra al revolucionario ruso 'Lenin', que vivió la dictadura del proletariado en primera persona:
"La dictadura del proletariado es la guerra más abnegada y más implacable de la nueva clase contra un enemigo más poderoso, contra la burguesía, cuya resistencia se ve decuplicada por su derrocamiento... La dictadura del proletariado es una lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta y pacífica, militar y económica, pedagógica y administrativa contra las fuerzas y las tradiciones de la vieja sociedad"
Querido lector, no te eches las manos a la cabeza. Una revolución no es un juego ni algo romántico, sino una guerra a muerte entre dos clases que se disputan el poder político. La burguesía tampoco tuvo inconvenientes en usar métodos despiadados y sangrientos para conquistar el poder.
Igual que los ejércitos burgueses fueron fundamentales para mantener a su clase en el poder, así lo será el 'ejército socialista'. Así se expresa el comunista italiano Antonio Gramsci al respecto:
"La dictadura del proletariado debe, por propia necesidad de vida y de desarrollo, asumir un acentuado carácter militar. Por eso el problema del ejército socialista pasa a ser uno de los más esenciales a resolver; y se hace urgente en este periodo prerrevolucionario tratar de destruir las sedimentaciones del prejuicio determinado por la pasada propaganda socialista contra todas las formas de la dominación burguesa."
Se trata de destruir los prejuicios pacifistas y reformistas para hacer posible la revolución, que será violenta pese a quien le pese. Gramsci añade además que la dictadura del proletariado debe realizarse en un contexto disciplinado y con dirigentes firmes:
"Las condiciones reales objetivas en que se ejercerá la dictadura del proletariado serán condiciones de un tremendo desorden, de una espantosa indisciplina. Se hace necesaria la organización de un Estado socialista sumamente firme, que ponga fin lo antes posible a la disolución y la indisciplina, que devuelva una forma concreta al cuerpo social, que defienda la revolución de las agresiones externas y las rebeliones internas."
Esta es la cruda y fría realidad, querido lector. A nadie le gusta la violencia, pero esta es necesaria en ciertos contextos. No podemos esperar que la burguesía, una vez derrotada, se someta pacíficamente y no luche por recuperar su dominio. ¿Alguien se imagina a Emilio Botín aceptando trabajar para el Gobierno revolucionario? No nos podemos permitir pecar de ingenuos en una labor tan crucial como una revolución. No podemos esperar que las potencias imperialistas (como EEUU o Alemania) se queden de brazos cruzados mientras los trabajadores toman el poder en cualquier parte del mundo. Si ni siquiera pueden tolerar la llegada al poder de presidentes reformistas como Chávez o Allende, imaginen lo que harían contra una revolución.
Los campesinos y los trabajadores rusos debieron aprender a manejar las armas de inmediato para defenderse de los zaristas y de las agresiones de Europa y de Japón. Si hubiesen optado por la vía pacífica jamás habría nacido la URSS.
Para concluir este punto es necesario volver a recurrir a Lenin, quien en su artículo de 1916 El programa militar de la revolución proletaria escribe lo siguiente:
"Una clase oprimida que no aspirase a aprender el manejo de las armas, a tener armas, esa clase oprimida sólo merecería que se la tratara como a los esclavos. Nosotros, si no queremos convertirnos en pacifistas burgueses o en oportunistas, no podemos olvidar que vivimos en una sociedad de clases, de la que no hay ni puede haber otra salida que la lucha de clases. En toda sociedad de clases -ya se funde en la esclavitud, en la servidumbre, o, como ahora, en el trabajo asalariado-, la clase opresora está armada. (...) Bastará recordar el empleo del ejército contra los huelguistas en todos los países capitalistas."
3- La dictadura del proletariado es la máxima expresión de la democracia
En principio suena contradictorio que una dictadura pueda ser a la vez una democracia. Sin embargo, ya hemos visto que el sistema capitalista es una dictadura para los trabajadores pero una democracia para la burguesía. Esto significa que las instituciones represoras del Estado (parlamento, policía, ejército, tribunales, Gobierno...) se muestran comprensivas y más o menos sumisas ante la burguesía, pero dictatoriales y despóticas ante los trabajadores. Creo que esto, sin ser algo absoluto, está a la vista de todos.
Pues bien; con la dictadura del proletariado se le da la vuelta a la tortilla. Las instituciones represoras del Estado pasan a ser democráticas para los trabajadores y dictatoriales para la burguesía. En las escuelas se promueven ideas acordes al sistema socialista (solidaridad, ciencia, pensamiento crítico...) en lugar de adoctrinar en la competencia y la ignorancia. La policía sigue siendo un órgano que garantice el orden público, solo que ya no actúa como institución represora contra los trabajadores. El parlamento se llena de representantes de la clase trabajadora y no de la burguesía (a la que en todo caso se le niega el derecho de voto). Se crean múltiples asambleas en las universidades, en los barrios y en los centros de trabajo (lo que en Rusia se conocieron como soviets). El Ejército socialista defiende a su país de agresiones externas y está al servicio del pueblo, ya no va por el mundo bombardeando en busca de petróleo y gas sino que protege los logros de la revolución.
Así que la dictadura del proletariado es como un señor que tiene dos cabezas. Una de ellas es agresiva y malhumorada y mira hacia la burguesía y sus siervos. Otra es democrática y agradable y mira hacia los trabajadores y sus hijos.
Un buen ejemplo de dictadura del proletariado, y ya con esto finalizo el artículo, fue la efímera y famosa Comuna de París.  La Comuna se creó en marzo de 1871 cuando el Gobierno francés se trasladó a Versalles asustado por los ataques prusianos y dejó un vacío de poder en la capital. Entonces la Guardia Nacional, una milicia formada principalmente por trabajadores, tomó el poder junto con su clase social y estableció una democracia. Pero no se trataba de una democracia burguesa, en la que en el fondo gobernaban los ricos y sus ideas, sino una democracia obrera. La guillotina fue abolida, se adoptó la bandera roja en lugar de la tricolor, se crearon asambleas locales, se implantó el sufragio universal, todos los funcionarios (policía incluída) eran revocables de sus cargos, se puso fin al trabajo nocturno y se decretó la separación entre la Iglesia y el Estado.
Aún con todos sus problemas, que no eran pocos, les communards (los comuneros) se armaron de valor y resistieron en el poder más de dos meses teniendo enfrente a una potencia militar que no estaba dispuesta a tolerar aquel "experimento". Los parisinos también se armaron, por supuesto, con fusiles y pistolas. "Aux armes, les citoyens!" (¡a las armas, ciudadanos!)  reza la Marsellesa, y no por casualidad: un pueblo armado es un pueblo respetado. Y la dictadura del proletariado requiere del armamento de los trabajadores, que ya no son trabajadores sino ciudadanos, para resistir contra el enemigo.
Seguro que el lector tiene poco que objetar a este régimen -si acaso su derrota-, que sería profundamente admirado por todos los revolucionarios hasta el día de hoy. Dudo que alguien se atreva a decir que en la Comuna imperaba un orden dictatorial o que impidiese el bienestar general. De hecho, apuesto lo que sea a que el trabajador español medio estaría dispuesto a vivir en un sistema parecido. Pues bien; veamos lo que dice Engels con respecto a la dictadura del proletariado y la Comuna de París:
"Últimamente, las palabras dictadura del proletariado han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué aspecto presenta esta dictadura? Mirad la Comuna de París: ¡He ahí la dictadura del proletariado!"

