jueves, 31 de marzo de 2022

¿Qué es realmente el liberalismo económico? Sus origenes

 

El LIBERALISMO es una tradición de pensamiento político que ha gozado de amplia hegemonía en la civilización occidental, siendo la corriente contra la cual se han definido y formado buena parte de las restantes.
Hoy día, vivimos en sociedades que se basan fundamentalmente en los PRINCIPIOS de esta tradición:

•individualismo
•libertad individual
•igualdad
•propiedad privada
•imperio de la ley
•división de poderes, etc.

La tradición LIBERAL no constituye para nada un cuerpo homogéneo o cerrado de ideas, por lo que sigue estando en el centro del debate teórico y político. Su misma historia ha estado plagada de crisis que le han obligado a modelar su teoría y práctica.

1. Orígenes y fundamentos de la tradición liberal

El LIBERALISMO comienza como movimiento político a mediados del siglo XVII. Triunfa definitivamente a lo largo de los dos siglos siguientes, contribuyendo a una transformación sustancial de las sociedades de la época.
Esta transformación tuvo muchas causas, siendo las más importantes las CUATRO GRANDES REVOLUCIONES que marcaron el nacimiento de la modernidad:
1. La revolución CIENTÍFICA: el consecuente uso de la razón.
2. La REFORMA PROTESTANTE: y el establecimiento de nuevas iglesias, cuestionando el poder del Papa y de la iglesia católica, recurriendo a la conciencia individual y la libertad religiosa.
3. La revolución ECONÓMICA: supuso la llegada del CAPITALISMO, la instauración de la propiedad privada y la ruina definitiva de la economía feudal.
4. Las revoluciones POLÍTICAS INGLESA, AMERICANA Y FRANCESA: con su instauración de nuevas formas de poder social y colectivo, con el reconocimiento de los derechos y libertades civiles y políticas de los ciudadanos.
A todo ello se suma la ILUSTRACIÓN, el nuevo modo de conocimiento y racionalidad.

El LIBERALISMO se nutrió de todos estos acontecimientos hasta configurar un modelo ideopolítico específico que en el núcleo se basa en la tensión entre:
1. La vindicación del individuo, sus derechos y sus libertades y
2. El reconocimiento de la necesidad de un poder externo, pero limitado y dividido.
Los autores que configuraron el primer liberalismo, o LIBERALISMO CLÁSICO fueron:
· Locke
· Montesquieu
· Hume
· Bentham
· Adam Smith
· Kant
· J.S. Mill

Si hubiese que definir un momento preciso en el nacimiento del LIBERALISMO, éste sería el de los LEVELLERS. Estos fueron un grupo de pequeños propietarios y miembros del ejército de Cromwell que en la Inglaterra de mediados del siglo XVII logró plantear públicamente una serie de demandas de libertades y derechos individuales.
El LIBERALISMO muestra desde sus mismos comienzos en el siglo XVII una constante preocupación por el problema del individuo y su lugar en la sociedad. La lucha contra el autoritarismo político, religioso y social en las sociedades tradicionalistas de aquella época llevaron al LIBERALISMO a configurarse como una fuerza crítica, revolucionaria y emancipadora cuya base residía en una NUEVA CONCEPCIÓN DEL INDIVIDUO.

EL INDIVIDUO para el LIBERALISMO (CLÁSICO):
El individuo se postula para el LIBERALISMO como criterio o valor a partir del cual deben definirse la naturaleza y los fines de la acción individual, de la sociedad y del Estado. Bajo tal concepción INDIVIDUALISTA, el individuo es un ser que tiene una vida independiente, que precede a cualquier tipo de grupo o asociación. Es un sujeto racional, capaz de dirigir por si mismo su propia conducta y de determinar cuáles son sus preferencias, necesidades y fines. Es un ser motivado por la voluntad de satisfacer sus deseos e intereses mediante un cálculo racional de beneficios.
El individuo liberal también es un PROPIETARIO, ya que es poseedor de su propia persona y capacidades, así como de los frutos de su trabajo. Así, se desarrolla básicamente a través de la constante acumulación de posesiones en competencia con otros.
Y como ese individuo es así, sólo puede realizarse de forma ordenada y correcta a través del establecimiento de un espacio de LIBERTAD e iniciativa PRIVADA en el que pueda actuar SIN INTERFERENCIAS externas o con las mínimas imprescindibles para el disfrute de su libertad y posesiones.
Así, el PROPIETARISMO se convierte en elemento básico de la concepción liberal-clásica del individuo. El atributo POSESIVO es el atributo esencial del individuo. Es el que hace posible la auténtica libertad moderna. Es la clave de un modelo de conducta individual que deriva en virtud pública (porque, según Adam Smith, el individuo, en la medida en que persigue sus intereses, también promueve un fin o bien social que no entraba en sus intenciones de partida).
Para el LIBERALISMO CLÁSICO, los individuos son soberanos sobre sí mismos. Son libres e iguales, poseedores por sí mismos de un derecho natural a la libertad y a la igualdad que la sociedad y el Estado están obligados a respetar, proteger y promover. Sin embargo, aunque el LIBERALISMO tiende a concebir la libertad como inherente a y como fin último de todo individuo (un birthright), tiene presente que la misma necesita ciertas restricciones.
Por esto mismo los LIBERALES CLÁSICOS, conscientes de que la libertad absoluta generaría interminables conflictos, se mostraron dispuestos a reducir la libertad en aras de la libertad misma.
Para ellos, ésta no consistía en la posibilidad de que cada cual pudiera hacer lo que quisiera, sino en estar libre de la violencia de los otros, en la ausencia de coacción o interferencia. Esto, como LOCKE sostuvo, no puede lograrse donde no hay ley.
Aquí podemos detenernos para definir entonces LIBERTAD en el LIBERALISMO CLÁSICO:
La libertad no consiste en que cada uno haga lo que quiera, sino en la ausencia de coacción por parte de los demás”. (LIBERTAD NEGATIVA)

LA SOCIEDAD para el LIBERALISMO (CLÁSICO):
La concepción liberal del individuo tiene fuertes implicaciones para la sociedad y la forma en que ésta debe ser organizada. Como consecuencia de lo dicho, se concibe la sociedad como un conjunto de individuos y nunca como una entidad que tiene atributos específicos o distintos de los que ya poseen sus partes por separado. Es un cuerpo ficticio, obra y fruto de la voluntad de unos individuos que la crean por conveniencia, para hacer posible la vida en común y para dividir el trabajo y poder incrementar así nuestro poder sobre la naturaleza.
Así entendida, la sociedad supera las posibilidades que ofrece la vida en el estado de naturaleza. El hecho de ver la sociedad como un conjunto de individuos plurales, diversos, conlleva pensar que estos están en constante competencia y conflicto entre sí.

Los 3 PROBLEMAS básicos que se plantearon al LIBERALISMO (CLÁSICO):
Este pluralismo y los conflictos inherentes al modelo liberal de individuo y sociedad plantea problemas relacionados y recurrentes a lo largo de toda la tradición política liberal:
1. ¿Cómo alcanzar y preservar una sociedad pacífica y ordenada teniendo en cuenta la natural pluralidad y conflictividad entre diferentes individuos con fines e intereses igualmente plurales y potencialmente antagónicos?
2. ¿Cómo constituir la sociedad de manera que las libertades y derechos individuales estén protegidos de las interferencias del Estado, de los grupos sociales o de otros individuos?
3. ¿Cómo organizar la sociedad de modo que los distintos intereses y fines individuales en conflicto puedan influir en la toma de decisiones políticas?

EL ESTADO para el LIBERALISMO (CLÁSICO):
Todas estas cuestiones condujeron a la convicción de que la mejor solución a los inconvenientes del pluralismo y el conflictivismo inherentes a su modelo de individuos y de sociedad era la constitución de un poder común o Estado al que los individuos únicamente tendrían que ceder su derecho natural de castigar a quienes hubiesen dañado su libertad y posesiones. Sin embargo, temerosos de los peligros de la concentración del poder en manos de unos pocos o del propio Estado, los liberales clásicos dedicaron buena parte de sus esfuerzos a alcanzar un equilibrio entre el individuo y sus derechos y el Estado y sus poderes potencialmente coactivos. Se llegó a la conclusión de que la acción del Estado debía de tener unos límites claros. Es importante señalar que:
1. Los límites se derivan de la existencia de ciertos derechos individuales que el poder político tiene que respetar, proteger y promover.
2. El Estado tiene la obligación de gobernar mediante leyes generales y conocidas de antemano, porque sólo así puede evitarse el ejercicio arbitrario, ilegítimo del poder. Sólo así será posible el imperio de las leyes, y no el de los hombres.
3. Es necesario evitar la concentración del poder en manos de una persona u órgano, es decir, la moderna división y equilibrio de poderes.
Pero nada de lo dicho ofrece una respuesta precisa de qué forma de gobierno debería establecerse para respetar lo mejor posible todo lo anteriormente señalado.
El GOBIERNO REPRESENTATIVO fue para los liberales clásicos la forma de gobierno más adecuada, a diferencia de la tiranía y de la democracia (a la cual tachaban de inestable e incompatible con la seguridad personal y los derechos de propiedad). [Los FOUNDING FATHERS americanos pensaban que la libertad estaba amenazada por la democracia, porque para ellos, el concepto de libertad no estaba ligado al de democracia, sino al de propiedad]. Defendían la MONARQUÍA CONSTITUCIONAL.

DISPOSICIONES FINALES (LIBERALISMO CLÁSICO):
Es fundamental tener claro que para la mayoría de los liberales clásicos, el verdadero sujeto político era el PROPIETARIO (“sólo la propiedad hace a los hombres capaces para el ejercicio de los derechos políticos” – Benjamin Constant).
Así, el gobierno representativo tiene para ellos un valor INSTRUMENTAL; lo conciben como un mecanismo político necesario para la preservación de otros fines superiores, en especial, de la propiedad privada y la iniciativa individual.
La libertad política sería únicamente una garantía de LIBERTAD INDIVIDUAL. Algo cuya consecuencia última sería la plena subordinación del ciudadano al individuo y de la política a la economía. [El CIUDADANO está subordinado al INDIVIDUO. La POLÍTICA está subordinada a la ECONOMÍA].

2 La crisis del Liberalismo y sus consecuentes reformulaciones


El LIBERALISMO CLÁSICO se configura, pues, alrededor de un conjunto de principios que sirven de base para la defensa de un modelo de sociedad liberal y de economía de mercado sometidos a constantes cambios.
Tanto es así que las sociedades que surgen como consecuencia del CAPITALISMO INDUSTRIAL a mediados del siglo XIX ya son muy diferentes de aquellas en las que nació el LIBERALISMO (s.XVII).
Transformaciones más relevantes del siglo XIX:
· El enorme desarrollo de la INDUSTRIA
· El fin del capitalismo individual y la creación de gigantescas ORGANIZACIONES ECONÓMICAS
· La importancia de los BANCOS
· La emergencia de nuevos problemas económicos, sanitarios, educativos, etc.
· La ampliación de los sujetos de derechos políticos y acceso de la ciudadanía a la política
· El nacimiento de los PARTIDOS y SINDICATOS

Todas estas transformaciones cambian drásticamente la naturaleza y condiciones de las sociedades en el camino al siglo XX.

