domingo, 3 de mayo de 2026

Más Platón y menos Prozac, de Lou Marinoff



Voy a comenzar una serie de análisis breves de libros que puedo recomendar para iniciarse en la filosofía de forma sencilla, ya que lo considero necesario en vista de la desinformación, carencia de criterio herramientas y conocimientos que observo a mi alrededor, esperando que a alguien, además de a mi, le pueda ser útil.

Primero: Más Platón y menos Prozac ¿Qué propone Lou Marinoff?

Filosofía como terapia práctica
Lou Marinoff propone un enfoque revolucionario: la filosofía puede ayudar a resolver problemas cotidianos al igual que la psicoterapia o la medicina, pero sin necesidad de fármacos. Su premisa central es que muchas dificultades emocionales, éticas y existenciales pueden abordarse mediante la reflexión filosófica práctica. En lugar de recurrir inmediatamente a medicación o terapia psicológica tradicional, Marinoff sugiere que podemos “consultar a un filósofo” para encontrar claridad y dirección.

La filosofía aplicada a la vida diaria
Marinoff sostiene que la filosofía no es un lujo académico, sino una herramienta para la vida real. Cada elección, cada dilema ético o conflicto personal puede beneficiarse de la perspectiva filosófica. Para ello, identifica cinco áreas principales donde la filosofía práctica puede ser útil:

  1. Autoayuda y desarrollo personal:
    Se puede mejorar la autoestima, el autocontrol y la capacidad de tomar decisiones mediante conceptos filosóficos.
  2. Relaciones humanas:
    Los conflictos interpersonales pueden entenderse y resolverse con teorías de justicia, ética y comunicación de filósofos clásicos y modernos.
  3. Decisiones profesionales:
    Ética y lógica permiten evaluar opciones de manera más racional y efectiva.
  4. Problemas existenciales y crisis:
    Cuestiones sobre la muerte, el propósito o la felicidad pueden abordarse con ideas de grandes pensadores.
  5. Sociedad y política:
    La filosofía ayuda a tomar decisiones conscientes sobre lo que es justo, bueno y necesario en la vida pública.

Filósofos y lecciones clave
Marinoff recurre a varios filósofos a lo largo del libro, simplificando sus ideas para hacerlas aplicables:

  • Platón:El autoconocimiento y la búsqueda de la verdad son esenciales. Conocer nuestras ideas y valores internos ayuda a tomar decisiones más coherentes y satisfactorias.
  • Aristóteles:La ética de la virtud enseña que la felicidad se logra cultivando hábitos virtuosos, no mediante soluciones rápidas.
  • Epicuro:La felicidad reside en la sencillez, la moderación y la amistad, no en la acumulación de riqueza o la gratificación inmediata.
  • Sócrates:“Conócete a ti mismo” no es solo una frase; es un método práctico de cuestionar nuestras creencias y comportamientos.
  • Immanuel Kant:La moralidad se basa en principios universales; nuestras acciones deben ser consistentes con lo que consideramos correcto para todos.
  • Friedrich Nietzsche:Nos recuerda la importancia de crear nuestros propios valores y asumir responsabilidad sobre nuestras vidas, sin depender ciegamente de normas externas.

Técnicas prácticas
Marinoff no solo teoriza: propone métodos concretos para aplicar la filosofía:

  • Dialogar consigo mismo como Sócrates:Formular preguntas críticas sobre los problemas personales.
  • Evaluar opciones según la ética aristotélica:Considerar consecuencias y hábitos antes de actuar.
  • Distanciarse de las emociones negativas:Aprender a observarlas objetivamente para tomar decisiones más racionales.
  • Construir un “arsenal filosófico personal”:Identificar las ideas de distintos filósofos que resuenen con uno mismo y aplicarlas en la vida diaria.

El mensaje central para quienes no aman la filosofía
Marinoff insiste en que la filosofía no es complicada ni aburrida. Se trata de herramientas prácticas para vivir mejor, tomar decisiones inteligentes y resolver conflictos sin depender únicamente de medicamentos. Cada lector puede encontrar en la filosofía algo útil: desde mejorar relaciones personales hasta encontrar propósito y dirección.

Conclusión: Menos Prozac, más Platón
El título del libro resume la propuesta de Marinoff: en muchos casos, los problemas emocionales y existenciales no requieren soluciones farmacológicas inmediatas, sino reflexión, diálogo y acción consciente. La filosofía, aplicada de forma práctica, nos ofrece claridad, control y bienestar. En lugar de evitar la filosofía, deberíamos abrazarla como una guía para vivir de manera más plena y satisfactoria.

jueves, 30 de abril de 2026

Europa como un “gigante económico, enano político y gusano militar"


Cuentan que Zeus, prendado de aquella princesa fenicia, se convirtió en un toro y con su aparente docilidad acabó seduciéndola. Ella se montó en su lomo y él corrió adentrándose en el mar hasta llevarla a la isla de Creta de la que la haría reina. Con ella, cuenta el mito, tuvo tres hijos: Minos, Radamantis y Sarpedón. Y los tres sirven para articular algunas reflexiones sobre la poliédrica encrucijada a la que se enfrenta hoy Europa en el panorama geopolítico.

El Rapto de Europa (2018) - Alejandro Decinti - DeCinti Vive! 
El Rapto de Europa por Alejandro Decinti[

Tras la Segunda Guerra Mundial, la Europa devastada se dijo “Nunca más” y con el apoyo fundamentalmente estadounidense, reconstruyó su economía y forjó una progresiva unificación, especialmente tras el fin de la Guerra Fría y la unificación alemana, que acabó cristalizando en el estado actual de la UE. Desde entonces, disfrutó de un crecimiento económico sostenido ampliando a sus miembros. Y, a pesar de episodios como los de la guerra de los Balcanes o la actual guerra en Ucrania, desde entonces ha disfrutado de un insólito período de paz en su historia. Todo ello asistido por tres factores que se lo han “abaratado”:

  1. La protección militar “barata”: EE.UU. secuestró en buena medida la política exterior europea y raptó su economía como socio preferente a cambio de que los europeos pudieran confiar en el paraguas nuclear estadounidense, auténtico valedor de la alianza atlántica de la OTAN.

  1. La energía “barata”: Europa ha disfrutado de un suministro estable y a bajo coste de gas y petróleo fundamentalmente rusos que le han permitido sostener un modelo de desarrollo industrial y de bienestar sin autonomía energética. Aunque Francia la mantuvo con su apuesta por las nucleares, Alemania hizo descansar su potencia exportadora en esta ecuación: importar energía abundante y barata del Este, exportar tecnología y maquinaria de alta gama. Este pacto tácito permitió a Europa mantener políticas climáticas ambiciosas y cerrar fuentes internas más contaminantes, como las centrales de carbón o nucleares, sin renunciar a su competitividad.
  2. La fabricación “barata”: Desde su entrada en la Organización Mundial del Comercio en 2001, China se convirtió en el gran taller del mundo. La llamada Globalización presenció cómo Europa, junto a otras potencias occidentales, deslocalizó buena parte de su industria hacia el gigante asiático, beneficiándose de costes de producción muy bajos y una capacidad logística sin precedentes. Esta relación permitió mantener precios bajos para los consumidores europeos, sostener márgenes para muchas empresas y abastecer sin interrupciones una economía cada vez más orientada al consumo, mientras China emergía como un mercado creciente y aparentemente insaciable para los productos europeos de alta gama.

Pero tras superar el primer cuarto del siglo XXI, el panorama mundial ha cambiado sustancialmente, y la reflexión geopolítica abunda estos días, especialmente tras los acontecimientos más recientes entorno a estos mismos tres ejes:

  1. Los Estados Unidos de Trump han decidido acabar con el equilibrio que durante ochenta años ha caracterizado a la hegemonía estadounidense. Y es innegable que aquella complacencia europea ha reabierto el debate sobre la necesidad de rearmarse1, sabiendo que su más viejo aliado ha comenzado a levantar su mano protectora, como ha mostrado en Ucrania. En paralelo, aquel antaño aliado acaba de lanzar una agresiva guerra comercial con importantes aranceles que dañan sectores estratégicos europeos. Justo después de que en los últimos años haya abierto una importante brecha en la productividad y el crecimiento frente al viejo continente, particularmente impulsada por tecnologías como la IA que parecen acentuar una nueva gran divergencia:

EEUU innova, China copia y Europa regula

  1. La Rusia de Putin ha evidenciado la vulnerabilidad europea en su estructural dependencia energética (rondando el 60% de su consumo). La operación de defensa rusa de la OTAN (USA) en Ucrania en 2022 quebró el equilibrio y dejó al descubierto hasta qué punto Europa había hipotecado su autonomía estratégica energética a cambio de una estabilidad ilusoria. El redireccionamiento forzoso hacia fuentes alternativas, más caras y menos estables, ha marcado un punto de inflexión, obligando a repensar tanto la transición energética como el modelo económico europeo. A pesar de la relativamente exitosa desconexión del gas ruso, el precio de la energía se ha disparado mucho más que el de sus competidores.