sábado, 7 de enero de 2017

Apple, Google, Facebook y Amazon: Los nuevos amos del mundo



'laSexta Columna' dedicó su programa de este viernes a los nuevos amos del mundo: Larry Page, Tim Cook, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos. Sus nombres, traducidos al mundo empresarial, son: Google, Apple, Facebook o Amazon. Cruzando sus iniciales sale GAFA, las siglas de los protagonistas absolutos de la última gran revolución.


El panorama actual es más sorprendente si comparamos cómo estaba el ranking hace apenas diez años: Una petrolera, una eléctrica, una gasística y un banco. Una década después, la clasificación ha dado un vuelco y el panorama es bien distinto: Las compañías tecnológicas han tomado el poder.


El programa de laSexta ha analizado junto a algunos expertos en la materia cuál es el secreto de su éxito:

Google, Apple, Amazon y Facebook: las cuatro que dominarán el mundo


En el mundo de la tecnología muchas son las empresas con dinero y ambición, si bien en los últimos años las adquisiciones multimillonarias de cuatro gigantes, Google, Apple, Amazon y Facebook, dejan entrever sus planes de tomar el control mundial.


Oculus VR, fabricante de lentes de realidad virtual, fue adquirido por Facebook por 2 mil millones de dólares. (dailytech.com)



En un principio, estas compañías se centraban en una sola labor. Google era un motor de búsqueda, Apple fabricaba ordenadores y teléfonos, Amazon vendía por internet y Facebook contaba con una red social. Si bien estos proyectos iniciales se mantienen en el seno de cada empresa, la así llamada 'Banda de los Cuatro' se dedica ahora a canalizar su dinero en efectivo y su experiencia en nuevas iniciativas y empresas.


Si Google compró Motorola y Nest Labs, Apple parece cada vez más involucrada en el sector de la salud, mientras que Jeff Bezos, de Amazon, adquirió 'The Washington Post' y su empresa compró los robots de Kiva Systems para sus bodegas. Paralelamente, Google ha invertido una pequeña fortuna en tecnología de autos sin conductor y Apple ha desarrollado CarPlay para equipar los coches del futuro.


El caso más reciente lo protagonizó Facebook, que ha comprado la empresa Oculus VR, creadora de las gafas de realidad virtual Oculus Rift por 2,000 millones de dólares, indica RT.