Se acentúa especialmente la INTENSA ACTIVIDAD REGULADORA DEL ESTADO con un doble (y contradictorio) propósito:
1. Organizar el funcionamiento de la economía capitalista.
2. Mejorar las condiciones de vida y de trabajo de la población.
La tradición liberal se vio sometida a una larga crisis al surgir la necesidad de unir las anteriores ideas de libertad con la creciente demanda de organización social. Otras corrientes de pensamiento político amenazaron con paralizar y derrotar el liberalismo, por lo cual muchos liberales de la época concluyeron que si el liberalismo quería mantenerse como una
fuerza viva, tenía que redefinir su teoría y práctica políticas y crear un nuevo liberalismo para dar continuidad a la tradición y ofrecer una respuesta ideológico-política a los nuevos tiempos. Estos intentos de reforma discurrieron en sentidos muy distintos, con dos modelos bien diferenciados que constituyeron, finalmente, el LIBERALISMO CONTEMPORÁNEO, a saber:
1. El Liberalismo SOCIAL
2. El Liberalismo CONSERVADOR
Para muchos liberales de la época, el aumento de la pobreza y miseria, el empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo y el declive económico ponían en evidencia la creencia liberal, la clásica, de que el desarrollo económico solucionaría por sí mismo estos problemas sociales.
Así, defendieron un amplio programa de reformas sociales que aspiraba a forjar un nuevo orden social con condiciones de vida imprescindibles para la liberación y el desarrollo de las potencialidades de todos los individuos.
Esa nueva forma de organización social debería reconocer, protegiendo la libertad de los individuos para desarrollar sus capacidades, un amplio papel a la acción del Estado.
Perfilaron un nuevo LIBERALISMO “SOCIAL” (s. XIX – XX) con dos fundamentales características:
1. El distanciamiento de buena parte de los presupuestos y objetivos del liberalismo clásico (dado que no habían resuelto los problemas existentes).
2. Una mayor sensibilidad hacia las enormes desigualdades e injusticias que el desarrollo capitalista había generado. [Autores del nuevo LIBERALISMO SOCIAL: Stuart Mill, Samuel, Hobhouse, Hobson, Dewey, Keynes, Rawls]
Pero aquellos intentos de revisión del programa liberal también dieron lugar a un nuevo LIBERALISMO CLÁSICO, que rechazó la creciente regulación económica y asistencia social del Estado cada vez más aceptada por la propia tradición liberal. Esta otra vertiente nueva del liberalismo, el LIBERALISMO CONSERVADOR (s. XIX – XX) se caracterizó por el empeño en recuperar el INDIVIDUALISMO POSESIVO y los principios básicos de la sociedad de mercado defendidos por el liberalismo clásico. [Autores del LIBERALISMO CONSERVADOR: Spencer, Mises, Hayek, Nozick] Este liberalismo conservador es abiertamente despreocupado por las desigualdades e injusticias sociales y sumamente hostil hacia la creciente intervención del Estado.
Por tanto, la crisis del liberalismo clásico dio lugar a los DOS grandes rostros contemporáneos del liberalismo.

3. El LIBERALISMO SOCIAL: la revuelta contra la LIBERTAD NEGATIVA

El LIBERALISMO CLÁSICO entendía la libertad como la más amplia y posible AUSENCIA DE COACCIONES EXTERNAS a la iniciativa individual y tenía, en consecuencia, una concepción RESTRINGIDA DE LAS FUNCIONES DEL ESTADO. Sin embargo, muchos liberales de finales del siglo XIX y principios del siglo XX percibieron claramente que las consecuencias prácticas de esa idea básica fueron sumamente perniciosas para la mayoría de los ciudadanos, para la sociedad y la misma economía. Porque esa idea básica (la “LIBERTAD NEGATIVA”) ofreció la cobertura ideológica perfecta para el enriquecimiento de una pequeña parte de la sociedad y el empobrecimiento de la mayoría de la misma.
Esquematizando, se puede decir que la idea clásica de LIBERTAD NEGATIVA tuvo 4 grandes consecuencias negativas:
1. El enriquecimiento de una pequeña parte de la sociedad.
2. Aumento de la pobreza y la miseria para la mayoría.
3. Ausencia de la regulación legal de las condiciones laborales.
4. Concentración del poder en manos de unos pocos.
Todo esto hizo necesario un nuevo liberalismo que cargó decididamente contra la DOCTRINA DE LA LIBERTAD NEGATIVA del liberalismo clásico.
El individualismo propio del LIBERALISMO CLÁSICO buscaba ofrecer un escenario para la satisfacción de los deseos e intereses individuales como medio para que cada cual, a través de sus propias iniciativas, encontrase el trabajo que mejor cuadrase con sus habilidades y obtuviese la recompensa y posición que por capacidad y méritos le correspondiese. Al mismo tiempo, creía, las energías y esfuerzos de unos se verían complementadas con las de otros y todos ellos, según ADAM SMITH, promoverían, sin siquiera pretenderlo, la armonía social.
A finales del siglo XIX se hizo evidente que dicho individualismo estaba fundado en un conjunto de principios erróneos. Además de esto, quedó claro que había dejado de ser aplicable en las nuevas condiciones sociales y económicas. Así, el viejo individualismo tuvo que ser sustituido por un NUEVO INDIVIDUALISMO.

Visión del INDIVIDUO del nuevo LIBERALISMO SOCIAL:
Para este nuevo individualismo, el individuo, además de ser racional, también es un ser SOCIAL y AUTÓNOMO. Un ser que sólo se podría desarrollar plenamente en condiciones adecuadas.

Visión de la SOCIEDAD del nuevo LIBERALISMO SOCIAL:
Según esta nueva concepción del individuo, la SOCIEDAD ya no constituye una simple conjunción de individuos egoístas, sino una ENTIDAD COLECTIVA, formada por individuos INTERDEPENDIENTES, capaces de ayuda mutua.

De este modo, el LIBERALISMO SOCIAL (a diferencia de los enfoques SOCIALISTAS o CONSERVADORES) sigue siendo tan INDIVIDUALISTA como su tradición clásica, pero lo es de otro modo. Y es distinto porque aboga por un nuevo tipo de individualismo, el INDIVIDUALISMO SOCIAL.
El nuevo sujeto e INDIVIDUO SOCIAL debe ser forjado en la práctica, en íntima conexión con los cambios de las relaciones sociales.
Por tanto, sostiene que la individualidad de cada uno se forja histórica y socialmente y que el pleno desarrollo es imposible sin la existencia de ciertas condiciones que tienen que ser garantizadas por la sociedad y el Estado. [DEWEY es quien mejor expresó tal idea: el individuo es un LOGRO, obtenido con la ayuda de condiciones culturales y físicas].

La visión del ESTADO del nuevo LIBERALISMO SOCIAL:
Tales consideraciones supusieron un cambio sustancial en cuanto al alcance de la acción del Estado. Éste se hace mucho más importante para el liberalismo social. Mientras que la visión clásica (y la conservadora) ve en la acción del estado un mecanismo de restricción de la libertad individual, el nuevo LIBERALISMO SOCIAL la percibe como una CONDICIÓN NECESARIA para el ejercicio de la libertad de todos. Por tanto, la experiencia y maduración del propio Liberalismo le condujo a reconocer que la Libertad no es sólo una noción negativa, sino también positiva (según ASQUITH).
Sin embargo, los liberales sociales también creyeron que la libertad debía ser restringida en los casos en los que pusiera en peligro el desarrollo de otros o el bienestar social. Y esto tuvo especial importancia en relación al DERECHO DE PROPIEDAD, dado que ésta tiene también un carácter SOCIAL, porque cualquier propiedad y riqueza es en parte producto del esfuerzo de muchos individuos y no de un único.
Por tanto, el DERECHO DE PROPIEDAD tiene que ser un derecho LIMITADO por el Estado (con impuestos, límites a la acumulación, etc.), dado que el fin último ahora es el libre desarrollo individual, pero esta vez el DE TODOS, el bienestar social. De todo esto surge la necesidad de que el Estado tenga el DERECHO y la OBLIGACIÓN de regular su uso y disfrute.
Para el Liberalismo social, el desarrollo del individuo y el ejercicio de la libertad en sentido POSITIVO están profundamente unidos con la IGUALDAD y con la JUSTICIA SOCIAL. La tradición creía que las desigualdades sociales eran el lógico e inevitable resultado de la libre competencia.
El Liberalismo social sostiene que dichas desigualdades son, en buena medida, producto de las DIFERENTES CIRCUNSTANCIAS SOCIALES y PERSONALES. Cree que el resultado de la deseable competencia está claramente influido por las CONDICIONES en las que cada individuo inicia dicha competencia. Por eso mismo insiste en ir más allá de la necesaria eliminación de las discriminaciones y en la IGUALDAD ANTE LA LEY para garantizar la IGUALDAD DE OPORTUNIDADES.

Ésta se conseguiría a través de un plan de reformas sociales que estableciese políticas públicas de salud, trabajo, educación, destinadas a IGUALAR LAS CONDICIONES DE PARTIDA en la competición. Por tanto, el Estado debe ofrecer a los individuos ciertos recursos sin los cuales no les sería
posible el ejercicio de la libertad en sentido positivo. Y esto, para el Liberalismo social, es especialmente importante en lo referente al conocimiento, a la educación (que, según RAWLS, es la “oportunidad de oportunidades”),
la condición básica para asegurar una auténtica igualdad de opciones en la competencia social. La igualdad de oportunidades, pues, exige una importante ampliación del alcance y funciones del Estado. [Esta misma idea es la que constituyó a la justificación del posterior Estado INTERVENTOR, que supuestamente debía alcanzar el pleno empleo y poner fin a la pobreza]
En resumidas cuentas, el LIBERALISMO SOCIAL concibe al Estado como:
1. Instrumento para la organización y dirección de la propia economía capitalista y
2. Para el logro de la igualdad de oportunidades y la justicia social.
Dicho todo esto, podríamos llegar a pensar que el LIBERALISMO SOCIAL quizás podría llegar a asumir cualquier medida que pretendiese perseguir el incremento del bienestar social o de la redistribución de la riqueza a costa de restricciones de las libertades fundamentales.
Como se puede deducir de esta insinuación personal por mi parte, esto no es así.
La LIBERTAD sigue siendo claramente el principio más importante del liberalismo, por encima de cualquier otro principio de justicia.
El Liberalismo social ha sido partidario de ir más allá del modelo de democracia representativa “protectora” característico del liberalismo clásico. Insistió en la necesidad de extender los derechos políticos hasta el SUFRAGIO UNIVERSAL, reconociendo con ello los derechos políticos de las mujeres.
La libertad política no es una simple garantía de libertad individual. Es un postulado social imprescindible para el pleno desarrollo individual y para la implicación del individuo en su comunidad política. Por esto mismo, muchos pensadores del liberalismo social defendieron una democracia representativa basada en una CIUDADANÍA ACTIVA y PARTICIPATIVA, a través de gobiernos locales y referéndums.