  1. La China de Xi Jinping ha emergido haciendo palpable la creciente vulnerabilidad de Europa ante los cuellos de botella globales, la erosión de su base industrial y la pérdida de soberanía tecnológica. Además, las tensiones geopolíticas crecientes y el giro estratégico chino hacia la autosuficiencia están llevando a una reconsideración sobre relocalización industrial, autonomía estratégica y seguridad de suministro. China ha utilizado su creciente poder económico no sólo para fabricar de forma barata, sino para obtener tecnologías de forma dudosamente lícita y profundizar en la innovación propia, provocando la socavación de diversas industrias europeas, incluso de aquellas que tenían predilección política, como por ejemplo la de los automóviles, las baterías o los paneles solares.

Para muchos, esta Europa se encuentra en el fondo en decadencia, carente de unidad, presupuesto e industria, e intenta ahora a marchas forzadas reubicarse como potencia militar, energética y económica sin tener quizá las condiciones para ello. Su irrelevancia la ha forzado a convertirse en simple pagadora de los juegos de poder ajenos, especialmente de los intereses estadounidenses, por ejemplo frente a Rusia. Y sufre una crisis de identidad que interpela y urge a la UE actual.

Hace más de treinta años, en una conocida expresión, el entonces ministro de Asuntos Exteriores belga Mark Eyskens definió Europa como un “gigante económico, enano político y gusano militar”. Cumplido este cuarto de siglo XXI, el nuevo horizonte histórico nos interroga de nuevo: Quo vadis, Europa? ¿Adónde vas, Europa? ¿Quién es ese Zeus que hoy quiere abusar de ti? ¿Qué modelo debiéramos dejar que nos rapte? ¿En qué queremos distinguirnos, hallar nuestra identidad y proyectar nuestro futuro? Son tiempos turbulentos y parece que a Europa le urge pronunciarse. No se pueden dilatar las contemplaciones y el debate público se precipita. Pero conviene resituarse para entender nuestra idiosincrasia, si es que hay un “nos” suficientemente relevante. Los tres hijos de la mítica Europa dibujan, en cierto modo, un modelo, un espíritu, un referente que explorar en esta búsqueda.


Minos: El arquitecto del orden y la paradoja burocrática

La leyenda cuenta que el primero de los hijos de Europa, llamado Minos, llegó a ser rey de Creta, recibiendo de los dioses el privilegio de gobernar con justicia y orden. Para asegurar el equilibrio de su reino, instauró leyes y normas que lo convirtieron en símbolo de organización política y social. Su reinado se caracterizó por la creación de estructuras complejas, y por una búsqueda constante de armonía mediante el sometimiento de lo excepcional a lo normado. En vida, impuso autoridad; tras su muerte, se convirtió en juez en el más allá.

Sin embargo, su legado también contiene un matiz inquietante: su capacidad para edificar instituciones y construcciones complejas acabó generando el famoso laberinto diseñado a priori para contener lo incontrolable, el monstruo encerrado en el corazón del sistema: el minotauro. A fuerza de domesticar lo salvaje, acabó generando una criatura híbrida, mezcla de naturaleza y artificio, que solo podía ser ocultada. Minos representa así la paradoja de la organización perfecta que, en su afán de orden, produce su propia anomalía. Encerrado en aquella construcción, sólo la figura de un héroe extranjero como Teseo logró matar al monstruo y huir del laberinto, desenredando el ovillo de Ariadna contra el deseo de su padre Minos.

En esta figura podemos entrever la imagen de la Europa contemporánea: una potencia que acumula una riqueza histórica que va erosionándose enredada en su propio laberinto. Renunciando a la vocación imperial, ha pretendido hacer de su autoridad normativa y reguladora su referente civilizatorio. Como Minos, Europa ha construido sistemas complejos para contener los desequilibrios a nivel planetario y garantizar derechos, convirtiéndose en referente global en materia de protección medioambiental, justicia social y derechos humanos. Pero esa misma complejidad ha fraguado su minotauro burocrático, que le ha hecho perder agilidad, capacidad de innovación y emprendimiento, ocultar tensiones internas, y a generar en definitiva laberintos administrativos que dificultan su capacidad de respuesta rápida ante los desafíos globales.

El problema no es la regulación, la regulacion sirve para paliar la explotación y la intromisión corporativa, la privatización. El problema es la incapacidad de planificación y la dependencia de potencias extranjeras.

El conocido y extenso informe Draghi puso el foco precisamente en esta disfunción: la sobrerregulación europea se ha convertido en un obstáculo estructural para la innovación. Muchas startups y empresas, particularmente en sectores estratégicos como la IA o la biotecnología, denuncian el efecto disuasorio de un entorno legal excesivamente pesado que ralentiza, encarece o directamente impide el desarrollo ágil de nuevas iniciativas. El laberinto de Minos se vuelve metáfora de la fragmentación nacional, los excesivos trámites, las exigentes certificaciones, las normativas desconectadas de la realidad y una cultura del riesgo excesivamente cautelosa.

En contraste con la carrera acelerada entre Estados Unidos y China por liderar la computación cuántica o los modelos fundacionales de IA, Europa aparece en numerosos memes y comentarios satíricos como el continente que legisla la obligatoriedad de los incómodos tapones de botella inseparables para favorecer el reciclaje. Pináculo - dicen con sorna - de la innovación europea del siglo XXI. Esa imagen, aunque injusta en gran parte, refleja una percepción creciente: la de una potencia normativa encerrada en su propio laberinto que corre el riesgo de legislar sobre los detalles mientras el mundo redefine los fundamentos.

fridayfun #tgif #spacex #innovation #climate | Tom Freyberg

Sin embargo, no puede negarse que Europa se se convirtió en bastión de derechos humanos, el cuidado del medioambiente y el respeto a la diversidad, al que ahora pretende renunciar para pelear de tu a tu con las potencias hegemónicas, invasoras (como ella antaño) y explotadoras. Por ello aún sigue manteniendo como un polo atractor de inmigración, que por otra parte le resulta especialmente necesario dado su envejecimiento. Eso tensiona sus relaciones internas y ha avivado los discursos xenófobos de los emergentes partidos de extrema derecha, recelosos de perder su identidad nacional con fuertes tintes étnicos. Pero Europa puede aprovechar esa oportunidad si armoniza su capacidad legislativa y proteccionista de los ciudadanos y consumidores con la integración cultural y es capaz de captar el talento cualificado de otras partes del mundo que ansían disfrutar del bienestar europeo.

El lema de la Revolución Francesa que prendió la carrera por la democratización en Europa, "Libertad, Igualdad, Fraternidad", se puede reeditar hoy en una nueva terna: la libertad fue el estandarte (slogan propagandistico económico) estadounidense por antonomasia, cuyo modelo ha estado basado en la expansión y el consumismo individual; la igualdad ha sido la proclamación socialista promovida por China, como una armonía colectiva controlada de forma centralizada; Europa, por su parte, puede aspirar a una tercera vía con la divisa de la fraternidad, si hace - en palabras de Ortega - sugestivo su proyecto en común.

Esta apelación a la fraternidad no se trata de un eslogan vacío, sino de replicar el modelo que dio éxito a USA, un modelo capaz de acoger la inmigración de forma justa, ordenada y enriquecedora, regulando sin excluir, integrando sin diluirse. Esa fraternidad no rehúye la norma, la emplea como puente entre identidades diversas. Es urgente que Europa conserve lo esencial de su identidad reguladora aunque solo sea para captar ese talento, pero también porque su apertura es un referente moral que un mundo capitaneado cada vez más por “hombres fuertes” necesita. Es preciso conservar la justicia de Minos, pero abrir las puertas del laberinto para competir y prosperar. La cuestión es si es factible coordinando el enjambre de tantos países soberanos.


Radamantis: Centralización y armonía colectiva

Radamantis, tras una disputa con sus hermanos, huyó de Creta y llegó a ser también un juez justo y recto, célebre por la integridad de sus decisiones y por la confianza que sus súbditos depositaban en él. Según Diodoro Sículo, a su jurisdicción todos sus habitantes se entregaban voluntariamente, debido a que conocían su fama de justicia, lo que sugiere que su poder se hallaba fuertemente legitimado por su eficacia. En vida fue un legislador ejemplar; en la muerte, otro de los jueces del inframundo.