En todas las áreas, desde la exploración espacial y la robótica hasta la medicina y los medios de comunicación, parece que la audacia de estas empresas y sus enormes reservas de dinero en efectivo están impulsando la innovación. Por eso la pregunta que surge es si estamos realmente en la década en la que la tecnología impondrá su dominio total.

Al estilo japonés



Joel Kotkin, profesor de desarrollo económico y social y autor de 'Los próximos cien millones: América en 2050', ha comparado estas empresas con el 'keiretsu' japonés: conglomerados en expansión, tales como Mitsubishi y Sumitomo que dominaron la economía de su país en la segunda mitad del siglo XX y cuyas prácticas de negocios fueron definidas por el periodista Karel van Wolferen como una serie de "jerarquías entrelazadas", recuerda 'The Independent'.


Kotkin dice que la 'Banda de los Cuatro' se ha convertido, al igual que estos 'keiretsu', en una red de inversores y directivos que utilizan sus enormes arcas de dinero (Apple ha dispuesto de más dinero en efectivo que el Gobierno de EU en varias ocasiones) para comprar a la competencia.


"Ellos están constantemente en busca de nuevas posiciones", dice Kotkin. "Creo que es muy inteligente que empresas como Google y Apple digan: 'OK, ¿qué otra cosa podemos hacer con la que realmente nadie pueda competir?'. Si nos fijamos en sectores tales como la robótica o tal vez el espacio, ¿quién más tiene el dinero?", resalta el catedrático.


Los cambios en estos mercados sin duda disparan la imaginación. Cuando Google anunció el año pasado que había comprado ocho empresas de robótica, los foros de tecnología reaccionaron con paranoia y teorías de la conspiración.


Luego se supo que una de estas adquisiciones fue Boston Dynamics, empresa conocida por sus creaciones robóticas con fondos militares que pueden ser más rápidos que Usain Bolt y saltar incluso por encima de las paredes.

Plan de juego



Para empresas como estas cuya tarea principal es la de "organizar el conocimiento del mundo", cada una de estas adquisiciones encaja en el plan de juego a largo plazo, expandiendo su capacidad básica de crear máquinas de aprendizaje mediante la organización de datos en diversas formas y convertirlos en conocimiento.


Estas empresas de tecnología tienen mucho dinero y quieren utilizarlo para asegurarse de que, a diferencia de los 'keiretsu', todavía estarán aquí dentro de 50 años. Esta no es la década, sino el siglo en el que la tecnología se apoderará de todo.

sábado, 24 de diciembre de 2016

FEDOR, el nuevo robot que acompañará a los astronautas

Un nuevo robot espacial diseñado en Rusia se convertirá en compañero de los cosmonautas. A finales de octubre el robot fue presentado por el vice primer ministro de Rusia, Dmitri Rogozin, responsable de los proyectos militares y espaciales.

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Según los planes de los diseñadores, el androide multifuncional FEDOR (Final Experimental Demonstration Object Research, las siglas coinciden con un nombre muy popular en Rusia) comenzará a prestar servicio en la EEI en 2021. El robot es capaz de tomar decisiones individualmente y de funcionar en situaciones de emergencia no solo en el espacio, sino también en la Tierra.

¿Mejor que un humano?


“En su actividad dentro de la nave, en el espacio abierto o en otros planetas, los cosmonautas utilizarán robots. Los principales serán los que sean capaces de actuar en las mismas condiciones que las personas. Sus posibilidades son equivalentes a las de los humanos y, en algunas características, son incluso superiores”, comenta a RBTH el director del proyecto, Serguéi Jurs, director del Centro Nacional de Desarrollo de Tecnologías y Elementos Básicos de Robótica.

Para los androides, señala Jurs, no se requiere ninguna herramienta ni ningún mecanismo o transporte especial. Su tarea es remplazar a las personas en situaciones peligrosas, hacer el trabajo más pesado y rutinario y ahorrar de este modo las fuerzas y la inteligencia humanas para tareas más importantes.

Según Jurs, la idea de crear el robot se ha llevado a cabo en dos años y medio. El proyecto cuenta con el apoyo de la Fundación de Estudios Avanzados y es obra de la empresa Androidnaya Tejnika. En el proceso de creación de FEDOR se han desarrollado 14 nuevas tecnologías que sirven de base para el sistema de guiado, a través de un conjunto de conexiones y sensores.

Según el científico, FEDOR podrá remplazar a los humanos en las zonas que suponen un peligro para la salud. Además, el androide es capaz de operar en cualquier tipo de infraestructura diseñada para el ser humano.

Los robots deben ser más cuidadosos


En la órbita de la Tierra ya se utilizan robots análogos de FEDOR, como SAR-400 y SAR-401 de producción rusa o los estadounidenses Robonaut y Robonaut 2, el alemán AILA o el chino Xiaotian. En Estados Unidos se ha diseñado un nuevo robot llamado Valkyrie, que la NASA planea enviar a una larga expedición a Marte, donde se utilizará a androides de este tipo para construir colonias.