4. El LIBERALISMO CONSERVADOR: la reacción contra la LIBERTAD POSITIVA

En el mismo momento en el que el LIBERALISMO SOCIAL comienza a redefinir el liberalismo, también lo hacen los NUEVOS LIBERALES CLÁSICOS.
Lo hicieron a partir de una valoración radicalmente crítica de la realidad sociopolítica en la que estaban inmersos. Esta visión crítica se centró sobre todo en lo que ellos consideraron la SOBRELEGISLACÍON. Para ellos, ésta constituía una enorme e injustificada ampliación constante del alcance y los fines de la
acción del Estado. La percepción del LIBERALISMO CONSERVADOR de mediados del pasado siglo y el de la actualidad es muy similar, considerando ambos el triunfo de los Estados del bienestar como la realidad innegable.
El rasgo más característico del LIBERALISMO CONSERVADOR es su aversión hacia la ampliación de las funciones del Estado, la hostilidad contra la libertad positiva. Está marcado por un pasado social y político IDEALIZADO que pretende reinstaurar y percibe como un terrible error la creciente intervención reguladora que exige el control del funcionamiento de la economía de mercado y el establecimiento de las condiciones propicias para el logro de la libertad positiva (HAYEK consideró una osadía intelectual racionalista creer que es posible planificar y controlar el desarrollo de la vida social y económica). Para el LIBERALISMO CONSERVADOR, la primera consecuencia de esa importante actividad estatal es fomentar la PASIVIDAD DE LOS INDIVIDUOS, anular su iniciativa, convertir a los individuos en sujetos adictos a las ayudas del Estado. El triangulo de hierro (como lo denominó Milton y Rose Friedman) formado por la CIUDADANÍA, los POLÍTICOS y la BUROCRACIA, acostumbra a los ciudadanos a pedir cada día
más y por tanto obliga a ampliar la burocracia y su poder y, al final, convierte a los POLÍTICOS en sujetos omnipotentes a la vez que sometidos a la presión de los ciudadanos.
La LIBERTAD POSITIVA, según el LIBERALISMO CONSERVADOR, convence al individuo de que lo que en algún momento sólo fue compasión o caridad se ha convertido en DERECHO.
Así, volver a recuperar los principios del auténtico liberalismo exige ofrecer una respuesta correcta a la cuestión central de qué puede y qué no puede hacer el gobierno y el Estado. El LIBERALISMO CONSERVADOR responde a esta pregunta intentando recuperar el INDIVIDUALISMO RADICAL del liberalismo clásico, para el cual los individuos únicamente existen como VIDAS SEPARADAS. Por lo tanto, la Visión del INDIVIDUO del LIBERALISMO CONSERVADOR es la misma que la del LIBERALISMO CLÁSICO.
Siguiendo la tradición liberal, para el LIBERALISMO CONSERVADOR, la PROPIEDAD PRIVADA es el primero y más importante de los derechos individuales. Es la más importante garantía de la LIBERTAD INDIVIDUAL.
Consecuentes con esto, esta tendencia admite muy pocas restricciones (incluso el ULTRALIBERALISMO no admite ninguna, considera el más mínimo impuesto un robo). El derecho a la apropiación y acumulación ilimitada de posesiones se convierte para el liberalismo conservador en un fin en sí mismo, coartada perfecta para la reaparición y defensa del CAPITALISMO SALVAJE.

Visión de la SOCIEDAD del LIBERALISMO CONSERVADOR:
Como sugiere HAYEK, la sociedad es poco más que un ORDEN ESPONTÁNEO, que cobra realidad a través de la libre competencia entre individuos. Según el LIBERALISMO CONSERVADOR la libertad no consiste en la posibilidad de que cada cual haga lo que quiera – es un principio de carácter negativo que alude directamente a la ausencia de la coacción que deriva de la voluntad de otro. Consiste única y exclusivamente en la posibilidad de decidir y de actuar dentro de un ámbito en el que la coacción o interferencia externa queda reducida al mínimo.
Este ámbito, sin embargo, exige la existencia del Estado, dado que sólo éste puede protegerlo y preservarlo. Son conscientes de que la “esencia característica de la propiedad es la DESIGUALDAD”, pero ese es un mal necesario, el precio que hay que pagar por su función social, por su papel en la preservación de una civilización y economía capitalistas que han logrado las más altas cotas de libertad individual, desarrollo económico y progreso social.
En cuanto a la IGUALDAD, el LIBERALISMO CONSERVADOR solventa la cuestión recurriendo a la mera IGUALDAD ANTE LA LEY. Únicamente entienden la IGUALDAD DE OPORTUNIDADES como carrera abierta a los talentos. Ningún obstáculo debe impedir que las personas puedan lograr
aquellas posiciones acordes con sus talentos. Por lo tanto, excluyen cualquier procedimiento de JUSTICIA SOCIAL o de redistribución de la riqueza con el fin de asegurar a todos las condiciones relacionadas con el acceso a la educación, la sanidad, la vivienda o el trabajo. Porque todo esto, según ellos, conduciría a un intento de igualar las potencialidades de salida de cada individuo lo cual conduciría al paternalismo y la omnipotencia estatales, así como al intento por parte del gobierno de fijar fines y metas sociales que los individuos deben perseguir (y esto no sería más que un nuevo paso hacia el CAMINO DE SERVIDUMBRE, según HAYEK).
Por esto mismo, el LIBERALISMO CONSERVADOR considera necesario prescindir del concepto de JUSTICIA SOCIAL y remitir la solución de los problemas que ella trata a la caridad privada.

Visión del ESTADO del LIBERALISMO CONSERVADOR:
¿Cuál es entonces el ámbito de actuación legítima del Estado? El LIBERALISMO CONSERVADOR ha dado varias respuestas al respecto (básicamente 3):
1. Los ULTRALIBERALES sostienen que es preciso vender el Estado en pequeñas piezas y devolver todas sus tareas y funciones al mercado, dejarlas en manos de la iniciativa privada y avanzar de esta manera hacia una SOCIEDAD SIN ESTADO (donde reinaria el caos capitalsita, la ley del mas fuerte).
2. Menos radical es la posición de NOZICK y SPENCER, que opinan que las funciones del Estado deben ser mínimas y EXCLUSIVAMENTE PROTECTORAS, limitándose a defender los derechos naturales del hombre.
3. Sin embargo, la posición liberal-conservadora más representativa al respecto es la de HAYEK: además de la protección, el Estado debe ser capaz de realizar otras funciones de producción imprescindibles para el buen funcionamiento de una sociedad libre. Así, algunas de las funciones que la mayor parte del LIBERALISMO CONSERVADOR considera propias del Estado son:
· el control de la propiedad privada
· la eliminación de los monopolios
· el establecimiento de una educación básica gratuita
Eso sí, siempre que se limite a FINANCIAR y no a GESTIONAR.
Pero entonces, ¿cómo tomar las decisiones colectivas con la mínima intervención del Estado? El LIBERALISMO CONSERVADOR aboga por modelos REPRESENTATIVOS y PROTECTORES de democracia que han llegado a denominarse en conjunto como ELITISMO DEMOCRÁTICO, siguiendo uno de sus más conocidos críticos, MACPHERSON.
Para el LIBERALISMO CONSERVADOR CONTEMPORÁNEO, la democracia es una POLIARQUÍA, un sistema que se caracteriza por la existencia de una pluralidad de grupos de interés y presión que se han convertido en auténticos centros de poder que han suplantado a los ciudadanos y tratan de determinar la toma de decisiones políticas buscando satisfacer sus propios intereses. Estamos así ante un pluralismo posesivo que no es más que la continuación lógica del individualismo posesivo en el que se basa (MACPHERSON).

5. Las tensiones del Liberalismo (actual)

La tradición liberal disfruta hoy de una excelente salud teórica, aunque no parece que ocurra lo miso en el terreno de la práctica, porque no tiene expresiones políticas institucionalizadas tan poderosas como las SOCIALISTAS o CONSERVADORAS. Su importancia y poder reside en que ha logrado CONTAMINAR al resto de tradiciones políticas que han llegado a desdibujar sus perfiles ideo-políticos para acercarse a ésta. Este acercamiento puede deberse a que la tradición liberal constituye una especie de frontera entre el conservadurismo y el socialismo (estas dos tendencias han absorbido buena parte de su ideario).

Así, el LIBERALISMO SOCIAL sigue con su defensa de:
1. El INDIVIDUALISMO SOCIAL
2.
La revuelta contra la exclusividad de la LIBERTAD NEGATIVA y la apuesta por complementarla con la LIBERTAD POSITIVA
3. El establecimiento de límites a los DERECHOS DE PROPIEDAD
4. IGUALDAD ANTE LA LEY e IGUALDAD DE OPORTUNIDADES
5.
Mayor y mejor DISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA a través de procedimientos de JUSTICIA SOCIAL
6.
Amplio grado de INTERVENCIONISMO ESTATAL
7. DEMOCRACIA REPRESENTATIVA con potenciación de la PARTICIPACIÓN CIUDADANA.

El LIBERALISMO CONSERVADOR se ha fijado como objetivo el RECUPERAR EL INDIVIDUALISMO POSESIVO y los principios básicos de la SOCIEDAD DE MERCADO defendidos por el primer liberalismo.
Se muestra claramente despreocupado por las desigualdades e injusticias sociales y defiende:
1. El INDIVIDUALISMO POSESIVO
2. La PROPIEDAD PRIVADA como derecho absoluto
3.
La LIBERTAD exclusivamente NEGATIVA
4.
La reducción de la IGUALDAD a la IGUALDAD ANTE LA LEY
5.
El rechazo a la redistribución de la riqueza
6.
La reducción al mínimo o incluso la DESPARICIÓN DE LAS TAREAS DEL ESTADO
7. La DEMOCRACIA PROTECTORA y ELITISTA.

Desde los inicios de la modernidad hasta el presente, se ha producido una confrontación abierta de la tradición liberal con la alternativa SOCIALISTA (y la comunista), la reacción CONSERVADORA (neoliberal) y la crítica ANARQUISTA (anticapitalista y libertaria). Estas confrontaciones siguen hoy día, porque, como es lógico, mientras se sigan defendiendo modelos ideo-políticos rivales, el conflicto entre ellos es inevitable

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lunes, 28 de febrero de 2022

Justicia y femenismo, regulaciones de género, redistribución y reconocimiento

 


En este tercer artículo sobre la igualdad, el feminismo y el género, he querido recopilar los argumentos de dos autoras importantes sobre el tema, antes de adentrarme más (adelante) en la historia de esta lucha y corriente filosófica, y abarcar mas cuestiones. Siguiendo lo expuesto, podremos profundizar en los motivos y orígenes del feminismo, identificar las "causas del problema de esta desigualdad" y no quedarnos en la superficialidad vendida por el capitalismo, como podremos comprobar, pues el origen viene muy ligado al sistema económico, social y la herencia histórica cúltural.

Regulaciones de género, según Judith Butler

En la introducción a “Regulaciones de Género”, Judith Butler expone la problemática definición de regulación como unas dinámicas institucionalizadas que regularizan a las personas, que los hace, entre otras cosas, sujetos genéricos con géneros regulares. Siguiendo a Foucault, argumenta que el género no
preexiste a la regulación: al contrario, el género del sujeto se produce por el poder regulatorio que a la vez le da forma y lo subjetiva. Las regulaciones de género, continua, están gobernados por normas, las cuales no deberían ser entendidas como leyes o reglas, sino más bien gobiernan la inteligibilidad social, dando reconocimiento a “ciertos tipos de prácticas y acciones” y por tanto definen los parámetros de lo que debe o no aparecer en la esfera social. Dice: “el género es el aparato mediante el cual la producción y normalización de lo masculino y lo femenino tiene lugar junto con las formas intersticiales hormonales, cromosómica, síquica y performativa que el género asume.”