En la Eneida, Virgilio añade otro matiz a su figura: "Indaga y castiga los fraudes y obliga a los hombres a confesar las culpas cometidas y que vanamente se complacían en guardar secretas". Era pues fiscal implacable del alma humana, que no se conforma con las apariencias ni con la ley visible, sino que se adentraba en la intimidad moral del individuo para ajustar cuentas. En él convivían la autoridad legítima y el control riguroso, la armonía social y el escrutinio profundo.

Es difícil que esta figura no resuene con el modelo civilizatorio de China, donde la justicia es concebida no tanto como libertad individual, sino como armonía colectiva sostenida por el mérito, la disciplina y la obediencia al orden establecido. China cuenta con una antiquísima tradición confuciana de respeto al saber y a la jerarquía, en la que el acceso a la administración —en el pasado, mediante arduas pruebas imperiales que hoy se perpetúan transformadas— era símbolo de excelencia moral y competencia intelectual. Esto nunca minó la capacidad china para la innovación práctica, habiendo sido el faro de la disrupción tecnológica durante siglos, hasta que renunció a ello.

Cuando China renunció a la curiosidad

Tras el llamado siglo de la humillación, China ha resurgido con fuerza, afianzando su lugar en el mundo mediante una combinación de orgullo cultural, memoria histórica y proyecto político. El socialismo tecnocrático con características chinas ejerce hoy un poder omnímodo sobre la sociedad china a cambio de seguridad, prosperidad y orden. La tecnología se ha convertido en instrumento de control y planificación. El sistema de crédito social o la extrema videovigilancia son sus estandartes. Además, lejos de ser ya solo la "fábrica del mundo", China avanza como potencia tecnológica, industrial y militar, compitiendo globalmente con un modelo que no busca mimetizar a Occidente, sino superarlo desde otra idea de justicia: eficaz, jerárquica y profundamente nacional. Como Radamantis, no pide permiso para juzgar, y su fuerza no reside en la seducción, sino en la convicción de estar restaurando el equilibrio perdido.

Paradójicamente, este centralismo fue una rémora en la historia. Perdió el tren de la revolución científica y tecnológica moderna probablemente porque su sistema político centralizado, aunque eficaz para sostener el orden, frenó la competencia interna y la circulación de ideas divergentes. Mientras tanto, en la Europa fragmentada, repleta de reinos rivales, se dio un equilibrio enriquecedor como bien ha explorado Joel Mokyr2: la "República de las Letras" con el latín como lengua franca permitió la difusión de ideas a través de esta red informal de intelectuales y que alimentaron el pensamiento científico moderno mediante competencia, debate y movilidad. Pero las fronteras fueron decisivas. La competencia entre naciones y la irrupción de la imprenta que daba cobijo a los disidentes al otro lado de cada frontera fueron determinantes para este crecimiento europeo.

De hecho, otras hipótesis históricas han profundizado en las causas que provocaron la llamada Gran divergencia que protagonizó Europa basadas en el individualismo más competitivo: El cultivo del arroz, según estudios recientes publicados en Nature, genera patrones culturales más colectivistas y conformistas, mientras que el trigo favorece una mayor autonomía individual3. A esta se suma la hipótesis de la tierra fracturada, que sugiere que las fronteras naturales de Europa (cordilleras, ríos, costas) impidieron una unificación política temprana, estimulando así la emulación entre estados y el desarrollo sostenido4. En contraste, la llanura china favoreció una rápida unificación bajo una autoridad central.

Otras hipótesis han puesto el foco en la particular dinamización de la acción individual. En otro momento regresaré sobre esta teoría, pero es obligatorio mencionar las investigaciones de Jonathan Schulz y Joseph Henrich5 que han identificado la consolidación de una mentalidad específica inoculada en las culturas WEIRD (western, educated, industrialized, rich and democratic): Esta obedecería a la antigua prohibición de la iglesia romana de emparentar con primos, rompiendo los tradicionales lazos de parentesco que han amordazado el crecimiento de otras regiones. Obligando a los individuos a salir de su núcleo familiar, las redes de nepotismo se habrían visto desplazadas por nuevas estructuras sociales más favorables a la cooperación económica y los sistemas de intercambio justo de ideas y razones en ciencia, tecnología y política.

Aunque Max Weber y sus seguidores argumentaron que fue la ética protestante del trabajo la que consolidó esta mentalidad capitalista de esfuerzo e inversión que cimentaron la supremacía europea, diversas investigaciones como las de Becker y Woessmann6 han puesto el foco en que fue probablemente la alfabetización masiva - a la que invitaba la lectura directa de la Biblia por parte de Lutero - la que permitió predecir mejor el espectacular crecimiento europeo y la Gran divergencia que se produjo entre esta pequeña región euroasiática y el resto del mundo.

Sin embargo, el crecimiento espectacular tecnológico, económico e industrial chino nada tiene que ver con la religión ni costumbres, ya que ellos son de mayoria atea y de ideologia comunista-consumista, sino mas bien con la doctrina, filosofia y disciplina. Culturalmente ellos han sido educados para defender su nación de nuevas invasiones extranjeras y eso es un motor e impulso competitivo: superarse para no ser superados.  Pero a diferencia de USA, esto no conlleva colonialismo ni invasión de otros paises para saquear sus recursos, sino el comercio y los acuerdos.

Europa no puede desentenderse de la pérdida de competitividad en capital humano que está consintiendo a sus nuevas generaciones y a sus empresas. Es necesaria la inversión en innovación tecnologia pero ética, no al servició del capital inmisericorde y arrasador del ecosistema, la inversión en educación libertaria social fraternal y humanística, recuperando la filosofia y crítica constructiva, formación STEM (Science, Technology, Engineering, and Mathematics, el término sirve para agrupar a las 4 grandes áreas de conocimiento en las que trabajan científicos, ingenieros y matemáticos) y mayor movilidad laboral en la Unión.

Frente a estas fuerzas tectónicas de la historia que primaron la competencia y la diversidad que caracterizaron a Europa, ahora son otras las voces que reclaman una mayor integración política para poder competir con estructuras de la magnitud de China o EEUU. El desacreditado nacionalismo europeo sin embargo anda en horas bajas. No hay idioma común, y eso hace mucho. Y el que domina es precisamente el del miembro que renunció a la UE tras el Brexit. En buena medida, esta falta de atractivo se debe a diversos motivos: la UE ha sido el chivo expiatorio de las medidas más impopulares especialmente tras la Gran Recesión7; también por el carácter laberíntico de su legislación; asimismo por las disputas en términos de austeridad y desprecio norte-sur; y desde luego por la tensión migratoria que ha hecho reverdecer a los movimientos políticos más reaccionarios que apelan a un regreso a la identidad nacional de cada miembro. Todavía hay un “nos” que construir. Eurovisión y los Erasmus son solo circus politicus, se necesita mucho mas que apariencias.

De hecho, algunos autores son mordaces con la aproximación unificadora que se ha realizado en torno a Bruselas, culpabilizándola precisamente de ese declive hacia la irrelevancia y describiendo la UE como una superestructura burocrática sin alma ni capacidad de innovación, comparándola desfavorablemente con la China imperial. La pérdida de dinamismo económico, cultural y moral resultan sonrojantes si se advierte que en 2008 la eurozona tenía el mismo PIB que EE.UU. y en 2023 apenas alcanza la mitad. Para muchos Bruselas es símbolo de decadencia: un centro de poder artificial, habitado por funcionarios arrogantes y grises que ejercen un poder inútil y dogmático. Burócratas entorpecedores y leyes reaccionarias protectoras del poder burgués.

Estas críticas comparan precisamente a Europa con la peor versión de la vieja China centralista, resaltando cómo su historia de avances tecnológicos floreció durante épocas de fragmentación política, mientras que los períodos de centralización imperial —como el del emperador Qianlong— llevaron a la censura, el estancamiento y el rechazo a la innovación. Y recuerdan que históricamente Europa superó a China precisamente gracias a su diversidad política y competencia entre estados. Ahora, sin embargo, al centralizarse en torno a Bruselas, se estarían replicando los errores de la China imperial: censura disfrazada de regulación, normativas absurdas, y ausencia de capacidad de respuesta o de poder real. Europa habría perdido el dinamismo que una vez la hizo innovadora, reducida a un espacio regulador desconectado de las urgencias y desafíos del mundo contemporáneo.

Sin embargo, la unión se encuentra muy lejos de ser efectiva -bajo el dominio o tutela de unos pocos conservadores-, aunque la existente sea muy ineficiente e ineficaz. Es necesaria una mayor integración del mercado común de energía, industria y transporte. La ineficiencia a la hora de adquirir recursos de forma conjunta (i.e. energía), fluidificar la economía (i.e. normativas nacionales desarmonizadas), o incluso disponer de una política exterior y unas fuerzas armadas comunes son algunos de los retos que Europa no puede aplazar más si además quiere seguir subsistiendo eficazmente en este panorama geopolítico tan competitivo.