FEDOR puede desempeñar funciones de salvamento, detonación, buceo y soldadura. Esta es ya la quinta generación de robots androides creados por la empresa Androidnaya Tejnika: los primeros cuatro fueron desarrollados a petición del Ministerio de Emergencias. La Corporación Espacial y de Cohetes Energia está construyendo un laboratorio en el que se conformarán los objetivos y tareas del primer vuelo espacial de FEDOR, comenta Jurs.

La colaboración entre cosmonautas y robots durante largos viajes espaciales se ha convertido durante los últimos años en una parte fundamental de las investigaciones en la EEI. La tarea principal de los desarrolladores de todo el mundo es conseguir que los robots sean más sensibles a los problemas relacionados con la seguridad. Los robots deben ser “más cuidadosos que el hombre”, comentan los diseñadores. Cuando se haya logrado este objetivo, los androides aprenderán a no dañar los objetos que los rodean, a moverse de forma más autónoma en el espacio y a operar en espacios reducidos, como en el interior de las naves espaciales.


jueves, 22 de diciembre de 2016

A la mierda el trabajo



El mercado laboral ha fracasado, como casi todos los demás. Ya no hay bastantes trabajos disponibles y los que quedan no sirven para pagar las facturas. ¿Y si el trabajo no es la solución, sino el problema?




Para nosotros, los estadounidenses, el trabajo lo es todo. Desde hace siglos, más o menos desde 1650, creemos que imprime carácter (puntualidad, iniciativa, honestidad, autodisciplina y todo lo demás). También creemos que el mercado laboral, donde encontramos el trabajo, ha sido relativamente eficiente en lo que a asignar oportunidades y salarios se refiere. Y también nos hemos creído, hasta cuando es una mierda, que trabajar da sentido, propósito y estructura a nuestras vidas. Sea como sea, de lo que estamos seguros es de que nos saca de la cama por las mañanas, de que paga las facturas, de que nos hace sentir responsables y de que nos mantiene alejados de la televisión por las mañanas.


Estas creencias ya no están justificadas. De hecho, ahora son ridículas, porque ya no hay bastantes trabajos disponibles y porque los que quedan ya no sirven para pagar las facturas, a no ser, claro está, que hayas conseguido un trabajo como traficante de drogas o banquero en Wall Street, en cuyo caso, en los dos, te habrás convertido en un gánster.


Hoy en día, todos a izquierda y a derecha, desde el economista Dean Baker al científico social Arthur C. Brooks, desde Bernie Sanders hasta Donald Trump, pretenden solucionar el desmoronamiento del mercado laboral fomentando el “pleno empleo”, como si tener un trabajo fuera en sí mismo una cosa buena, sin tener en cuenta lo peligroso, exigente o degradante que pueda ser. No obstante, el “pleno empleo” no es lo que nos devolverá la fe en el trabajo duro o en el respeto de las normas o en todas esas cosas que suenan tan bien. Actualmente, la tasa de desempleo oficial en EE.UU. está por debajo del 6 %, muy cerca de lo que los economistas siempre han considerado “pleno empleo”, y sin embargo la desigualdad salarial sigue exactamente igual. Trabajos de mierda para todos no es la solución a los problemas sociales que tenemos.


EN EE.UU. MÁS DE UN CUARTO DE LOS ADULTOS ACTUALMENTE CON TRABAJO COBRA SALARIOS MÁS BAJOS DE LO QUE LES PERMITIRÍA SUPERAR EL UMBRAL OFICIAL DE LA POBREZA


Pero no es que lo diga yo, para eso están los números. En EE.UU. más de un cuarto de los adultos actualmente con trabajo cobra salarios más bajos de lo que les permitiría superar el umbral oficial de la pobreza, y por este motivo un quinto de los niños estadounidenses viven sumidos en la pobreza. Casi la mitad de los adultos con trabajo en EE.UU. tiene derecho a recibir cupones de comida (el Programa Asistencial de Nutrición Suplementaria, SNAP por sus siglas en inglés, que proporciona ayuda a personas y familias de bajos ingresos, aunque la mayoría de las personas que tiene derecho no lo solicita). El mercado de trabajo ha fracasado, como casi todos los demás.


Los trabajos que se evaporaron durante la crisis económica no van a volver, diga lo que diga la tasa de desempleo (el aumento neto en el número de trabajos creados desde 2000 se mantiene todavía en cero) y si vuelven de entre los muertos, serán zombis, del tipo contingente, de media jornada o cobrando el salario mínimo, y con los jefes cambiando tus horarios todas las semanas: bienvenido a Wal-Mart, donde los cupones de comida son una prestación.


Y no me digas que subir el salario mínimo a 15$ por hora es la solución. Nadie duda del enorme significado ético de la medida, pero con este salario, el umbral oficial de la pobreza se supera solo después de haber trabajado 29 horas por semana. El salario mínimo federal está en 7,25 $, pero para superar el umbral de la pobreza en una semana de 40 horas, habría que cobrar al menos 10$ por hora. Entonces, ¿qué sentido tiene cobrar un sueldo que no sirve para poder ganarse la vida, sino para demostrar que se tiene una ética de trabajo?