¿Hay alguna manera de interrumpir/alterar la normas o resistirse a su gobierno? Butler pretende que intentar estar fuera de la norma no ayuda realmente, pues los “outsiders” estan todavía siendo definidos en relación a la norma. Por ejemplo, las categorías queer de “gender blending”, (mezcla de género), e identidades tales como “problema de género”, “transgénero”, “crossgender”, “non-binary”, o “género neutro”, sugiere que el género tiene un mecanismo para moverse más allá del binario naturalizado masculino/femenino. Butler marca que el género es el mecanismo a través del cual se produce y naturaliza el binarismo de género masculino/femenino, pero la estructura misma del mecanismo ofrece espacios para deconstruir y desnaturalizar los términos. El mismo aparato da las herramientas para socavar su instauración, es un modelo que tiene las bases para desnaturalizarlo. Por eso es que se puede lograr desplazar al género más allá del binarismo naturalizado, apropiarse del género para socavar la estructura misma.

Concluye mostrando dos alternativos a la aproximación de mezcla de géneros (“gender blending”). La primera es la propuesta para una multiplicidad de género. La otra es la propuesta de Irigay (siguiendo a Lacan) por una noción de género que intenta escapar de la descripción cuantitativa de género oponiendo el sexo masculino como “el uno y único” sobre el cual los otros sexos están basados: “El sexo que no es uno” es por tanto la feminidad entendida como lo que no puede ser capturado por el número.

  1. Posiciones simbólicas y normas sociales

Butler ataca la concepción lacaniana de una universalidad de las leyes culturales enraizadas en las reglas simbólicas y lingüísticas que son entendidas para apoyar las relaciones de parentesco. Para Lacan, la posición simbólica vive fuera de los social. Por ejemplo, Lacan insiste que la posición simbólica del padre que resulta del complejo de Edipo no debería ser confundido con la posición socialmente constituida y alterable que los padres han asumido a lo largo del tiempo.
Butler critica esta concepción de realidad simbólica que vive fuera del discurso como siendo heteronormativo y autojustificativo, en otras palabras, la articulación de un poder regulatorio: “la fuerza autoritaria que refuerza la incontestabilidad de la ley simbólica es en sí mismo un ejercicio de esa ley simbólica, una instancia más del lugar del padre”. Es claramente problemático cuando uno considera alteraciones de parentesco que desafía la norma, tales como familias con un sólo progenitor o dos del mismo sexo.
Contra esta visión, Butler discute que la norma es, de hecho, performativa: “en su necesaria temporalidad está abierta a un desplazamiento y subversión desde dentro”. Ella, por tanto, propone un deslizamiento desde una concepción simbolista de la regulación a una concepción social de la regulación. La norma de género no es un modelo que la gente intenta imitar sino un “poder social que
produce el campo de inteligibilidad de los sujetos” y el binario de género.

  1. Normas y el problema de la abstracción

Butler mira retoma el proceso mediante el cual tratando de liberarse uno mismo de la norma resulta en un reforzamiento de la misma. Tal como Ewalds expresa: “Lo anormal no tiene una naturaleza que sea diferente de lo normal. La norma, o el espacio normativo, no conoce lo exterior”. La consecuencia inmediata es que cualquier oposición a la norma está ya contenida en la norma, y es crucial para su propio funcionamiento.

Por tanto, discute Butler que un deslizamiento de lo simbólico a lo social usando a Foucault nos conduce a un callejón sin salida. Macheray propone una visión alternativa de las normas. Las normas, según nos dice, no deberían ser vistas como abstracciones independientes sino más bien como “formas de
acción”, solo en virtud de su poder repetitivo de conferir realidad se constituye la norma como tal. En otras palabras, la norma es performativa.

  1. Normas de género

Butler da ejemplos de procesos regulatorios a través de los cuales el género es normalizado: corrección quirúrgica para niños hermafroditas y leyes contra el acoso sexual en el trabajo. Ella argumenta que el carácter performativo de la norma permite dar lugar a la intervención social. Finalmente muestra como estos procesos exceden la cuestión del género en el sentido de que operan como una condición de inteligibilidad cultural entre las personas:
“Por tanto, las regulaciones que buscan simplemente restringir ciertas actividades específicas (acoso sexual, discurso sexual,…) desempeñan otra actividad que, para la mayoría, permanece camuflado: la producción de los parámetros de la personeidad, esto es, haciendo personas de acuerdo a las normas abstractas que al mismo tiempo condicionan y exceden las vidas que construyen y destruyen.

Así por ejemplo en la teoría de MacKinnon, el género es producido en la escena de la subordinación sexual, y el acoso sexual es el momento explícito en el que se instituye la subordinación heterosexual. Lo que esto significa, efectivamente, es que el acoso sexual se convierte en la alegoría de la producción
del género. En opinión de Butler, los códigos acerca del acoso sexual se convierten ellos mismos en el instrumento mediante el cual el género es reproducido. Butler explica como el género es normalizado a través de regulación por medio de instituciones y la ley. A partir de aparentemente leyes protectoras
pertenecientes al acoso sexual Mackinnon concluye que las estancias tomadas dentro de tales leyes solidifican una “estructura jerárquica de heterosexualidad” y para Butlers es el mecanismo que produce el género. Este razonamiento implica igualar género a sexualidad dentro de un mundo heterosexual y produce el modelo de mujer femenina y hombre masculino. Sin embargo, Butler sostiene que la práctica sexual y la presencia de transgénero destruye el nexo causal entre género y sexualidad.

Conclusiones:

1-Butler entiende al género como una norma y al sexo como una categoría lingüística divisoria entre la biológico y lo social. La norma produce al individuo, y se sexualiza la desigualdad, subordinando y condicionando la vida.

2- El género no es lo que se tiene o lo que se es, sino la normalización de lo masculino y lo femenino, construcciones sociales del sexo.

3-El género y la norma no son inalterables. El género se impone como norma su modelo binario de sexualización al que el individuo debe aproximarse en la práctica social.

4- La norma convierte las restricciones en un mecanismo, con el que las transforma y asimila.

5-El género representa las diferencias, desigualdades y subordinaciones entre hombres y mujeres.

6-La teoría Queer separa sexualidad de género y de reducirlo a una jerarquía heterosexual.

La justicia social en la era de la política de la identidad: redistribución, reconocimiento y participación, de Nancy Fraser

En el mundo de hoy parece que las reivindicaciones de justicia se dividen cada vez más en dos tipos: el primero, y más conocido, esta constituido por las reivindicaciones redistributivas (que pretenden un reparto más justo de las riquezas y los recursos); otro tipo, cada vez mas encontrado es el tipo de
reivindicación basado en el reconocimiento (minorías étnicas, raciales, género,…) Los dos tipos de reivindaciones de justicia parecen disociados; ¿redistribución o reconocimiento? ¿Política de clases o política de identidad? ¿Multiculturalismo o socialdemocracia?

La tesis general de Fraser es que, en la actualidad, la justicia requiere tanto de la redistribución como del reconocimiento, y que por separado ninguno de los dos es suficiente. Pero, ¿cómo se combinan ambos? La tarea consiste en idear una concepción bidimensional de la justicia que pueda integrar tanto las reivindicaciones defendibles de igualdad social como las del reconocimiento de la diferencia.

  1. ¿Redistribución o reconocimiento?

Redistribucion y reconocimiento tienen, desde el punto de vista filosófico, orígenes diferentes. “Redistribución” proviene de la tradición liberal, en especial a partir de la segunda mitad del s XX; mientras el término “reconocimiento” proviene de la filosofía hegeliana, donde el reconocimiento designa una relación reciproca ideal entre sujetos: uno se convierte en sujeto individual solo en virtud de reconocer a otro sujeto y ser reconocido por él. Muchos teóricos liberales de la justicia distributiva (Rawls, Dworkin) sostienen que la teoría del reconocimiento conlleva una carga comunitaria inaceptable, mientras los defensores del reconocimiento estiman que la teoría distributiva es individualizadora y consumista.
En cuanto paradigmas populares, la redistribución y el reconocimiento se asocian a políticas de clase y políticas de identidad, respectivamente. Ambos se contrastan en cuatro aspectos claves:

  1. ) ambos asumen concepciones diferentes de la injusticia; mientras el paradigma de la distribución se centra en injusticias socieconómicas y supone que estan enraizadas en la estructura económica de la sociedad; el de reconocimiento se enfrenta a injusticias que interpreta como culturales, enraizadas en patrones sociales de representación, comunicación e interpretación.
  2. ) Diferentes tipos de soluciones de la injusticia; por un lado la redistribución de los recursos y riquezas, y el otro por un cambio cultural o simbólico.
  3. ) Asumen colectividades diferentes que sufren la injusticia; para el paradigma de la redistribución los sujetos colectivos de injusticia son clases o colectividades similares a las clases (caso típico las clases trabajadores explotados, o el trabajo no asalariado de las mujeres) , mientras que para el de reconocimiento son los grupos de estatus weberiano (caso típico, grupo étnico de bajo estatus)
  4. ) Ambos asumen ideas distintas acerca de las diferencias de grupo; según el paradigma de la redistribución es necesario abolir las diferencias de grupo y lo que menos le interesa es su reconocimiento; mientras que el paradigma del reconocimiento trata las diferencias de dos formas posibles: a) las diferencias son variaciones culturales benignas, pero que una injusta interpretación ha transformado en maliciosa; y b) las diferencias de grupo no existen antes de su transvaloración jerárquica.

Al parecer esta antítesis, según Fraser, es falsa. De forma analítica podríamos encontrar situaciones sociales donde la injusticia se produce solamente por una mala redistribución (explotación social de clases del ideal marxiano) o mal reconocimiento (donde las injusticias económicas se derivan de él. Sin embargo, fuera de estos tipos ideales, nos encontramos con una “bidimensionalidad” de la injusticia arraigadas tanto en la estructura económica como en el estatus jerárquico de la sociedad, y ninguno de estas dos injusticias subsume ni se deriva de la otra, sino que ambas son primarias y cooriginales. Fraser sostiene que el género es una diferenciación social bidimensional, y que por tanto para comprender y reparar la injusticia de género requiere atender tanto a la distribución como al reconocimiento.

Una característica importante de la injusticia de género es el androcentrismo (patrón institucionalizado de valor cultural que privilegia los rasgos asociados a la masculinidad, al tiempo que devalúa todo lo clasificado como “femenino”). Como consecuencia de ello las mujeres sufren formas específicas de subordinación de estatus (agresiones,…). Así pues el género, según Fraser, refuta la antítesis de los dos paradigmas.

  1. Bidimensionalidad: ¿excepción o norma?

Fraser también argumenta que la raza es una división social bidimensional, una combinación de estatus (eurocentrismo) y clase social (tasas elevadas de pobreza). Casi todos los ejes de subordinación del mundo real pueden tratarse como bidimensionales, aunque la exacta proporción de perjuicio económico y de subordinación de estatus debe determinarse empíricamente en cada caso. Por tanto, la superación de la injusticia en “casi” todos los casos exige tanto la redistribución como el reconocimiento, no siendo ambos mutuamente excluyentes. El objetivo debe ser, pues, elaborar un enfoque integrado de ambas dimensiones en la justicia social. La concepción bidimensional de la justicia considera la redistribución y el reconocimiento como perspectivas deferentes de la justicia y dimensiones de la misma sin reducir una a la otra. El núcleo normativo de su concepción es la idea de la paridad de participación, según la cual la justicia exige unos acuerdos sociales que permitan que todos los miembros (adultos) de la sociedad interactúen en pie de igualdad. Para que sea posible la paridad participativa es necesario cumplirse dos condiciones:

  1. ) La distribución de los recursos materiales debe hacerse de manera que garantice la independencia y la voz de todos los participantes (condición objetiva). Esta pone de relieve las preocupaciones de la justicia redistributiva.
  2. ) Los patrones institucionalizados de valor cultural expresen el mismo respeto a todos los participantes y garanticen la igualdad de oportunidades para conseguir la estima social (condición intersubjetiva). Esta pone de relieve las preocupaciones de la justicia de reconocimiento. Ninguna de las dos es suficiente por separado.