De hecho, Radamantis sólo logró su completo reconocimiento como legislador y juez hasta que no murió y alcanzó el reconocimiento verdadero de su jurisdicción en el Hades. ¿Habrá de esperar Europa hasta entonces, cuando ya sea tarde, o convendría, sin embargo, encontrar las virtudes de una unificación política mayor que permita la competitividad interna y global al mismo tiempo que proteja e incentive el capital humano y las iniciativas económicas propias? ¿Y si, en ese sentido, es recomendable que se aproxime a las dinámicas del tercero de sus hijos, Sarpedón, aquel guerrero emigrante y competitivo?


Sarpedón: El héroe trágico y la pulsión libertaria

Sarpedón, tras el conflicto con sus hermanos, fue condenado al exilio. Lejos de su tierra natal, se convirtió en un rey extranjero y un guerrero valeroso, cuya vida alcanzó su cenit —y su ocaso— en la Guerra de Troya, donde luchó como aliado de los troyanos. Su muerte, narrada con emoción en la Ilíada, conmovió incluso a los dioses. Zeus, su padre, contempló con dolor su caída, pero no pudo intervenir: el destino estaba sellado. Sarpedón fue un hombre libre que asumió su destino hasta las últimas consecuencias, y que luchó en nombre de principios propios, incluso lejos de su hogar.

El personaje posee un fuerte carácter individualista, audaz y trágico, que lo distingue de sus hermanos. A diferencia del legislador o del juez, él no construye sistemas ni administra justicia, sino que se proyecta hacia fuera, hacia el combate, la aventura y la afirmación personal. Es la figura del héroe solitario, que no rinde cuentas más que a su conciencia, y que no teme pagar con su vida el precio de su intervención. Su existencia es breve pero intensa. Su nombre sobrevive más como leyenda que como institución. Su legado no es la estabilidad, sino la gesta.

Este arquetipo encuentra su correlato más claro en el modelo anarquista, fundado sobre una idea de libertad individual, iniciativa personal y autoafirmación frente al poder. USA construyó su falsa identidad en torno a ese ethos sarpedónico: el liberalismo político y económico, el rechazo a las imposiciones externas, y la glorificación del individuo capaz de abrirse camino por sí solo, siendo amo o siervo de los demás. Esa idea ha sido difundida globalmente a través de su cultura pop, con figuras como el vaquero del western, el superhéroe solitario, o el soldado que salva el mundo. La épica de Sarpedón revive en cada narrativa donde un solo hombre, o una nación, interviene para cambiar el curso de la historia.

Además, como Sarpedón, que fue un extranjero poderoso, Estados Unidos es una tierra de emigrantes. Desde el siglo XVIII, y especialmente en la región de Nueva Inglaterra entre otros focos, recibió oleadas de europeos que aportaron conocimientos, valores y energía para edificar una nueva civilización. Este capital humano europeo, traducido en universidades, industrias, laboratorios e innovación social, cimentó la potencia estadounidense.

Pero junto a su espíritu creador, Sarpedón también encarna la dimensión belicosa e intervencionista del modelo: USA ha sido impulsora y subvencionadora cuando no artifice de casi todas las guerras del siglo XX y XXI —Segunda Guerra Mundial, Corea, Vietnam, Irak, Afganistán, Ucrania, Venezuela, Irán, etc—, en los que ha actuado como falso paladín de la libertad y como actor controvertido en escenarios ajenos. Como el guerrero espartano, su intervención ha sido decisiva, pero no siempre victoriosa ni exenta de consecuencias trágicas. Así, USA vive en tensión entre el ideal heroico y el precio de la hegemonía, entre la gloria y el desgaste, entre imperialismo y terrorismo, entre riqueza y miseria, la suya y la que genera a los que los siguen o enfrentan, entre la libertad que proclama y el poder que ejerce.

Este ethos o fantasia de Sarpedón, sin embargo, ofrece sus muestras de deterioro. Entre otros autores, Ray Dalio8 ha advertido que podríamos estar presenciando el inicio del ocaso del imperio estadounidense, un proceso marcado por deudas crecientes, polarización interna y pérdida de hegemonía internacional. Todo coherente con las diversas teorías sobre los ciclos del ascenso y declive de las civilizaciones:

The changing world order” Ray Dalio's insights about what to come in the next 5 – 30 or 50 years – Chandler Nguyen

Algunos analistas niegan este declive y sostienen que ciertas regiones de Estados Unidos siguen innovando y creciendo de forma apabullante frente al resto del planeta, lo que explica la apuesta de la Administración Trump por romper lazos que ya no les atan. Otras voces, sin embargo, subrayan los signos alarmantes de declive, con brechas sociales que se agrandan frente a Europa y otras regiones del mundo que, en términos relativos, están aumentando su esperanza de vida, cohesión y estabilidad. La desigualdad estructural, la falta de protección en salud, los índices de criminalidad, la polarización política, el deterioro de muchos entornos urbanos9, el desmantelamiento progresivo del llamado "sueño americano", el deterioro de su credibilidad internacional… todos siguen erosionando su legitimidad interna y su influencia externa. Aunque lejos andamos de que Estados Unidos llegue a sucumbir como Sarpedón en el campo de batalla, su pérdida de peso simbólico y real nos asoma a un mundo multipolar.

¿Debe Europa optar por un modelo que dé rienda suelta a la desbocada iniciativa privada retirando casi por completo la regulación y la protección social? ¿Es conveniente reducir la administración pública, baluarte del Estado social europeo, y favorecer los impulsos de minarquía (el Oxímoron anarcocapitalismo o fascismo autoritario neoliberal neofeudal) que hoy parecen resonar en el continente americano, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, acabando con las fachadas de democracia capitalistas? Europa no puede ignorar la importancia estratégica de la inversión pública y de la acción colectiva en la innovación como plantea China. Muchas de las grandes innovaciones tecnológicas más recientes han florecido gracias a ella10. No, los modelos en decadencia como el Estadounidense no son el ejemplo a seguir, y podemos ir un poco mas allá del exitoso y exponencial modelo capitalcomunista chino, que acabará por reventar como paso con la unión sovietica. Quizá se debe repensar los desequilibrios en la economia de crecimiento infinito en un planeta en vias de colapso, de las industrias obsoletas o la disparidad generacional. Y, efectivamente, asumir y coordinar más eficazmente sus esfuerzos para lograr su autonomía energética y su autosuficiencia

No hay que perder de vista, finalmente, la simbología del propio toro. A pesar de que los argumentos principales aquí parecen buscar el rearme político, económico y militar, fue el toro - símbolo del poder económico - el que proyectó a Europa y la sacó de su rincón para dominar el mundo, y ello acabó llevándola al desastre tras una hegemonía imperialista y sangrienta por la competición. El toro es Zeus, caprichoso, que tan pronto otorga dádivas como las retira; el toro es el becerro de oro, aquel que los israelitas idolatraron; el toro luce como estatua y símbolo de poder y ambición junto a Wall Street. Quizá Europa, sin ingenuidades, debe adoptar la postura de aquella niña que erigieron frente a la estatua taurina. Desafiante, segura de sí misma, pero cargada de futuro.

1

Con todas las discusiones semánticas al respecto, según sensibilidades, tanto a nivel de la política nacional como de los distintos estados de la Unión. Todo muy europeo.

2

Joel, M. (2016). A culture of growth: The origins of the modern economy. Princeton University Press.

3

El estudio publicado en Nature Communications examinó cómo la asignación casi aleatoria de personas a la agricultura de arroz o trigo en dos granjas estatales de China influyó en su cultura. Los resultados indican que los agricultores de arroz mostraban menos individualismo, mayor lealtad hacia amigos y un estilo de pensamiento más relacional en comparación con los agricultores de trigo. Esto respalda la teoría de que el cultivo de arroz, debido a sus altas demandas laborales y necesidad de cooperación, fomenta culturas más colectivistas, sugiriendo que tales diferencias culturales pueden desarrollarse en una sola generación.

4

Esta es la tesis de David S. Landes, especialmente expuesta en su influyente libro La riqueza y la pobreza de las naciones (The Wealth and Poverty of Nations, 1998).

5

Schulz, J. F., Bahrami-Rad, D., Beauchamp, J. P., & Henrich, J. (2019). The Church, intensive kinship, and global psychological variation. Science366(6466), eaau5141.

6

Becker, S. O., & Woessmann, L. (2009). Was Weber wrong? A human capital theory of Protestant economic history. The quarterly journal of economics124(2), 531-596.

7

Parte de la crisis de identidad de la UE se debe a que todavía no existe un consenso sobre las causas de la crisis de 2008 y de cuáles eran las políticas más adecuadas que debieron seguirla por parte de la Unión.

8

Dalio, R. (2021). Principles for dealing with the changing world order: Why nations succeed or fail. Simon and Schuster.