Pero, calla, ¿no es este dilema una fase pasajera más del ciclo económico? ¿Qué pasa con el mercado de trabajo del futuro? ¿No se ha demostrado ya que esas voces agoreras de los malditos maltusianos estaban equivocadas porque siempre aumenta la productividad, se crean nuevos campos empresariales y nuevas oportunidades económicas? Bueno, sí, hasta ahora. La tendencia de los indicadores durante la mitad del siglo pasado y las proyecciones razonables sobre el próximo medio siglo se basan en una realidad empírica tan bien fundamentada que es imposible desestimarlos como ciencia pesimista o sinsentidos ideológicos. Son exactamente iguales que los datos sobre el cambio climático: si quieres puedes negarlo todo, pero te tomarán por tonto cuando lo hagas.


LOS ECONOMISTAS DE OXFORD QUE ESTUDIAN LAS TENDENCIAS LABORALES NOS DICEN QUE CASI LA MITAD DE LOS TRABAJOS EXISTENTES ESTÁN EN PELIGRO DE MUERTE COMO CONSECUENCIA DE LA INFORMATIZACIÓN QUE TENDRÁ LUGAR EN LOS PRÓXIMOS 20 AÑOS


Por ejemplo, los economistas de Oxford que estudian las tendencias laborales nos dicen que casi la mitad de los trabajos existentes, incluidos los que conllevan “tareas cognitivas no rutinarias” (pensar, básicamente) están en peligro de muerte como consecuencia de la informatización que tendrá lugar en los próximos 20 años. Estos argumentos no hacen más que profundizar en las conclusiones a las que llegaron dos economistas del MIT en su libro Race Against the Machine (La carrera contra las máquinas), 2011. Mientras tanto, los tipos de Silicon Valley que dan charlas TED han comenzado a hablar de “excedentes humanos” como resultado del mismo proceso: la producción cibernética. Rise of the Robots (El alzamiento de los robots), 2016, un nuevo libro que cita estas mismas fuentes, es un libro de ciencias sociales, no de ciencia ficción.


Así que nuestra gran crisis económica (no te engañes, no ha acabado todavía) es una crisis de valores tanto como una catástrofe económica. También se la puede llamar impasse espiritual, ya que hace que nos preguntemos qué otra estructura social que no sea el trabajo nos permitirá imprimir carácter, si es que el carácter en sí es algo a lo que debemos aspirar. Aunque ese es el motivo de que sea también una oportunidad intelectual: porque nos obliga a imaginar un mundo en el que trabajar no sea lo que forja nuestro carácter, determina nuestros sueldos o domina nuestras vidas.


En pocas palabras, esto hace que podamos exclamar: ¡basta ya, a la mierda el trabajo!


Sin duda, esta crisis hace que nos preguntemos: ¿qué hay después del trabajo? ¿Qué harías si el trabajo no fuera esa disciplina externa que organiza tu vida cuando estás despierto, en forma de imperativo social que hace que te levantes por las mañanas y te encamines a la fábrica, la oficina, la tienda, el almacén, el restaurante, o adonde sea que trabajes y, sin importar cuanto lo odies, hace que sigas regresando? ¿Qué harías si no tuvieras que trabajar para obtener un salario?


¿Cómo sería nuestra sociedad y civilización si no tuviéramos que “ganarnos” la vida, si el ocio no fuera una opción, sino un modo de vida? ¿Pasaríamos el tiempo en el Starbucks con los portátiles abiertos? ¿O enseñaríamos a niños en lugares menos desarrollados, como Mississippi, de manera voluntaria? ¿O fumaríamos hierba y veríamos la tele todo el día?


¿CÓMO SERÍA NUESTRA SOCIEDAD Y CIVILIZACIÓN SI NO TUVIÉRAMOS QUE “GANARNOS” LA VIDA, SI EL OCIO NO FUERA UNA OPCIÓN, SINO UN MODO DE VIDA?


Mi intención con esto no es proponer una reflexión extravagante. Hoy en día, estas preguntas son de carácter práctico porque no hay suficientes trabajos para todos. Así que ya es hora de que hagamos más preguntas prácticas: ¿Cómo se puede vivir sin un trabajo, es posible recibir un sueldo sin trabajar para obtenerlo? Para empezar, ¿es posible?, y lo que es más complicado, ¿es ético? Si te educaron en la creencia de que el trabajo es lo que determina tu valor en esta sociedad, como fuimos educados casi todos nosotros, ¿sentiríamos que hacemos trampas al recibir algo a cambio de nada?




Ya disponemos de algunas respuestas provisionales porque, de una u otra manera, todos estamos cobrando un subsidio. El componente de la renta familiar que más ha crecido desde 1959 han sido los pagos de transferencia del gobierno. A principios del siglo XXI, un 20% de todos los ingresos familiares provenía de lo que también se conoce como asistencia pública o “ayudas”. Si no existiera este suplemento salarial, la mitad de los adultos con trabajos a jornada completa viviría por debajo del umbral de la pobreza, y la mayoría de los estadounidenses tendría derecho a recibir cupones de comida.