Así pues, una concepción bidimensional de la justicia orientada según la norma de la paridad de la participación recoge tanto la redistribución como el reconocimiento, sin reducir uno al otro. ¿Cómo podemos distinguir las reivindicaciones de reconocimiento justificadas de las injustificadas?
Los teóricos de la justicia redistributiva intentan elaborar criterios objetivistas como la maximización de la utilidad o a normas procedimentales como la ética del discurso; paro los teóricos del reconocimiento las de reconocimiento que refuercen la autoestima del reclamante estarán justificadas; pero esta teoría es muy floja.

Fraser, insiste en que la paridad participativa sea la norma de evaluación, sirviendo el mismo criterio para distinguir las reivindicaciones justificadas de las no justificadas. Con independencia de que la cuestión sea la redistribución o el reconocimiento, los actores sociales solicitantes deben demostrar que los acuerdos vigentes les impiden participar en la vida social en calidad de igualdad con los otros. Así mismo, la paridad participativa sirve para evaluar los remedios de la injusticia que se propongan, puesto que se debe demostrar que los cambios promovidos sirvan para mejorar la paridad de participación.

Recapitulando:

  1. ) El reconocimiento debe tratarse como una cuestión de justicia y no de autorrealización.
  2. ) Los teóricos de la justicia deben rechazar la idea de la disyuntiva entre el paradigma distributivo y el de reconocimiento, debiendo adoptar una concepción bidimensional de la justicia, basada en la norma de la paridad participativa;
  3. ) Para justificar sus reivindicaciones, los reclamantes de reconocimiento deben demostrar en procesos públicos de deliberación democrática que los procesos institucionalizados de valor cultural les niegan injustamente las condiciones intersubjetivas de paridad participativa, y que las sustitución de esos patrones por otros diferentes representaría un paso en la dirección de la paridad;
  4. ) La justicia puede exigir, en principio, el reconocimiento de los caracteres distintivos, más allá de nuestra común humanidad, aunque esto solo puede determinarse pragmáticamente a la luz de los obstáculos a la paridad participativa en cada caso.

¿Qué orientación política programática puede satisfacer ambos tipos de reivindicaciones, minimizando, al mismo tiempo, las interferencias mutuas que puedan surgir al atender al mismo tiempo ambos tipos de reivindicaciones? Partiendo, según Fraser, del remedio de la injusticia, reformulado en sus términos más generales: la eliminación de los impedimentos para la paridad participativa. Propone dos estrategias, aplicables a ambas perspectivas de las injusticias:

  • Afirmativas: para reparar la injusticia intentan corregir los resultados desiguales de los acuerdos sociales sin tocar las estructuras sociales suyacentes que los generan;
  • Transformativas: aspiran a corregir los resultados injustos reestructurando el marco generador subyacente.

Aplicado a la justicia distributiva

  • Afirmativa: es la estrategia en el estado liberal del bienestar, que procura reparar la mal distribución mediante un traspaso de rentas. Este enfoque, que confía en exceso en la ayuda pública, trata de incrementar la participación de los más perjudicados en el consumo, dejando intacta la estructura económica subyacente.
    • Transformadora: la estrategia típica es el socialismo, modificando la división del trabajo, las formas de propiedad y otras estructuras profundas del sistema económica. Esta estrategia ha pasado de moda, pues el contenido socialista se ha mostrado empíricamente problemático.

Aplicado a la justicia de reconocimiento

  • Afirmativa: un ejemplo es la estrategia del multiculturalismo dominante. Este enfoque propone reparar la falta de respeto mediante la revaluación de las identidades de grupo devaluadas:
  • Transformadora: es una estrategia de deconstrucción de las oposiciones simbólicas que subyacen a los patrones de valor cultural institucionalizadas en la actualidad. En vez de limitarse a elevar la
    autoestima de quienes son reconocidos erróneamente, desestabilizaría las diferenciaciones de estatus vigente y cambiaría la autoidentidad de todos.

Inconvenientes de las estrategias afirmativas

  1. ) Cuando se aplican al reconocimiento erróneo, los remedios afirmativos tienden a cosificar las identidades colectivas. Por tanto, en vez de promover la interacción a través de las diferencias, estas estrategias afirmativas se prestan con facilidad al separatismo y al comunitarismo represivo
  2. ) Cuando se aplican a la mala distribución, a menudo, provocan una reacción de reconocimiento erróneo. Por ejemplo, en los programas de ayudas sociales, se tiende a señalar a los más perjudicados como intrínsecamente deficientes e insaciables, que siempre necesitan más. Su efecto neto consiste en añadir el insulto de la falta de respeto al agravio de la privación.

En cambio, las estrategias transformadoras evitan en gran parte estas dificultades.

  1. ) Aplicadas al reconocimiento erróneo, las estrategias deconstructivas son en principio, descosificadoras, pues pretenden desestabilizar las distinciones injustas del estatus, favoreciendo la interacción a través de las diferencias.
  2. ) Aplicadas a la mala distribución, tienen un carácter solidario.

Las estrategias transformadoras son preferibles, pero no están en absoluto libres de dificultades.

  1. ) Cuando se aplican al reconocimiento erróneo, los llamamientos de la deconstrucción de las oposiciones binarias están muy lejos de las preocupaciones inmediatas de la mayoría de los sujetos que padecen un reconocimiento erróneo, más dispuestos a reclamar su dignidad afirmando una identidad menospreciada que a apoyar un debilitamiento de las distinciones de estatus.
  2. ) Cuando se aplican a la mala distribución, los llamamientos a la transformación económica están muy alejados de la experiencia directa de la mayoría de sujetos que sufren la mala distribución, que prefieren los beneficios inmediatos de las transferencia de renta que una planificación socialista democrática.

Por tanto, si las estrategias transformadoras son preferibles en principio, aunque sea más difícil llevarlas a la práctica, ¿hay que sacrificar los principios en aras del realismo?

La vía media de la reforma no reformista

Fraser propone una estrategia alternativa, una vía media entre una estrategia afirmativa que será políticamente factible, aunque con una base poco significativa, y otra transformadora, programáticamente sólida, pero políticamente impracticable: la vía media de las reformas no reformistas. Serían unas normas de doble cara: por una parte captan las identidades de las personas y satisfacen algunas de sus necesidades, interpretadas dentro de los marcos de reconocimiento y distribución vigentes: por otra, emprenden una trayectoria de cambio en la que, con el tiempo, terminan siendo practicables las reformas radicales. Combinan, el carácter práctico de la afirmación con el empuje radical de la transformación que ataca a la injusticia de raíz. (p.e. la renta básica, garantiza un nivel mínimo de ingresos para todos los ciudadanos, con independencia de su participación en la fuerza laboral, dejando intacta la estructura profunda de los derechos de propiedad capitalistas. Según los proponentes, si el nivel fuera suficientemente alto la renta básica equilibraría el equilibrio de poder entre el capital y el trabajo, creando un terreno para provocar otros cambios. Siendo el resultado a largo plazo el debilitamiento de la mercantilización de la mano de obra. Produciéndose un efecto transformador profundo respecto a la subordinación de clase económica).

¿Es concebible este enfoque para la política de reconocimiento?

Las feministas culturales reivindican una política de reconocimiento orientada a revaluar los rasgos asociados con la feminidad. Sin embargo, no todas consideran que la afirmación de la “diferencia de la mujer” sea un fin en sí misma. Algunas toman una estrategia de transición que acabará llevando a la desestabilización de la dicotomía hombre-mujer. Una estrategia así celebraría la feminidad como un modo de potenciar a las mujeres en su lucha contra el sesgo de género; otra valoraría las actividades tradicionales de las mujeres como un modo de estimular a los hombres para que también las hicieran suyas. En ambos casos, las proponentes del “esencialismo estratégico” prevén que la estrategia afirmativa tenga efectos transformadores a largo plazo. Sin embargo, en el contexto de una cultura neotradicional, en la que se considera natural la diferencia de género, es probable que el feminismo cultural estratégico sucumba a la reificación (cosificación); en cambio en una cultura postmodernista, en la que está presente un sentido muy vivo del carácter interpretativo y de la contingencia de todas las clasificaciones e identificaciones, es más fácil promover la transformación. En sociedades mixtas, los efectos del “esencialismo estratégico” son difíciles de calibrar, razón por la cual las feministas se muestran escépticas. En el asunto del velo, el remedio del reconocimiento erróneo no es deconstruir la distinción entre cristiano y musulmán. Consiste más bien en eliminar las preferencias institucionalizadas mediante las prácticas de la mayoría, dando pasos afirmativos para incluir las minorías, sin que se requiera la asimilación o se exacerbe la subordinación de las mujeres. A corto plazo este enfoque resulta afirmativo, sin duda, porque afirma el derecho de un grupo existente a la plena participación en la educación pública. A largo plazo, sin embargo, podría tener consecuencias transformadoras, como la de reinterpretar la identidad nacional francesa para adaptarla a una sociedad multicultural, reformando el islám par un régimen liberal e igualitario respecto al género.

Sobre el género, resumiendo.

Para ella es una diferenciación social bidireccional:

  • Para reparar la injusticia de género se requiere atender tanto a la redistribución como al reconocimiento. La injusticia de género es simplemente androcentrismo.
  • Debe haber paridad de participación para que haya igualdad.
  • El género se utiliza como principio básico organizador de la estructura económica capitalista entre el trabajo productivo retribuido y el reproductivo no retribuido, que subordina y cosifica, expone a la marginación y la violencia. El patriarcado crea esa normalización impuesta.

 

Articulos previos del autor sobre los temas tratados:

https://vykthors.wordpress.com/2019/01/13/que-es-el-feminismo-y-70-frases-de-mujeres-unicas/

https://vykthors.wordpress.com/2018/02/11/que-papel-puede-cumplir-la-mujer-en-la-sociedad-del-futuro/

lunes, 31 de enero de 2022

Dimensiones del Nacionalismo (Fascismo for Dummies capitulo 2)

 


DIMENSIONES DEL NACIONALISMO

El nacionalismo es una ideología moderna que concibe la Nación como sujeto de soberanía y, por tanto, fundamento del Estado. Aunque es cierto que tan fácil es identificar al sujeto persona, como difícil identificar y definir qué es la Nación.

El nacionalismo es consustancial con la construcción y evolución del Estado moderno. Se distingue de las demás ideologías modernas, en que llama a la identidad antes que a la voluntad. El nacionalismo se pregunta por quién forma parte del pueblo o Nación; delimita y señala la comunidad nacional. Las otras ideologías modernas se preguntan por el cómo debe organizarse y ser gobernada una sociedad.