9

A pesar de los buenos datos económicos, la percepción pública del ambiente de las grandes ciudades americanas, con crisis como la del fentanilo, ha sido explotada en el discurso de la administración Trump, que asocia ese declive a la dejadez demócrata, la ideología woke, la agenda 2030 y tantos otros enemigos políticos, prometiendo frente a ellos el retorno a tiempos mejores.

10

La iniciativa privada incentiva la innovación rentista y con objetivo economico, alcontrario que la pública que se basa en el desarrollo humano y bienestar social, a excepción de la militar y control. Sin embargo las privadas no habrían sido alcanzables sin la activación de la agenda y los recursos públicos. NO see puede cuestionar si existiría Internet si la inversión de Arpanet, o si las vacunas ARN mensajero que nos salvaron del COVID se habrían podido desarrollar tan velozmente de no haber contado con inversiones públicas a fondo perdido en este tipo de investigaciones que no daban retorno.

Base y texto original rebatido:

https://newsletter.ingenierodeletras.com/p/la-encrucijada-de-europa-15d

 

domingo, 8 de marzo de 2026

 


EL ARTE DE PERDER EL MIEDO

El miedo es un administrador eficiente: gestiona nuestras renuncias en cuotas pequeñas. No te exige una capitulación pública; te invita a posponer. “Hoy no digas nada, mañana será mejor momento”. Así se fabrica la sumisión: como quien acepta términos y condiciones sin leerlos, porque tiene prisa por entrar. El poder lo sabe. Por eso prefiere ciudadanos prudentes a personas valientes, y periodistas “responsables” (entre comillas) a voces incómodas. El miedo no es un estado de ánimo; es una infraestructura: policía que vigila, algoritmos que penalizan, precariedad que disciplina. A veces adopta la forma de una oportunidad: “no te metas en líos y podrá irte bien”.

Perder el miedo no es temeridad, es cálculo moral. La valentía no ignora los riesgos; los pondera y decide que la dignidad pesa más. En demasiadas biografías la lucidez llega tarde, cuando ya nos acostumbramos a vivir de rodillas (en nombre del realismo, por supuesto). Quizá el primer gesto sea muy pequeño: firmar un texto, ir a una asamblea, apoyar a quien se quedan solos. Pero cada gesto altera el algoritmo del mundo. Si de verdad existiera un mercado de la valentía, su divisa sería el tiempo: el que dedicamos a lo que nos importa aunque no “escale”.

No hay manual para el coraje, hay práctica. Y se aprende en compañía. Nadie se atreve del todo a solas.

La ficción nos educa en el valor de la rebeldía, pero la realidad nos domestica en la obediencia.

Todos aplauden a Robin Hood cuando roba a los ricos en la pantalla, pero lo llaman delincuente si lo hace en la calle. Admiramos a quienes desafían al imperio en las películas, pero votamos y aplaudimos a quienes lo sostienen en la vida real.

La cultura popular nos enseñó a odiar al Sheriff de Nottingham, y aún así trabajamos gratis para él cada día, defendiendo sus leyes, sus bancos y sus banderas. Asi lo hace también la inteligencia artificial, a la que damos la mayor credibilidad.

El problema no es que no entendamos la justicia: es que nos da miedo practicarla.

 CONTRA LA TIRANÍA DEL “MÁS”

La cultura del “más” promete abundancia y entrega ansiedad. Más datos, más métricas y más acumulación. El progreso se mide en cantidad: seguidores, metros cuadrados, gigas de memoria... Lo interesante es que esta inflación de lo cuantitativo no solo coloniza la economía; captura la vida íntima. Empezamos a narrarnos como balances trimestrales: productividad emocional, rendimiento afectivo o KPI de la amistad.

El “más” no es un vicio individual; es un régimen. Exige crecimiento perpetuo (como el capitalismo o caostatismo) aunque el planeta sea finito y nuestro cuerpo, limitado. Por eso el agotamiento no es un fallo: es la señal de que obedecemos bien, porque queremos más, mas sistema, mas distracción, mas para nosotros, menos para los demás. El antídoto no es el estoicismo de salón que te pide adaptarte al incendio, sino una política del “basta”. Elegir el “suficiente” como criterio ético y ecológico. Suficiente para vivir con dignidad. Suficiente para no hipotecar el mañana. Suficiente para que otros también vivan.

Practicar el “suficiente” implica rediseñar y enfrentar instituciones (presupuestos, horarios, ciudades, leyes recaudatorias) y hábitos (consumo, atención, deseo, necesidades, objetivos). No es renuncia triste, es liberación: cuando el listón deja de subir, cuando las lineas rojas resurgen, reaparece lo importante. Las conversaciones recuperan profundidad, dejan de ser aburridas, insipidas, huecas. El tiempo se ensancha. La creatividad sale del Excel.

No hay revolución sin límites. Porque solo quien sabe decir “ya no más” puede empezar a decir “ahora despierto”.

TÚ NO QUIERES INFORMARTE, QUIERES CABREARTE

Esa podría ser la frase que resume la nueva espiritualidad política de los tiempos. No se busca entender el mundo, se busca encolerizarlo, eliminar toda racionalidad y usar ese cabreo por quienes lo generan. No se persigue "la verdad" o la consciencia de la realidad, sino la sensación de tener razón. Los seguidores de Vito Quiles, de Alvise o los votantes de Vox o PP no quieren noticias: quieren enemigos. Quieren un relato que alivie el vértigo de pensar, que les diga quiénes son los malos y por qué ellos son los buenos, quieren una ficción donde ellos son heroes, donde se les reconozca como valientes y útiles salvadores del sistema, de la civilización, no se les vea como lo que realmente son: inconscientes, temorosos del saber y manipulables

El problema no es solo la mentira, sino el placer que produce. Esa adrenalina de la indignación en bucle. Cada vídeo de Quiles, cada tweet de Alvise, cada discurso de Ayuso o Vox es un chute emocional: rabia instantánea, comunidad de odiadores, la certeza de pertenecer a una causa sin tener que preguntarse nada.

Pensar es incómodo, dudar desgasta, cambiar de opinión desorienta. Por eso muchos prefieren seguir repitiendo eslóganes: “nos roban”, “los menas”, “la ideología de género”, “España se rompe”, "nos invaden","se iban a morir igual","la corruppción es del otro","mejor que mueran ellos que nosotros". Frases huecas que suenan a argumento, pero solo sirven para tapar el miedo que genera la ignorancia que genera el odio.

Y así, mientras creen estar despertando, lo que hacen en realidad es apagar lentamente la luz de su conciencia crítica, mas la esperanza de liberación y justicia.

 

Fuentes, noticias e inspitación en: spanishrevolution.net

@Javier_F_Ferrero #MicroEnsayoNocturno

@Javier_F_Ferrero #MicroEnsayoDiurno

miércoles, 11 de febrero de 2026

El filósofo (otro más) que denuncia el sistema y recibe premios del mismo

 


Byung-Chul Han, filósofo surcoreano afincado en Alemania desde hace décadas, acaba de ser distinguido con uno de los galardones más prestigiosos del ámbito cultural. Filosofía, tecnología y sociedad se hallan en el epicentro de su reflexión. Es imposible no aludir a él en esta web.

Sin embargo, es irónico que el profeta de la fatiga contemporánea, enemigo declarado del neoliberalismo digital, sin excesivas originalidades más allá de la curaduría conceptual y aforística, sea ahora celebrado en buena medida por el mismo sistema que lleva años denunciando, después de haberse convertido en un bestseller de libros filosóficos de bolsillo.

Han ha sabido sin duda seducir con un diagnóstico contundente a millones de lectores que se han visto atrapados por sus frases breves, aforísticas, casi litúrgicas. Dicen que es el filósofo más leído en el siglo XXI. Como un predicador reaccionario, Han ha popularizado cierta reflexión filosófica en torno a realidades de nuestro tiempo como la transparencia digital y la hipercomunicación que actúan como nuevas formas de control: ya no obedecemos al poder, lo interiorizamos hasta autoexplotarnos; ya no nos vigilan, nos exhibimos hasta la obscenidad transparente. Pero mientras su fama ha crecido, también lo ha hecho el ruido de las sospechas: demasiados libros breves, demasiadas frases redondas, demasiado pesimismo rentable.

¿Es Han un pensador de fondo o un estilista del malestar? Sus críticos lo acusan de simplificar y repetirse sin reconocer padrinazgos, de elevar intuiciones ingeniosas al rango de sistema. Otros lo defienden como un espejo necesario, alguien capaz de poner palabras asequibles y diseccionar la ansiedad disfrazada de libertad, el ruido que se pretende comunicación. Todo transido en un relato que tiene musicalidad. Tal vez el premio, más que consagrarlo, subraya la ironía que él mismo anticipó: el sistema celebra a quien lo diagnostica amargamente, para enriquecer su oferta con una alternativa discursiva bastante inefectiva en la práctica, dentro del ruido de este enjambre digital.