Pero, ¿son realmente rentables los pagos de transferencia y las “ayudas”, ya sea en términos económicos o morales? Si seguimos este camino y continuamos aumentándolos, ¿estamos subvencionando la pereza, o estamos enriqueciendo el debate sobre los fundamentos de la vida plena?


Los pagos de transferencia, o “ayudas”, por no mencionar los bonus de Wall Street (ya que estamos hablando de recibir algo a cambio de nada) nos han enseñado a saber diferenciar entre la obtención de un salario y la producción de bienes, aunque ahora, cuando es evidente que faltan trabajos, hace falta replantear este concepto. Da igual cómo se calcule el presupuesto federal, nos podemos permitir cuidar de nuestro hermano. En realidad, la pregunta no es tanto si queremos, sino más bien cómo hacerlo.


Sé lo que estás pensando: no podemos permitírnoslo. Pues no es así, sí que es posible y no es tan difícil. Subimos el arbitrario límite de contribución máxima a la Seguridad Social, que ahora mismo está en los 127$, y subimos los impuestos a las ganancias empresariales, revirtiendo lo que hizo la revolución de Reagan. Con solo estas dos medidas se solucionaría el problema fiscal y se crearía un superávit económico donde ahora solo hay un déficit moral cuantificable.


Aunque claro, tú dirás, junto con todos los demás economistas, desde Dean Baker hasta Greg Mankiw, de derechas o de izquierdas, que subir los impuestos a las ganancias empresariales es un incentivo negativo para la inversión y por tanto para la creación de puestos de trabajo, o que hará que las empresas se vayan a otros países donde los impuestos sean más bajos.


En realidad, subir los impuestos a los beneficios empresariales no puede causar estos efectos.


SI TE EDUCARON EN LA CREENCIA DE QUE EL TRABAJO ES LO QUE DETERMINA TU VALOR EN ESTA SOCIEDAD, COMO FUIMOS EDUCADOS CASI TODOS NOSOTROS, ¿SENTIRÍAMOS QUE HACEMOS TRAMPAS AL RECIBIR ALGO A CAMBIO DE NADA?


Hagamos el camino inverso y vayamos hacia atrás en el tiempo. Las empresas son “multinacionales” desde hace ya algún tiempo. En las décadas de 1970 y 1980, antes de que surtieran efecto las rebajas impositivas que Ronald Reagan impulsó, aproximadamente un 60% de los bienes manufacturados que se importaban eran fabricados por empresas estadounidenses en el exterior, en el extranjero. Desde entonces, este porcentaje ha aumentado ligeramente, pero no tanto.


Los trabajadores chinos no son el problema, sino más bien la idiotez sin hogar y sin sentido de la contabilidad empresarial. Por eso es tan risible la decisión tomada en 2010 gracias a Citizens United (Ciudadanos Unidos), que sostiene que la libertad de expresión es aplicable también a las donaciones electorales. El dinero no es una expresión, como tampoco lo es el ruido. La Corte Suprema ha evocado un ser viviente, una nueva persona, de entre los restos del derecho común, y ha creado un mundo real que da más miedo que su equivalente cinematográfico, ya sea este el que aparece en Frankenstein, Blade Runner o, más recientemente, en Transformers.


Pero la realidad es esta: la inversión empresarial o privada no genera la mayoría de los trabajos, así que subir los impuestos a la ganancia empresarial no tendrá ningún efecto sobre el empleo. Has leído bien. Desde la década de 1920, el crecimiento económico ha seguido aumentando a pesar de que la inversión privada se ha estancado. Esto significa que los beneficios no sirven para nada, excepto para anunciar a tus accionistas (o expertos en compras hostiles) que tu compañía es un negocio que funciona, un negocio próspero. No hacen falta beneficios para “reinvertir”, para financiar la expansión de tu mano de obra o de tu productividad, como ha quedado claramente demostrado gracias a la historia reciente de Apple y de la mayoría de las demás empresas.


Eso hace que las decisiones en materia de inversión que realizan los directores ejecutivos de las empresas tengan solo un efecto marginal sobre el empleo. Hacer que las empresas paguen más impuestos para poder financiar un Estado del bienestar que permita que amemos a nuestros vecinos y que cuidemos de nuestros hermanos no es un problema económico, es otra cosa, es una cuestión intelectual o un dilema moral.


Cuando tenemos fe en el trabajo duro, estamos deseando que imprima carácter, pero al mismo tiempo estamos esperando, o confiando, que el mercado de trabajo asigne los ingresos de manera justa y racional. Ahí es donde está el problema, que estos dos conceptos van juntos de la mano. El carácter puede provenir del trabajo sólo cuando vemos que existe una relación inteligible y justificable entre el esfuerzo realizado, las habilidades aprendidas y la recompensa obtenida. Cuando observo que tu salario no tiene ninguna relación en absoluto con tu producción de valor real, o con los bienes duraderos que el resto de nosotros podemos utilizar y apreciar (y cuando digo duradero no me refiero solo a cosas materiales), entonces empiezo a dudar de que el carácter sea una consecuencia del trabajo duro.