Es importante distinguir el origen de la Nación moderna de la explosión del nacionalismo. La Nación moderna es un concepto necesario e interdependiente con el Estado moderno, cuyo origen hay que estudiarlo en cada caso en relación a los orígenes del capitalismo. No hay un modelo general, pero sí hay un resultado u objetivo general compartido: A cada Estado una Nación, a cada Nación un Estado, Este es el principio general del nacionalismo. Por esto se dice que es el nacionalismo quien crea la Nación y no al revés. Porque una cosa es comprender los orígenes, los procesos históricos que han conducido a la formación de estados y naciones, y otra el «plebiscito diario» que surge de la aceptación explícita o implícita de la Nación por parte del conjunto de individuos vinculados a la misma.

No hay necesidad de nacionalismo si los individuos son súbditos del rey, puesto que éste es el soberano y garantiza la unidad del Estado. Tampoco hay necesidad de nacionalismo si el fundamento del poder estatal es únicamente la coerción y el temor. Pero sólo que haya algo de consenso o legitimación civil del poder público, es decir, de reconocimiento mutuo entre gobernantes y gobernados, aparece la semilla del nacionalismo. Y el Estado moderno es la construcción de un nosotros nacional, desde el sufragio censitario al sufragio universal y democrático.

El nacionalismo es inmanente al Estado liberal. Es el nacionalismo rutinario de los estados nacionales establecidos. Para que un Estado-nación continúe existiendo como tal, tiene que haber una serie de costumbres, rutinas, creencias ideológicas, sentimientos, símbolos que afectan e influyen en las vidas de los miembros de la Nación, que de manera consciente o inconsciente, recuerdan y sienten su pertenencia nacional y se comportan en coherencia con ella. Esto es lo que Michael Billig denomina nacionalismo banal. Un nacionalismo interiorizado o semi presencial que irrumpe con fuerza cuando la unidad nacional está en riesgo, o existe una amenaza exterior, o eso se denuncia con ánimo de movilizar adhesiones nacionalistas y fomentar el patriotismo entre la opinión pública.

En este sentido, en épocas de crisis, cuando otras identidades ideológicas se tambalean, el nacionalismo se ha manifestado con especial vigor y poderío. Cada vez que el equilibrio internacional se ha roto, el nacionalismo ha sido utilizado como argumento para la legitimación.

El «breve» siglo XX se ha caracterizado por la derivación y radicalización nacionalista de todos los estados sin excepción, fuere cual fuese el régimen político. Desde 1914 hasta 1989, el mundo ha permanecido dividido entre intereses nacionalistas, desde los grandes nacionalismos emergentes estadounidense, japonés y alemán frente a los «viejos» imperios europeos en el cambio de siglo XIX a XX, hasta la división bipolar de la segunda mitad del siglo XX y la «guerra fría» entre dos gran nacionalismos, el estadounidense y el soviético.

El siglo XX ha visto la generalización del modelo de Estado nacional, sobre la base e influencia de la correlación de fuerzas internacional, especialmente en las tres grandes olas (1918,1945,1989) de constitución de nuevos estados independientes. Las distintas ideologías y opciones políticas se han alineado e integrado a la previa identidad nacional. En los inicios del siglo XXI, cuando el nacionalismo permanece con toda su energía, y hay conflictos nacionales en todos los continentes, el recuerdo del siglo XX debería servir para desactivar y desarmar el potencial destructivo del nacionalismo de Estado. La capacidad demostrada de manipulación de la opinión pública que posee el nacionalismo, llamando al patriotismo, sea en Estados Unidos, sea en Rusia, con relación a la guerra-invasión de Irak o a la represión-genocidio de Chechenia, o el apoyo Estadounidense al Nazismo pasado y presente, muestra la urgencia de avanzar en la instauración de un derecho internacional que limite la acción (nacionalista) de los estados y obligue al respeto de los derechos humanos y de las minorías nacionales. De no ser así, y ante la irrupción del terrorismo a una escala global después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la dialéctica nacionalista en el espacio global puede conducir a una espiral de consecuencias fatales para la paz en el mundo.

El nacionalismo es una ideología de doble dirección. Porque existe una contraposición entre los nacionalismos «estatal-nacionales» y los otros nacionalismos «de oposición». Unos y otros tienen el mismo fin, que deviene incompatible cuando disputan un mismo territorio: un Estado propio, independiente y soberano. Pero sólo los nacionalismos «estatales-nadonales» han realizado sus aspiraciones como Estado-nación.

Los grandes nacionalismos del siglo XX han sido el británico, el francés, el norteamericano, el alemán, el japonés, el ruso y el chino; son estos nacionalismos los que han definido el orden internacional y los que se han enfrentado entre sí, con justificaciones ideológicas diversas sobre el fondo de una efectiva contraposición de intereses estatales-nacionales.

Benedict Anderson en Imagined Communities retrata la fuerza manipuladora del nacionalismo cuando se refiere en las primeras líneas de su obra a la tumba al Soldado Desconocido, donde no hay más que «idealizaciones nacionales fantasmagóricas» para la exaltación de un patriotismo de adhesión incondicional de todos y cada uno de los miembros de la Nación (imaginada). La Nación ha sido un gran invento, especialmente para el Estado, porque ha permitido hablar de todos y de todas sin hablar de nadie. Sólo la democratización mediante el reconocimiento de la Nación real, que es plural, ha de permitir el paso del Estado mononacional y soberano a estados plurinacionales, organizados bajo los principios de la democracia pluralista y federal.

El concepto de Nación

El nacionalismo no tiene un fundador universal o general, a diferencia de otras ideologías modernas, como el liberalismo, el consevadurismo o el socialismo, que sí los tienen. ¿Por qué? Porque el nacionalismo universal es imposible por naturaleza. El nacionalismo tiene fundadores nacionales, tantos como estados o naciones que se proclaman soberanos. Quizás por esta razón tampoco existe una definición de Nación aceptada con carácter general. De hecho, como escribió Gellner:

Las naciones, al igual que los estados, son una contingencia no una necesidad universal. Ni las naciones ni los estados existen en toda época y circunstancia. Por otra parte, naciones y Estado no son una misma contingencia. El nacionalismo sostiene que están hechos el uno para el otro, que el uno sin el otro son algo incompleto y trágico. Pero, antes de que pudieran llegar a prometerse, cada uno de ellos hubo de emerger, y su emergencia fue independiente y contingente. No cabe duda de que el Estado ha emergido sin ayuda de la Nación. También, ciertamente, hay naciones que han emergido sin las ventajas de tener un Estado propio.

Más discutible es si la idea normativa de Nación, en su sentido moderno, no supuso la existencia previa del Estado. Son numerosos los autores que han intentado dar con la definición de Nación. A título de ejemplo se pueden citar las siguientes: Puede decirse que las nacionalidades están constituidas por la reunión de hombres atraídos por simpatías comunes que no existen entre ellos y otros hombres; simpatías que les impulsan a obrar de concierto mucho más voluntariamente que lo harían con otros, a desear vivir bajo el mismo Gobierno y a procurar que este Gobierno sea ejercido por ellos exclusivamente o por algunos de entre ellos. El sentimiento de la nacionalidad puede haber sido engendrado por diversas causas: algunas veces es efecto de la identidad de raza y de origen; frecuentemente contribuyen a hacerle nacer la comunidad de lengua, otras la de religión, etc. (J. Stuart Mili, Del Gobierno representativo, 1861).

Nación es, por tanto, una gran solidaridad constituida por el sentimiento de los sacrificios hechos y por los que todavía se está dispuesto a hacer. Una nación presupone un pasado, pero en Sí presente se concreta en un hecho tangible: el consentimiento, el deseo claramente expresado de seguir viviendo en común. La existencia de una nación, y perdonadme la metáfora, es un plebiscito de cada día, de la misma manera que la existencia del individuo es una afirmación perpetua de vida.

Así pues, con un espíritu antropológico se propone la siguiente definición de nación: una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana (B. Anderson, Comunidades imaginadas, 1983). ¿Qué tienen en común estas definiciones? Se pueden distinguir cuatro puntos o características básicas de la Nación/nacionalidad: 1) comunidad de sentimiento; 2) comunidad de historia y cultura compartidas; 3) comunidad política; 4) comunidad que se realiza y autodetermina mediante el Estado.

La Nación es ante todo una comunidad de sentimiento, que identifica al conjunto de miembros de la misma, los cuales se sienten vinculados a ella, que se reconocen unos con otros como pertenecientes a la misma Nación, y que se distinguen de otros que son de otras naciones.

El sentimiento ídentitario es inherente a todas las naciones, es la prueba más evidente de que existe una comunidad de individuos que se sienten Nación y se identifican con la misma. Esta comunidad de sentimiento nace y pervive sobre la base de un pasado común, como subraya Renán, para el cual las glorias y, sobre todo, las derrotas crean fuertes vínculos de pertenencia y de adhesión a la comunidad nacional. Las naciones tienen historia propia o no son. Es esta historia común la que va configurando una comunidad de carácter, una comunidad cultural, con características comunes que normalmente confluyen y se manifiestan mediante una lengua propia.

La educación ha sido un medio esencial de uniformidad nacional, de homogeneidad lingüística, de enseñanza de una historia nacionalista, de implantación y propagación de unos valores y símbolos nacionales. Ha sido así en Francia y Alemania, en Estados Unidos y en Rusia, en España y en Italia, cada país a su manera y circunstancia, pero en todos los casos aplicando el mismo principio: los franceses, como los alemanes o los españoles no nacen, se hacen mediante la educación nacional y patriótica.

Por esto no tiene sentido la contraposición entre Nación cívica y Nación étnica, entre nacionalismo cívico y nacionalismo étnico o cultural, que ha atraído a varios autores en la segunda mitad del siglo XX, probablemente bajo el condicionante del recuerdo del nacionalismo totalitario y racista de los años veinte y treinta del siglo pasado. Todos los estados son nacionalistas y, efectivamente, cabe la posibilidad de producirse un proceso totalitario y racista de anulación del individuo y de su libertad en manos de la supuesta Nación étnica, como único sujeto ético que fundamenta y expresa el Estado. Pero esto es lisa y llanamente la Nación totalitaria, que Mussolini, Hitler, Franco, Bush, Churchill y otros promovieron en el siglo pasado. Otra cosa distinta es que la construcción de la Nación moderna tiene al mismo tiempo dos caras interdependientes: la cara cultural y la cara cívica o política. Una sin la otra es incompleta e insuficiente.

Cuando una comunidad nacional decide separarse de un Estado o se resiste a ser conquistada por un Estado, a pesar de inspirarse en los mismos valores ilustrados y liberales, nace una nueva Nación política. Este «nacimiento» puede legitimarse por la identidad cultural o, simplemente, por la voluntad política de separarse.

Paralelamente, la Nación política cuya base material es la economía liberal tiene una homogeneidad ficticia en la medida que está basada en la división social del trabajo y en la estructura de clases que caracterizan el sistema capitalista. El hecho de la Nación dividida convierte al Estado, desde una concepción hegeliana, en un ente absoluto de cohesión social. La inexcusable homogeneidad del Estado tiene que ser garantizada por encima de las diferencias sociales y culturales que expresan realmente lo que es la sociedad civil. Sería contrario a la propia esencia del Estado moderno aceptar que se traslade la división de la Nación real al mismo seno del Estado nacional: un Estado dividido no es concebible, porque es un «no Estado».