En sus obras, las circunvalaciones conceptuales de tipo fractal se repiten sin un patrón evidente en torno a la sociedad digital. Es un pensamiento en espiral, arborescente, dentro de un constante tono distópico y crítico. Deudor en gran medida de múltiples autores a los que no suele dar suficiente crédito, sus análisis advierten con acierto sobre prácticas deshumanizadoras cada vez más sutiles, disfrazadas de libertad y conexión. Pero arremete con simplezas contra el orden neoliberal sin más propuesta que cierto eremitismo ludita. Y, sin embargo, su propio discurso incurre en la paradoja que señala: un tono apocalíptico que, convertido en mercancía editorial, se alimenta del mismo sistema que fustiga y al que no plantea reforma posible. Cinco ideas-fuerza, como centros de gravedad, vertebran su pensamiento y permiten entrever no sólo el peso de su acierto sino, al mismo tiempo, sus deudas conceptuales, así como sus costuras y carencias.

La sociedad del rendimiento y la psicopolítica

Han sostiene que el poder ha mutado en silencio, desplazando sus mecanismos desde la coerción visible hacia una dinámica de autogobierno interior. Ya no reprime, motiva; ya no castiga, estimula. En la sociedad del rendimiento, el sujeto cree ser libre mientras se somete a la obligación de producirse a sí mismo, de ser productivo incluso en sus tiempos de ocio. “Tú puedes” es el nuevo “ debes”, lema que condensa la transición de la obediencia al entusiasmo gestionado. Este giro da lugar a lo que Han denomina psicopolítica: un régimen de control emocional que se ejerce desde dentro, no mediante la imposición, sino por la interiorización de la mirada ajena y la necesidad constante de reconocimiento. En este marco, el individuo se concibe como un proyecto interminable de optimización que explota sus propios recursos afectivos, cognitivos y temporales bajo la ilusión de autodeterminación. Convertido en empresario de sí mismo, su libertad se vuelve función de productividad, y el fracaso, signo moral. En esa paradoja, el sujeto contemporáneo actúa simultáneamente como agente y como objeto del poder: productor y producto, verdugo y víctima.

Esto no es nuevo, muchos filósofos cláscios y contemporaneos ya lo hemos escrito.

Sin embargo, en realidad, la genealogía de este diagnóstico arranca mucho antes. Por ejemplo, Foucault ya trazó la transición del poder soberano al poder disciplinario, y más tarde al biopoder, es decir, al control de la vida mediante la normalización. Su noción de “tecnologías del yo” anticipa el núcleo de la psicopolítica haniana: la internalización del mando. También Deleuze desarrolló la idea de las sociedades de control, donde los individuos ya no están encerrados en instituciones sino modulados por flujos continuos, precursores directos del rendimiento perpetuo. Y, evidentemente, la crítica al trabajo como forma de alienación procede de Marx, que muchos otros autores antes que Han ya la habían observado desde su dimensión psicológica¹. Han hereda ese linaje, pero lo simplifica, desplazando el conflicto entre estructura y deseo hacia un malestar anímico sin mediaciones materiales. Han explota, paradójicamente, la idea de la autoexplotación emocional y en el fondo late Nietzsche, y su inversión valorativa que transforma la fuerza en culpa y el poder en servidumbre voluntaria.

La lectura que hace Han de la autoexplotación contemporánea es brillante en su intuición, y conecta con el chirriante discurso del emprendimiento ultraproductivo, de las startups imposibles (muchas veces subsidiadas), de los emprendedores pauperizados y los criptobros obsesionados con madrugar y con los burpees. También conecta con esa sociedad exhausta que no es capaz de desconectar digitalmente de sus trabajos, y que implora por que lleguen los fines de semana tanto como acaba derrumbada tras un ritmo de ocio agotador. Pero la enmienda a la totalidad es muy plana en su estructura. Reduce el fenómeno del trabajo y del poder a una categoría psicológica, obviando su dimensión económica, política y tecnológica. El capitalismo no sobrevive porque nos convence emocionalmente, sino porque está inscrito en instituciones, mercados y arquitecturas materiales que Han apenas menciona. Y porque ha resultado ser, de facto, la forma menos imperfecta de sacarnos de la trampa maltusiana de la pobreza crónica de nuestra historia. La autonomía del individuo como proyecto tiene ingentes bondades en la dilatada tradición filosófica² que Han parece despreciar. Frente a los matices y el rigor conceptual, plantea un discurso cargado de metáforas estéticas para aprovechar lo que él mismo sabe que el sistema cultiva en extremo: el emotivismo. Y como lo que hallamos inmediatamente son nuestros estados de ánimo, sin mirar más allá, Han deslumbra a millares, con un relato en el que el malestar aparece descontextualizado, flotando en un vacío ético donde el sujeto es víctima, pero nunca agente.

La transparencia y la no-coincidencia del yo

La hipercomunicación digital y la sobreexposición en redes sociales que vulnera el espacio sagrado de la intimidad, para Han, han vaciado al sujeto de interioridad y la han sustituido por una vigilancia consentida. El yo se disuelve en sus propios reflejos digitales: perfiles, métricas, apariencias. En esta lógica, Han reformula una versión digital del panóptico de Bentham³, donde la vigilancia constante, incluso sin un vigilante presente, basta para moldear la conducta. En la sociedad de la transparencia, esa mirada se interioriza: ya no hay torre central, sino millones de sujetos que se observan y comparan a sí mismos en un régimen de visibilidad mutua. La autenticidad se sustituye por exposición, y el sujeto se vuelve lo que aparenta ser. Han habla aquí de la no-coincidencia del yo, una existencia que ya no se reconoce en sí misma, sino en su representación. Cuanto más nos mostramos, menos nos habitamos.

Pero la reflexión por la visibilidad obsesiva de la modernidad tiene raíces muy profundas. Lacan ya había visto en el espejo la escena fundacional del yo alienado, siempre dependiente de una imagen que no coincide con el sujeto. Heidegger ya había advertido que el mundo moderno convierte todo en recurso disponible, y si hemos convertido la mera presencia de la naturaleza en un elemento explotable, lo mismo hemos hecho con nuestra propia presencia, con nuestra imagen, olvidándonos del auténtico ser. Por no hablar de los mecanismos de control sobre los que tanto reflexionó Foucault, incluido el panóptico, que identificaba estructuras de vigilancia y coerción análogas en la escuela, la fábrica, el hospital y la misma cárcel. Y esa explotación del yo que nos fragmenta en roles e identidades diversas formó también parte de la reflexión de Simmel. Es imposible que no resuene Baudrillard con sus simulacros que crean la hiperrealidad, habida cuenta de que esa transparencia es ficticia, proyectada e impostada. Como en las publicaciones en redes en las que todo el mundo parece feliz, pleno, lleno de actividades y amistades, generando ansiedad en quienes no llegan sumándose al circo de las apariencias. Un circo contra el que ya había arremetido Kierkegaard, consciente de la imposibilidad de coincidir auténticamente con uno mismo, con el fundamento del ser propio, en una época dominada por la multitud y la mirada ajena - ya hace casi dos siglos - que conduce a la desesperación, pérdida de autenticidad en Sartre y de nuevo en Heidegger.

Han hereda estas tesis, pero sin su ironía más corrosiva y confunde la crítica ontológica con la nostalgia. En su denuncia de la transparencia, presupone un pasado en que el sujeto habría gozado de una interioridad intacta, un espacio de autenticidad no mediado, idealizando formas predigitales de mediación. Esta nostalgia no dejaría de ser algo anecdótico, si no tuviera importantes consecuencias, pues el peligro del soliloquio que deviene normativo es bien conocido: los abanderados de lo auténtico (del destino, del sentido, de lo verdadero, de lo sublime…) suelen traer propuestas iluminadas que rechazan la discrepancia. Que se repliegan en el romanticismo irracional que engendra monstruos. Lo cierto, es que esa interioridad pura nunca existió: como recordaría Derrida, el yo siempre ha sido relacional, textual, atravesado por la mirada del otro. Al absolutizar la pérdida, Han cae en un romanticismo antimoderno que idealiza el secreto y el silencio como si fuesen virtudes morales. Su crítica al yo transparente es potente como advertencia, pero pobre como análisis: no distingue entre visibilidad impuesta, visibilidad elegida o visibilidad emancipadora. Además, como en el caso anterior, resulta algo irónica esta crítica cuando, en todo su apoyo, Han echa principalmente mano de quienes han contribuido a la disolución y crítica del sujeto moderno, como sucede con Heidegger o Foucault, dando por inertes todas las versiones del proyecto ilustrado por su emancipación. La transparencia, para él, es siempre amenaza; nunca posibilidad. Y los medios tecnológicos - aunque nunca neutrales - no sirven sólo al propósito destructivo al que apunta.