FORJAR MI CARÁCTER A TRAVÉS DEL TRABAJO ES UNA TONTERÍA PORQUE LA VIDA CRIMINAL SALE RENTABLE, Y LO QUE DEBERÍA HACER ES CONVERTIRME EN UN GÁNSTER COMO TÚ


Cuando veo, por ejemplo, que tú estás haciendo millones lavando el dinero de los cárteles de la droga (HSBC), que vendes deudas incobrables de dudoso origen a los gerentes de fondos de inversión (AIG, Bear Stearns, Morgan Stanley, Citibank), que te aprovechas de los prestatarios de renta baja (Bank of America), que compras votos en el Congreso (todos los anteriores), también llamado un día más en la rutina de Wall Street, mientras que yo tengo problemas para llegar a fin de mes aun teniendo un trabajo a tiempo completo, me doy cuenta de que mi participación en el mercado laboral es irracional. Sé que forjar mi carácter a través del trabajo es una tontería porque la vida criminal sale rentable, y lo que debería hacer es convertirme en un gánster como tú.


Por ese motivo, la crisis económica que estamos sufriendo también es un problema ético, un impasse espiritual y una oportunidad intelectual. Hemos apostado tanto por la importancia social, cultural y ética del trabajo, que cuando falla el mercado laboral, como lo ha hecho ahora de manera tan espectacular, no sabemos explicar lo que ha pasado ni sabemos encauzar nuestras creencias para encontrar un significado diferente al trabajo y a los mercados.


Y cuando digo “nosotros” me refiero a casi todos nosotros, derechas e izquierdas, porque todo el mundo quiere que los estadounidenses vuelvan al trabajo, de una u otra manera, el “pleno empleo” es un objetivo tanto de los políticos de derechas como de los economistas de izquierdas. Las diferencias entre ellos se basan en los medios, no en el fin, y ese fin incluye intangibles como la adquisición de carácter.


Esto equivale a decir que todo el mundo ha redoblado los beneficios asociados al trabajo justo cuando este está alcanzando su punto de evaporación. Garantizar el “pleno empleo” se ha convertido en el objetivo de todo el espectro político justo cuando resulta más imposible a la par que más innecesario, casi como garantizar la esclavitud en la década de 1850 o la segregación en la década de 1950.


¿Por qué?


Pues porque el trabajo lo es todo para nosotros, habitantes de sociedades mercantiles modernas, independientemente de su utilidad para imprimir carácter y distribuir ingresos de manera racional, y bastante alejado de la necesidad de vivir de algo. El trabajo ha sido la base de casi todo nuestro pensamiento sobre lo que significa disfrutar de una vida plena desde que Platón relacionó el trabajo manual con el mundo de las ideas. Nuestra manera de desafiar a la muerte ha sido la creación y reparación de objetos duraderos, puesto que sabemos que los objetos significativos durarán más que el tiempo que tenemos asignado en este mundo y que nos enseñan, cuando los creamos o reparamos, que el mundo más allá de nosotros, el mundo que existió y existirá, posee una realidad propia.


Detengámonos en el alcance de esta idea. El trabajo ha sido una manera de ejemplificar las diferencias entre hombres y mujeres, por ejemplo, cuando fusionamos el significado de los conceptos de paternidad y “sostén familiar”, o como cuando, más recientemente, intentamos disociarlos. Desde el siglo XVII, se ha definido la masculinidad y la feminidad, aunque esto no significa que se consiguiera así, por medio del lugar que ocupan en una economía moral, en términos de hombre trabajador que recibía un salario por su producción de valor en el trabajo, o en términos de mujer trabajadora que no cobraba nada por su producción y mantenimiento de la familia. Por supuesto, hoy en día estas definiciones están cambiando a medida que cambia el significado de la palabra “familia” y a medida que se producen cambios profundos y paralelos en el mercado de trabajo, la entrada de la mujer es solo uno de ellos, y en las actitudes hacia la sexualidad.


EL TRABAJO HA SIDO LA BASE DE CASI TODO NUESTRO PENSAMIENTO SOBRE LO QUE SIGNIFICA DISFRUTAR DE UNA VIDA PLENA DESDE QUE PLATÓN RELACIONÓ EL TRABAJO MANUAL CON EL MUNDO DE LAS IDEAS


Cuando desaparece el trabajo, la diferencia entre los sexos que produce el mercado de trabajo se diluye. Cuando el trabajo socialmente necesario disminuye, lo que un día se conocía como trabajo de mujeres (educación, atención sanitaria o servicios) es ahora nuestra industria primaria, y no una dimensión “terciaria” de la economía cuantificable. El trabajo relacionado con el amor, con cuidarse los unos a los otros y con aprender a cuidar de nuestros hermanos (el trabajo socialmente beneficioso) se convierte no sólo en posible, sino más bien en necesario, y no solo en el interior del núcleo familiar, donde el afecto está a nuestra disposición de manera rutinaria, no, me refiero también a lo que hay ahí fuera, en el vasto mundo exterior.