Durante doscientos años el poder del Estado nacional ha sido el objeto del deseo, tanto para los movimientos de liberación nacional frente a los imperios coloniales como para los movimientos revolucionarios cuyo objetivo era la conquista del Estado y la transformación de las relaciones sociales dominantes. En los dos casos el germen del nacionalismo está presente y explota mayormente si se consigue el objetivo de ocupar el poder del Estado. Los partidos nacionalistas, al igual que otras vanguardias nacionales cuyo objetivo es dirigir los procesos revolucionarios, no solamente se presentan como los defensores de los intereses generales sino que se apoderan de la bandera y símbolos nacionales. En este sentido, el nacionalismo impregna a todas las demás ideologías, las integra o rechaza desde la primigenia nacional. En la historia contemporánea la lealtad nacional no sólo es previa y prevalente a otras lealtades, sino que los movimientos e ideologías políticas se han puesto a su servicio, o bien la han utilizado cuando han accedido al gobierno del Estado

El Estado, el nacionalismo y sus fases

El hombre moderno es modular y es nacionalista, ha escrito Gellner. Ya no ocupa un puesto fijo en una sociedad tradicional y jerarquizada. Tanto el hombre como la mujer constituyen «piezas modulares», con su propia libertad y singularidad, pero adaptables y encajables a un «conjunto nacional», e identificados con este último, es decir con la Nación moderna. Entre el individuo modular y la Nación liberal se encuentra una red de instituciones cada vez más compleja, con las que cada uno mantiene unas relaciones fundadas en una libertad de elección y acción.

En la sociedad moderna, según Gellner, una de las características o condiciones más importantes es «la homogeneidad cultural, la capacidad para la comunicación libre de contexto, la estandarización de la expresión y de la comprensión».  Una sociedad civil de individuos libres y anónimos solamente se puede construir desde la coincidencia inicial entre las fuerzas que promueven el liberalismo y el nacionalismo, puesto que la afirmación de la libertad de los individuos frente al absolutismo monárquico implica la necesidad de una referencia institucional que los haga igualmente miembros de una comunidad imaginaria, la Nación.

Esto no obliga a una evolución coincidente entre liberalismo y nacionalismo, pero sí que nacen de la misma modernidad. Es más, el liberalismo económico puede convivir a plena satisfacción de sus intereses con un nacionalismo político respetuoso con las libertades negativas. La democratización del Estado liberal, y especialmente la concepción republicana de la democracia, es la que cuestiona posibles derivaciones del nacionalismo. Gobernar en nombre de la Nación puede ser liberal, pero no es democrático si no se hace mediante elecciones libres, sufragio democrático y libertad de información y opinión. En el justo momento en que una Nación se expresa mediante elecciones democráticas, muestra toda su diversidad y pluralismo, porque toda sociedad es plural y diversa. El nacionalismo, incluido el nacionalismo democrático, tendrá necesidad de promover mediante sus portavoces una lealtad previa o superior a cualquier otra: la lealtad nacional. Esta es compatible, por supuesto, con lealtades de otro tipo, empezando por la lealtad democrática y, asimismo, admite lealtades nacionales compartidas o un nacionalismo multinivel. Así se podrían promover identidades y lealtades nacionales sumables y compatibles, por ejemplo Cataluña-, España y Europa. Pero no es tan fácil asumirlo desde el nacionalismo, incluso es una paradoja para muchos nacionalistas.

En el mundo en transición que se está viviendo, es tan cierto afirmar la utilidad decreciente del concepto autodeterminación como vía de resolución de los conflictos nacionales, como reconocer el hecho de que el principio de autodeterminación continúa siendo la referencia y objetivo de los movimientos nacionales, o bien está en la base de la «defensa» del gobierno interior de los estados nacionales frente a estados más poderosos o ante poderes transnacionales. Vivimos todavía en un mundo político de estados modelados según los principios básicos del Estado moderno, hobbesiano. A partir de estos principios se pueden enumerar cinco fases o zonas horarias del sistema de estados nacionales, que se solapan en el tiempo:

1) Los primeros Estados-nación europeos occidentales como modelos originales del Estado moderno (Portugal, España, Inglaterra, Francia, entre los siglos XVI y XVII).

2) La independencia de los Estados Unidos de América y la constitución de los sucesivos estados nacionales en el continente americano, fruto de la secesión de las colonias americanas de sus respectivas metrópolis europeas y, especialmente, del imperio español (siglos XVIII y XIX).

3) Los nacionalismos europeos tardíos que dieron lugar a nuevos estados nacionales por medio de la unificación (Alemania e Italia), la secesión (Noruega), o bien como resultado de la Primera Guerra Mundial y de la disolución del Imperio austrohúngaro; dentro de esta fase de explosión generalizada del nacionalismo y del principio de autodeterminación de las naciones se incluyen, también, la Commonwealt Nations, como regulación de la creciente liberalización de relaciones entre el Imperio británico y sus dominios (Canadá, Australia, Nueva Zelanda), el nuevo nacionalismo expansionista de Japón y los nuevos nacionalismos europeos occidentales de las llamadas naciones sin Estado (desde Irlanda —que conseguirá finalmente la independencia en 1937 con el litigio pendiente de Irlanda del Norte— hasta los casos de Cataluña, Euskadi, Escocia y otros). Segunda mitad del siglo XIX y primer tercio del siglo XX.

4) La extensión del nacionalismo y de los movimientos nacionalistas a los otros continentes (Asia, África) en el período de entreguerras y su culminación con el surgimiento y constitución de una nueva oleada de estados nacionales independientes (Egipto, 1936; India, 1947; Indonesia, 1949; Argelia, 1962; entre tantos otros), que fruto de la nueva correlación de fuerzas internacional, especialmente después de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, y con la decadencia definitiva de los viejos imperios europeos occidentales, se generalizó el modelo de Estado-nación. El proceso vino normalmente caracterizado por los conflictos violentos frente a la metrópolis imperial y, posteriormente, por la reaparición de la violencia en las divisiones internas dentro del Estado ya independiente. La constitución del nuevo Estado ilegitimo de Israel sobre otro Palestina (1948), es todo un paradigma que identifica una nueva época de múltiples conflictos nacionalistas. Es una época marcada y condicionada por la división del mundo bajo la influencia de las dos potencias imperiales, Estados Unidos y la Unión Soviética.

5) La quinta y última surge como consecuencia del final de la guerra fría y del derrumbamiento del imperio soviético (1989), así como sus efectos sobre el bloque socialista con la eclosión neonacionalista y el surgimiento de más de veinte estados nuevos o restablecidos en el centro y este europeos y en Asia. El mundo cuenta hoy en torno a 200 estados, cifra que contrasta con los 51 estados que constituyeron las Naciones Unidas en 1945. La pregunta que se puede formular es si existe la posibilidad de una sexta oleada nacionalista mirando hacia el futuro, y si tiene sentido la constitución de nuevos estados, basados en las naciones sin Estado, o bien en aquellos movimientos de liberación nacional que persisten en su lucha por la autodeterminación nacional. Es conveniente darse cuenta de que los procesos que han conducido hasta hoy a la extensión del sistema de estados nacionales están estrechamente relacionados con los procesos de descolonización y de crisis de los dominios imperiales y, sobre todo, muy determinados por la correlación de fuerzas y dinámica de la política mundial. En palabras de Anthony Smith, «una línea roja atraviesa la historia del mundo moderno desde la toma de la Bastilla hasta la caída del muro de Berlín. [...] La línea roja tiene un nombre: el nacionalismo, y su historia es el hilo conductor básico que une y divide a los pueblos del mundo moderno». El nacionalismo es una ideología que legitima la existencia y la permanencia del Estado como Nación y que fundamenta, al mismo tiempo, la construcción de naciones que afirman su derecho de autodeterminación. En ambos casos, el nacionalismo se vale de la historia, de la cultura y de la educación como instrumentos de cohesión y de proyección de identidades nacionales; en ambos casos, el nacionalismo se inscribe en procesos históricos y políticos en los que asume, bajo formas distintas, la representación política de un pueblo designado por aquél.

Hechter ha clasificado distintos tipos de nacionalismo o procesos de construcción nacional .mediante la constitución de un Estado propio o la realización nacional de un Estado preexistente. Así distingue entre:

a) el nacionalismo de Estado o la construcción nacional desde el Estado; b) el nacionalismo periférico o el nacionalismo que surge de nacionesculturales que se resisten a la integración-asimilación por parte de otro Estado y se proponen tener un Estado propio; c) el nacionalismo irredento que ocurre cuando se pretende extender los límites del Estado nacional para incorporar territorios cuya población copertenece a la misma identidad nacional; d) el nacionalismo unificador cuando se promueve la construcción y constitución de un Estado nacional único sobre un territorio culturalmente homogéneo pero políticamente dividido.

Es una buena clasificación de tipos ideales aunque con limitaciones. El propio Hechter acepta que esta clasificación no resuelve todos los casos o procesos nacionalistas, como el sionismo, o aquellos movimientos nacionalistas de base religiosa a la búsqueda de la tierra prometida o paraíso nacional, desde la afirmación de un pueblo como unidad de destino. Tampoco, tienen cabida en esta clasificación los procesos de independencia en el continente americano y, posteriormente, en otros continentes, fundados en la autodeterminación política de unas elites nacionalistas, culturalmente formadas y educadas en la cultura y lengua imperiales, pero económica y políticamente interesadas en la independencia y dominio de un Estado nuevo.

Nacionalismo y autodeterminación

De todos modos, sea cual fuere el nacionalismo del que estemos hablando, en todos los casos la autodeterminación nacional es exclusiva y excluyente. En un Estado nacional sólo tiene cabida una autodeterminación. No se considera la posibilidad de ninguna otra en su territorio y, si apareciera, sería vista como una amenaza a la unidad nacional. Soberanía nacional y autodeterminación nacional son conceptos equivalentes, indivisibles e indisolubles dentro de la doctrina nacionalista. Y como no existe una definición objetiva de Nación que sea compatible con todos los nacionalismos y que permita un retrato modigliano del mundo, donde los perfiles nacionales estén perfectamente delimitados sin mezcla ni mancha alguna, está asegurada la aparición de un conflicto nacional en aquel territorio donde más de una Nación, entendida como comunidad política imaginada, pretenda ser soberana. Entramos en un círculo vicioso que no tiene solución. Por un lado, el nacionalismo ha sido motor del modelo de Estado nacional, que la modernidad se ha dado para la organización política de la sociedad industrial. Modelo que se ha extendido a todo el planeta a lo largo de los dos últimos siglos y en sucesivas oleadas nacionalistas. Por otro lado, la constitución y defensa de los estados nacionales impide la realización política de aquellos otros nacionalismos de las naciones sin Estado, cuya autodeterminación está en directa contradicción y oposición con el principio de la soberanía nacional que fundamenta al Estado al cual pertenecen. No deja de ser irónico que un principio que ha sostenido la creación y generalización del modelo de Estado nacional acabe siendo prisionero y víctima de sus éxitos. O dicho de forma más cruel: ¿Cómo se puede negar a otra Nación la autodeterminación, es decir la fuente que da vida a mi Nación? ¿Puede ser el principio o derecho de autodeterminación legítimo para unos e ilegítimo para otros si cumplen ios mismos requisitos?