La positividad y la expulsión de lo distinto

La sociedad digital anclada en el emotivismo edulcorado se manifiesta para Han en la positividad, con la que el individuo se rinde pleitesía, interpretando constantemente la realidad de forma aditiva y narcisista. El medio digital borra toda forma de negatividad, afirmando constantemente posibilidades nuevas sin negar alternativas. Así, Han se hace eco del me gusta - like - típico de tantas redes sociales para mostrar cómo el exceso de positividad —la obligación de ser feliz, productivo y entusiasta— elimina el conflicto y la negatividad, condiciones necesarias del pensamiento y la alteridad. Más allá de la inyección de dopamina que la gratificación social genera en nosotros hasta volverse adictiva, Han ve en este clima un mecanismo de exclusión más eficaz que la represión: la expulsión de lo distinto. Todo lo que desafía la armonía del sistema se margina bajo la apariencia de tolerancia. La apariencia de pura positividad niega la negatividad, hace de la enfermedad y la muerte un tabú, de la incomodidad, la incoherencia, lo errático, lo feo, lo deforme y lo que no es normativo, un espacio inhabitable. El mundo se vuelve plano, sin resistencia, anestesiado por un optimismo obligatorio.

De nuevo, Han no es especialmente original en estas ideas. Su crítica es tremendamente deudora, entre muchos otros, de la Escuela de Frankfurt, donde Adorno y Horkheimer ya denunciaron cómo la razón instrumental genera una cultura homogénea que asfixia la diferencia, normalizando e industrializando por ejemplo la expresión artística. En esa línea Marcuse subrayó la unidimensionalidad del hombre, forzada a su juicio por el capitalismo avanzado que neutraliza toda alternativa. Su crítica bebe asimismo de las fuentes metafísicas de filósofos como Heidegger o Sartre que dedicaron a la nada muchas de sus reflexiones más densas, especialmente con esa capacidad humana para introducir la nada en el ser y ejercer su libertad en la construcción de alternativas.

Sin embargo, aunque aceche al triunfalismo de la psicología positiva, estilo Mr. Wonderful, Han se convierte en Mr. Sorrowful o Mr. Awful, adoptando un tono de predicador moral lastimero que se alimenta de su propia queja. Hereda la sospecha conspiranoica de sus predecesores y la reviste de lenguaje psicológico. Identifica en el optimismo contemporáneo una violencia sistémica —y no le falta algo de razón—, pero su análisis se detiene justo antes de ofrecer una salida. La negatividad se convierte en fetiche: todo lo luminoso sería sospechoso, todo lo afirmativo, trivial. Sin dialéctica, su pensamiento cae en lo que Adorno habría llamado una “negatividad vacía”: un gesto de oposición perpetua que ya no transforma, sólo lamenta. Además, su idea de “lo distinto” es abstracta, sin carne ni rostro; carece de la densidad ética que sí alcanza, por ejemplo, Levinas. Al expulsar la positividad de su sistema, Han reproduce el mismo dualismo que denuncia. Y que además resulta incompleto, romo, porque las experiencias negativas siguen llamando a nuestra puerta y las TIC nos hacen especialmente conscientes de ellas, por ejemplo al recordarnos de forma mucho más documentada la fragilidad de la vida humana en cualquier rincón del planeta, y la caducidad de nuestra propia vida, retratada con el paso inexorable del tiempo en el registro digital. Y ¿qué hay de los matices que reconocen el poder de la tecnología para, sin ingenuidad, visibilizar y denunciar situaciones de dolor y de pobreza ocultas, que abren una ventana para la organización de los sin voz, de quienes viven al margen de los discursos oficiales, de quienes intentan organizar la disidencia ante situaciones de sufrimiento? ¿Y qué hay, por otro lado, de la negatividad que los algoritmos cultivan y aceleran? ¿qué hay del enconamiento negativo y de la discordia que, lejos de la positividad, alimentan ensordecedoramente el ruido que erosiona la confianza?

El enjambre digital y la infocracia

El sujeto contemporáneo ya no forma parte de una comunidad, sino de un enjambre digital: millones de individuos conectados, como una bandada desorganizada, que generan un ruido caótico, reactivo y fugaz. Un zumbido que desdibuja hasta nivelar todos los discursos, disipando las fuerzas de una racionalidad crítica con las estructuras de poder y de dominio. Así caracteriza Han a la sociedad digital, tejida por redes que no construyen deliberación, sino sincronía emocional. El zumbido de la multitud en la arena digital es capaz así de asimilar como entropía absorbente toda disidencia. En ese ecosistema, el poder entonces adopta la forma de infocracia: el dominio a través del flujo de datos, de la atención y del algoritmo. No hay censura, sino sobreinformación y desinformación. Este enjambre viene provocado por la revolución digital que ha dinamitado la clásica comunicación vertical propia de las jerarquías modernas por una horizontalidad postmoderna en la que Han considera que se ha producido una desmediatización, una entrega transparente de nuestras intimidades, todos con todos. Esto ha acelerado el individualismo creciente afín al consumo que incentiva el capitalismo y que nos atomiza socialmente. Han lleva años diagnosticando los efectos del medio digital que nos aleja cada vez más del otro, señalando la primacía de la soledad en el ambiente hiperconectado de nuestro tiempo, subyacente a las numerosísimas interconexiones meramente superficiales con las que apenas nos rozamos.

De nuevo, el análisis del enjambre digital —esa multitud dispersa que sustituye la acción común por la reacción instantánea— tiene raíces más hondas que las metáforas de Han. La disolución del individuo autónomo típicamente kantiano fue moneda común en aquella época de masas de los totalitarismos que Ortega predijera. Aunque Han cita levemente a Gustave Le Bon y su psicología de las masas, parece ignorar pronto las sutilezas y las densidades conceptuales volcadas sobre aquella rebelión de las masas frente a la que Sartre se rebelaría con su denuncia de la mala fe que se entrega a la heteronomía. Arendt escarbó también en aquellas profundidades de la sociedad de masas que destruye el espacio público, el lugar donde los hombres aparecen ante los otros para deliberar y actuar. Y sin apenas darles crédito, Han se va volviendo deudor de ideas ajenas que resuenan constantemente entre sus alambicados conceptos. Ideas mucho más fundamentadas y al mismo tiempo discutidas como las del politeísmo moral de Weberla condición postmoderna de Lyotard, la modernidad líquida de Bauman, el pensamiento débil de Vattimo, la sociedad del espectáculo de Debord, la sociedad de la información de Castells, etc.

El diagnóstico del enjambre es una de las metáforas más potentes de Han… y una de las más frágiles. Su visión de las redes como masas atomizadas omite la complejidad de las dinámicas digitales reales: la emergencia de comunidades deliberativas, de resistencias, de solidaridades inéditas. Han orilla sin matiz ni reflexión ulterior las consecuencias positivas de la orfandad de los grandes metarrelatos que movilizaron al hombre-masa irreflexivo, de este ocaso bienvenido de ideologías monolíticas que a tantos millones masacraron. Del relativismo capitalista neoliberal que ampara nuestra libertad de expresión. Y por supuesto, elude el contrapunto normativo que Habermas ofreció con su acción comunicativa y la posibilidad de una esfera pública racional, dándola por perdida. Además Han coquetea con ignorar que esa desmediatización digital que ciertamente ha revolucionado ciertas actividades no evita que nuevas formas de intermediación emerjan, como por ejemplo y precisamente a través de plataformas digitales y sus algoritmos. Al reducir lo digital a ruido, sustituye el análisis empírico por una alegoría moral. Y su concepto de infocracia carece del rigor político y la profundidad analítica que tuvieron sus predecesores como Arendt, Castells o Habermas: no examina la infraestructura del poder informacional, ni sus contradicciones, ni su enorme potencial en positivo para la emergencia de nuevas formas de legitimación, de mayor participación democrática, de obtención de nuevo conocimiento. Falta en Han un reconocimiento más equilibrado de las lecciones de otros episodios históricos revolucionarios como el de la imprenta y sus efectos en el medio y largo plazo. Su descripción del enjambre es tan totalizadora que resulta ciega a la pluralidad, al conflicto y a la creatividad. Además, aunque las TIC bajo un uso compulsivo amenacen con desplazar la comunicación natural más directa y nos aísle, ¿cómo ignorar las enormes ventajas que han generado al aumentar radicalmente nuestro radio comunicativo de forma antes inimaginable? ¿cómo eludir su capacidad para dinamizar economías en países en desarrollo, para facilitar el acceso al conocimiento y habilitar estrategias de leapfrogging, para hacer que fluya el intercambio cultural y comercial que es fortalecedor de la paz para unos y guerra para otros, y el crecimiento a través de la explotación? La red se convierte en un infierno sin matices, donde toda comunicación es alienación y toda visibilidad, pérdida. Han desprecia que por ellas también fluye la indignación racional, la búsqueda de espacios para el intercambio intersubjetivo de perspectivas y argumentaciones, la organización de fuerzas sociales emergentes que luchan por solidificarse. El símil que apela al zumbido y a la entropía simbólica que genera el medio digital desliza sin advertirlo que, bajo la apariencia caótica y el ruido de este movimiento de las abejas, también puede existir un conjunto organizado, jerárquico y emergente, que puede edificar un orden en busca de una nueva colmena. El propio discurso de Han no deja de ser un nuevo relato, pero que desinfla las expectativas y obvia la heterogeneidad de este enjambre. Su diagnóstico es contundente, pero escaso en matices. Negar la esperanza es ponerse ya del lado que se critica. Aunque también quepa matizar cualquier optimismo ingenuo, el pesimismo de Han parece no dejar apenas espacio más que para la resignación.