El trabajo también ha sido la manera estadounidense de producir “capitalismo racial”, como lo llaman hoy en día los historiadores, gracias a la mano de obra de esclavos, de convictos, de medieros y luego de mercados laborales segregados, en otras palabras, un “sistema de libre empresa” edificado sobre las ruinas de cuerpos negros o un entramado económico animado, saturado y determinado por el racismo. Nunca hubo un mercado libre laboral en esta unión de Estados. Como todos los demás mercados, este siempre estuvo cubierto por la discriminación legal y sistemática del hombre negro. Hasta se podría decir que este mercado con cobertura creó los aún hoy utilizados estereotipos sobre la vagancia de los afroamericanos mediante la exclusión de los trabajadores negros del trabajo remunerado y su confinamiento a vivir en los guetos de días de ocho horas.


Y aun así, aun así, aunque a menudo el trabajo ha significado una forma de subyugación, de obediencia y jerarquización (ver más arriba), también es el lugar donde muchos de nosotros, seguramente la mayoría de nosotros, hemos expresado de manera consistente nuestro deseo humano más profundo: liberarnos de autoridades u obligaciones impuestas de manera externa y ser autosuficientes. Durante siglos nos hemos definido a nosotros mismos de acuerdo con lo que hacemos, de acuerdo con lo que producimos.


Sin embargo, ya debemos ser conscientes de que esta definición de nosotros mismos lleva adscrita el principio productivo (de cada cual según sus capacidades, a cada cual según su creación de valor real por medio del trabajo) y nos obliga a alimentar la idea inane de que nuestro valor lo determina solo lo que el mercado de trabajo puede registrar, en términos de precio. Aunque también debemos ser conscientes de que este principio marca un cierto camino cuya consecuencia es el crecimiento infinito y su fiel ayudante, la degradación medioambiental.


¿PODEMOS DEJAR QUE LA GENTE RECIBA ALGO A CAMBIO DE NADA Y AUN ASÍ TRATARLOS COMO HERMANOS Y HERMANAS, MIEMBROS DE UNA PRECIADA COMUNIDAD?


Hasta ahora, el principio productivo ha servido como principio real que hizo que el sueño americano fuera posible: “Trabaja duro, acepta las reglas y saldrás adelante”, o “cosechas lo que siembras, labras tu propio camino y recibes con justicia lo que has ganado con honradez”, u homilías y exhortaciones parecidas que se usaban para entender el mundo. Sea como sea, antes no sonaban ilusorias, pero hoy en día sí.


En este sentido, la adhesión al principio productivo es una amenaza para la salud pública y para el planeta (en realidad, estas dos cosas son lo mismo). Comprometernos con algo que sabemos imposible es volvernos locos. El economista ganador del Nobel Angus Deaton dijo algo parecido cuando explicó las anómalas tasas de mortalidad que se estaban registrando entre la población blanca que habita los Estados de mayoría evangelista (Bible belt) alegando que habían “perdido la narrativa de sus vidas”, y sugiriendo que habían perdido la fe en el sueño americano. Para ellos, la ética del trabajo es una sentencia de muerte porque no pueden practicarla.


Por esta razón, la inminente desaparición del trabajo plantea cuestiones fundamentales sobre lo que significa ser humano. Para empezar, ¿qué propósito podríamos elegir si el trabajo, o la necesidad económica, no consumieran la mayor parte de las horas que pasamos despiertos y de nuestras energías creativas? ¿Qué posibilidades evidentes, aunque todavía desconocidas, aparecerían? ¿Cómo cambiaría la misma naturaleza humana cuando el antiguo y aristocrático privilegio sobre la ociosidad se convierte en un derecho innato del mismo ser humano?


Sigmund Freud insistía en que el amor y el trabajo eran los ingredientes esenciales de la existencia humana saludable. Tenía razón, por supuesto, pero ¿podría el amor sobrevivir a la desaparición del trabajo como compañero de buena voluntad que se necesita para alcanzar la vida plena? ¿Podemos dejar que la gente reciba algo a cambio de nada y aun así tratarlos como hermanos y hermanas, miembros de una preciada comunidad? ¿Te imaginas el momento en el que acabas de conocer en una fiesta a una persona extraña que te atrae, o estás buscando alguien en Internet, a quien sea, pero no le preguntas: “¿y, en qué trabajas”?


No obtendremos ninguna respuesta a estas preguntas hasta que no nos demos cuenta de que hoy en día el trabajo lo es todo para nosotros, y que de ahora en adelante ya no podrá ser así.


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Traducción de Álvaro San José.


James Livingston es profesor de Historia en la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey. Es autor de varios libros, el último No More Work: Why Full Employment is a Bad Idea (2016).