El Estado nacional y la autodeterminación son conceptos interdependientes, pero parten de un problema irresoluble: el territorio es limitado. Puede haber 100, 200, 400 estados nacionales, incluso más, pero el territorio objeto del deseo es el mismo. Así, Israel y Palestina, como tantos otros ejemplos que se podrían citar, tienen un problema sin solución bajo el paradigma nacionalista si no encuentran la manera de compartir el territorio. El Estado nacional es soberano sobre un territorio delimitado por fronteras y no admite compartirlo con nadie, sino defenderlo frente a otro, sea uno o varios estados nacionales, sea una Nación o naciones dentro del propio Estado. La única autodeterminación que concibe el Estado nacional es la que se corresponde con la población, vinculada territorialmente con y por el ordenamiento jurídico estatal. Y si una parte de esta población se define como Nación y reivindica el derecho de autodeterminación, no le será fácil ejercerlo. Tendrá que confiar en factores que escapan a su control, como una crisis general del sistema político, la caída del imperio con el que estaba vinculada, una guerra internacional o bien el interés de una potencia mundial en apoyar la centrifugación o disolución de un imperio colonial o de un Estado plurinacional. Son factores políticos que pueden influir en crear una correlación de fuerzas favorable al nacimiento de nuevos estados, al acceso a la independencia de las colonias, o incluso a la autodeterminación de una Nación sin Estado. Esto es lo que ha sucedido en el siglo XX , especialmente a partir de las tres fechas clave ya mencionadas anteriormente: 1918,1945,1989. Se puede decir que han sido momentos favorables a la aplicación del principio de autodeterminación y a la constitución de nuevos estados nacionales. Las crisis políticas, junto con la correlación de fuerzas internacional, han provocado la recomposición del mapa europeo o mundial de los estados nacionales y, por lo tanto, se han producido autodeterminaciones como consecuencia de ello. Pero no se debería confundir la autodeterminación de hecho con la autodeterminación de derecho. Se autodetermina quien puede y no quien quiere. Esto no es ningún argumento, por supuesto, para negar la legítima aspiración de las naciones sin Estado a ejercer el derecho democrático a la autodeterminación. Lo único que se afirma es que el Estado nacional es, en este punto, poco o nada democrático. Hay excepciones, pero la regla es un no sin paliativos. Aunque es cierto que mientras permanezca el modelo del Estado nacional no hay razón para negar a toda comunidad nacional el derecho a constituir su propio Estado.

El principio político de la autodeterminación de los pueblos recorre todo el siglo XX, desde el momento que es sostenido por ios intereses confluyentes de Wilson y Lenin ante la Primera Guerra Mundial y frente a los viejos imperios coloniales europeos (E. Hobsbawm, Naciones y nacionalismo desde 1780, Crítica, Barcelona, 1991). Sus precedentes están en la misma Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776 y en el principio de las nacionalidades en el siglo XIX. La Carta de las Naciones Unidas (1945) y los Pactos de Derechos Humanos (1976) hacen de este principio político un derecho reconocido. Así, ei artículo primero de los Pactos establece: «Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación. En virtud de este derecho establecen libremente su condición política y proveen asimismo a su desarrollo económico, social y cultural».

Entonces, ¿cómo se puede romper el círculo vicioso de la autodeterminación? La legitimidad del Estado nacional es resultado de este principio pero la existencia de aquél impide o es obstáculo para que se pueda ejercer igualmente la autodeterminación en parte de «su territorio». El nacionalismo, así como los movimientos y reivindicaciones indígenas, no se pueden entender sin hacer referencia material a esta cuestión clave del territorio. Teniendo en cuenta que el nacionalismo universal es imposible y que la Tierra no es un globo que pueda aumentar su tamaño, ¿qué hacer? Cambiar de paradigma, a partir del hecho de que el Estado nacional es una realidad histórica y, como tal, sujeta a evolución y cambio.


Las Armas de la Crítica

CGT: El confederalismo democrático

Pluralismo nacional y federación, confederación democrática y anarquismo: futuro deseable

El nacionalismo ha construido el hombre moderno y patriota, ciudadano de un Estado nacional, con sus derechos y deberes. Es la ideología más representativa de la modernidad. Todos, pertenecemos a un Estado que nos hace libres e iguales ante la ley. Para Isaiah Berlín, este «todos» incluye 1) la creencia de la necesidad moderna de pertenecer a una Nación; 2) la convicción de que la comunidad nacional es un cuerpo u órgano que relaciona a todos sus miembros; 3) la afirmación de un nosotros nacional o de la Nación como algo nuestro frente a otras naciones; y 4) la primacía de la lealtad nacional. El nacionalismo ha sido una empresa colectiva que ha unido a los nacionales por encima de la división social del trabajo y de la heterogeneidad cultural. El nacionalismo ha creado un dios de la modernidad por el cual vale la pena, incluso,  dar la vida: la Nación.

La virtud del nacionalismo es haber promovido una solidaridad nacional; su defecto es haber ocultado (o instrumentalizado) las divisiones internas de la Nación y haber señalado (o fomentado) la división entre naciones. El nacionalismo no resuelve las contradicciones internas de la Nación y puede explotar y exacerbar las divisiones de intereses y los enfrentamientos entre naciones. El nacionalismo ha sido fuente de liberación nacional y, también, semilla de sistemas totalitarios y bandera de expansión imperialista. El nacionalismo es una ideología moderna con una capacidad movilizadora infinitamente superior a cualquier otra.

Bajo el dios moderno de la Nación se han producido los más salvajes choques violentos de la humanidad, la aniquilación de pueblos enteros, el holocausto y el genocidio. La disyuntiva que se vive en los inicios del siglo XXI plantea dos direcciones contrarias: nacionalismo y viejo orden mundial o (con)federalismo y nuevo gobierno mundial. Los problemas que vive la humanidad exigen respuestas globales a la explosión demográfica, la pobreza, la desigualdad, las migraciones, el cambio climático, el control de la producción y comercio de armas, la exploración del espacio, entre otras cuestiones. Los sistemas políticos ya no son cotos cerrados, sino que son influidos por los procesos transnacionales que inciden en la economía, la cultura, la seguridad, los valores y en la misma organización política. En este sentido, la democracia se ha ido extendiendo como el sistema político que todo Estado tiene o dice tener, aunque los sistemas políticos reconocidos y aceptados como democráticos no llegan en la actualidad a la mitad de los estados nacionales existentes. Este proceso democrático internacional, con todas sus insuficiencias e involuciones, es una esperanza de futuro en paz.

Cada vez resulta menos defendible la resistencia a un orden mundial fundado en el derecho, que obligue a todos los poderes públicos. Un derecho internacional y un gobierno mundial por encima de todos los estados, que sustituya el viejo orden mundial basado en el dominio del más poderoso, en la ley del más fuerte. Podrán pasar años todavía sin que se produzcan avances significativos en esta dirección, incluso pueden reproducirse grandes conflictos internacionales, pero la única salida válida para la paz y la convivencia democráticas es la instauración de un orden mundial fundado en la ley, la razón y la justicia.

Una nueva democratización ha de afrontar la sociedad liberal para desactivar las posibles derivaciones dominantes, agresivas o autoritarias de los nacionalismos. Es el reconocimiento del pluralismo nacional, de la divesidad y heterogeneidad que caracterizan la composición misma de la sociedad. Durante años los estados han pugnado por ser nacionales, ya es hora de que reconozcan y asuman su plurinacionalidad. Esta es la realidad social y cultural de su inmensa mayoría. Es conveniente abrir la definición de Nación, hacerla más flexible, incluso separarla de la supuestamente necesaria (y trágica) equivalencia con el Estado. En la medida en que la sociedad se haga más democrática y libertaria, todos y cada unos de los ciudadadanos sin exclusión, con su diversidad, habrá menos nacionalismo y más confederalismo. Si consiguiéramos el siguiente paso evolutivo a la convivencia anarquista, a través de confederaciones, eliminando jerarquías y luchas internas de ambiciones, acumulación de capitales y poder, lograríamos la ansiada sociedad justa y equitativa que hasta ahora solo es imaginaria, curiosamente, por el capitalismo trasnochado generador de tiranias y desigualdades.

El nacionalismo ha gobernado la época de la construcción nacional y la constitución del sistema de estados nacionales. De ahora hacia delante es exigible una colaboración y solidaridad entre naciones.

El confederalismo puede ser la ideología llamada a suceder al nacionalismo en las sociedades democráticas y plurinacionales, y el confederalismo democratico, el anarquismo confederal internacional el fin de una evolución racional y natural. El nacionalismo liberal y democrático, que afirma la propia identidad y el derecho al autogobierno en 1ª medida que lo reconoce igualmente a los otros, puede expresar la transición entre la época del nacionalismo a un futuro anarquista y multicultural. Desde el nacionalismo liberal y democrático se han defendido soluciones federales para la resolución de conflictos nacionales y, también, la secesión cuando ésta es la vía democráticamente elegida. En el marco de la democracia se pueden adoptar distintas soluciones positivas en la organización territorial de los estados, tanto en sentido interno mediante el reconocimiento del autogobierno, como en sentido externo, por medio de uniones federales  y confederales supraestatales. Como señaló Pii Margall, federar es unir y federación es unión, aunque en España se haya entendido, especialmente por parte de los sectores conservadores, en sentido totalmente contrario.

No obstante, el cambio de paradigma en 1a organización política de la sociedad no se realizará con plenitud hasta que no se superen conceptos todavía vigentes en las constituciones liberales, como soberanía nacional, república indivisible, Estado nacional. Las constituciones federales de Estados Unidos y Suiza, las más antiguas de la historia conteporánea, muestran cómo la soberanía es divisible y cómo se puede construir un estado mayor a partir de la unión federal de varios estados o cuerpos políticos preexistentes. Así lo previo Montesquieu y así lo observó Tocqueville. Las federaciones democráticas actuales son los estados donde, con carácter general, se ha avanzado más en la democracia territorial. Pero esto no es lo mismo que el reconocimiento de la plurinacionalidad y, tampoco, del multiculturalismo. El federalismo contemporáneo no nació para eso. Es más, ha servido y se ha sometido al nacionalismo de Estado y a la cultura nacional dominante.

El federalismo no será una ideología superadora del nacionalismo hasta que no sea promovido como una forma alternativa y republicana de organización territorial de los poderes públicos, basada en la codeterminación entre naciones y la soberanía divisible y compartida. El pacto federal supone la unión libre y recíproca de dos o más de dos, una unión que es compatible con la permanencia y el autogobierno de las partes que firman el pacto federal y se vinculan mediante la constitución escrita. Esta federación, que se funda en la unión en la diversidad, es el marco adecuado para dar salida a la plurinacionalidad y construir el demos, como la comunidad política plurinacional y multicultural de ciudadanos que desean ser libres e iguales. Esto es federalismo pluralista, que no es concebible sin un desarrollo republicano de la democracia, sin una transformación del orden social, orientado hacia la equidad y la libertad reales entre y de la ciudadanía multicultural y plurinacional.

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

Anderson, B., Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, FCE, México, 1993.

Caminal, M., «El federalismo pluralista: democracia, gobierno y territorio», en F. Quesada (ed.), Estado plurinacional y ciudadanía, Biblioteca Nueva, Madrid, 2003, pp. 131-160.

Gellner, E, Naciones y nacionalismo, Alianza, Madrid, 1988.

Guibernau, M., Los nacionalismos, Ariel, Barcelona, 1996.

Hobsbawm, E., Naciones y nacionalismo desde 1780, Crítica, Barcelona, 1991.

Inspirado en los textos de Fernando Quesada de ciudad y ciudadania para filosofia politica en la UNED © Editorial Trotta, S.A., 2008 Ferraz, 55. 28008 Madrid

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