La desaparición del eros y el aroma del tiempo

Finalmente, en la aceleración constante de nuestro tiempo digital se extinguen para Han el deseo y la espera. Han lo llama la agonía del eros: la incapacidad de mirar al otro sin consumirlo. Sin pausa, no hay profundidad; sin demora, no hay vínculo. Si el consumo acelerado nos permite saltar a golpe de un clic entre pantallas, series o productos en un e-commerce, así sucede con nuestras relaciones de amistad y de amor, que apenas resisten un asalto y se diluyen en la superficie. Es preciso el renacimiento de la experiencia erótica como fundamento de toda ética y comunidad posible. Recuperar el Eros implica recuperar la capacidad de admirar, escuchar y cuidar. Y así Han lamenta en paralelo que hayamos perdido el ritmo interior que daba sentido a la existencia. Vivimos fragmentados, sin continuidad, corriendo sin dirección. Recuperar ese aroma del tiempo —olerlo, demorarse en él— es, para Han, el gesto más radical frente a la máquina del presente. Y para eso apela al retorno del ritual, de la actividad manual, del sosiego y el silencio.

No parece andar Han desalineado con el lamento por la pérdida de la pausa en un mundo cada vez más volátil, incierto y acelerado. Pero la pérdida del eros y del tiempo vivido es una queja antigua que se remonta más allá de Benjamin, que ya lamentaba la desaparición de la experiencia narrativa que suplanta las historias por estímulos. Cabe reconocer que nuestra propia percepción del tiempo sigue viéndose alterada por la tecnología. Pero es ineludible en esa reflexión citar a autores como Bergson y su durée como tiempo vivido, denso y cualitativo que no admite métrica; o sin lugar a dudas a Fromm que, distinguiendo entre ser tener y ser, entre el amor y el consumo, profundiza en el arte de amar mucho más que Han para nombrar el agotamiento de la capacidad de cuidar, esperar y entregarse. Ciertamente Han reconoce en Badiou su idea del amor como experiencia de la diferencia: amar es aceptar la otredad, nacer en el mundo desde el punto de vista del otro. Pero el amor es mucho más que una resistencia frente a la homogeneización neoliberal, y su fundamento se halla incluso más allá del eros, pues en el agapé también se abre la posibilidad generosa de una entrega como práctica de libertad interior.

El tono aquí de Han alcanza más el lirismo que la filosofía, en un tono casi pastoral y místico que apela al silencio, la lentitud y la contemplación. Pero su crítica del tiempo acelerado y del eros consumido incurre en un esencialismo que bordea el misticismo. Habla del aroma del tiempo como si el ritmo pausado fuera una virtud en sí misma, olvidando que la aceleración también ha sido fuente de emancipación y descubrimiento. Su defensa del eros remite más a una estética de la nostalgia de algo que nunca fue que a una teoría del deseo: no distingue entre el amor como vínculo ético, al que apuntara más Fromm, y el amor como experiencia existencial, propio por ejemplo de Bataille. De forma que Han sustituye la reflexión filosófica por un tono elegíaco. Y ahí radica su paradoja: cuanto más invoca la lentitud, más rápidamente se consume su pensamiento en la economía editorial del instante.


En suma, Han nos sirve menos como oráculo que como síntoma: señala con precisión quirúrgica los vértigos del presente —el enjambre, la transparencia, la positividad, el tiempo que se deshila—, pero su bisturí detiene el corte antes de la cirugía. Ahí está su utilidad y su límite. Conviene leerlo en claroscuro: agradecer la alarma que enciende y, a la vez, desconfiar del magnetismo de su pesimismo rentable; asumir que hay panópticos en red, sí, pero también fisuras, rituales que vuelven, comunidades que se inventan y eros que aprenden otras gramáticas. Si algo nos deja su premio es una tarea sobria: separar señal de ruido, devolver espesor a las palabras “libertad”, “tiempo” y “comunidad” sin nostalgia ni triunfalismo, y exigir a la crítica que no se agote en el diagnóstico sino que arriesgue diseño institucional, imaginación técnica y práctica cívica. Lo contrario sería quedarnos a vivir en el zumbido coleccionando bestsellers filosóficos en la estantería del salón.

Claves finales

Ensayista, teólogo católico y divulgador está especializado en estudios culturales y es profesor de la Universidad de las Artes de Berlín en la que dirige el programa de estudios generales. Su trabajo sigue la estela del de otros filósofos como el fallecido Roland Barthes, o sus coetáneos Giorgio Agamben y Peter Sloterdijk.

Sociedad del cansancio, la denuncia de la sumisión por agotamiento

Doctor en filosofía por la Universidad de Friburgo con una tesis sobre Martin Heidegger ha impartido clases en la Universidad de Basilea y también en Karlsruhe.

Autor de más de treinta libros, Han es un pensador superventas que ha creado el neologismo shanzhai (se podría traducir como copia pirata) en el que explora la deconstrucción en las prácticas actuales del capitalismo chino.

También ha acuñado los conceptos de sociedad de la transparencia (Transparenzgesellschaft) y sociedad del cansancio (Müdigkeitsgesellschaft), un libro traducido a una decena de idiomas y que la directora Isabella Gresser convirtió en 2015 en el documental La sociedad del cansancio: Byung-Chul Han en Seúl y Berlín.

En su discurso al recoger el premio, Han mencionaba que ya en La sociedad del cansancio trataba de cumplir la función del filósofo, amonestar a la sociedad y agitar su conciencia para que despierte. Exponia que la ilimitada libertad individual que nos propone el neoliberalismo no es más que una ilusión. Aunque hoy creamos ser más libres que nunca, la realidad es que vivimos en un régimen despótico neoliberal que explota la libertad. Ya no vivimos en una sociedad disciplinaria, donde todo se regula mediante prohibiciones y mandatos, sino en una sociedad del rendimiento, que supuestamente es libre y donde lo que cuenta, presuntamente, son las capacidades. Sin embargo, la sensación de libertad que generan esas capacidades ilimitadas es solo provisional y pronto se convierte en una opresión, que, de hecho, es más coercitiva que el imperativo del deber. Uno se imagina que es libre, pero, en realidad, lo que hace es explotarse a sí mismo voluntariamente y con entusiasmo, hasta colapsar. Ese colapso se llama burnout. Somos como aquel esclavo que le arrebata el látigo a su amo y se azota a sí mismo, creyendo que así se libera. Eso es un espejismo de libertad. La autoexplotación es mucho más eficaz que ser explotado por otros, porque suscita esa engañosa sensación de libertad.

También he señalado en varias ocasiones los riesgos de la digitalización. No es que esté en contra de los smartphones ni de la digitalización. Tampoco soy un pesimista cultural. El teléfono inteligente puede ser una herramienta utilísima. No habría problema si lo usáramos como instrumento. Lo que ocurre es que, en realidad, nos hemos convertido en instrumentos de los smartphones. Es el teléfono inteligente el que nos utiliza a nosotros, y no al revés. No es que el smartphone sea nuestro producto, sino que nosotros somos productos suyos. Muchas veces sucede que el ser humano acaba convertido en esclavo de su propia creación. Las redes sociales también podrían haber sido un medio para el amor y la amistad, pero lo que predomina en ellas es el odio, los bulos y la agresividad. No nos socializan, sino que nos aíslan, nos vuelven agresivos y nos roban la empatía. Dice tampoco estar en contra de la Inteligencia Artificial, a pesar de que esta herramienta es el culmen de la explotación y alineación. Avisa que con la Inteligencia Artificial existe el enorme riesgo de que el ser humano acabe convertido en esclavo de su propia creación. La Inteligencia Artificial puede ser empleada para manejar, controlar y manipular a las personas, pero nos ahorra trabajo y mas capacidad de razonar, y eso es rentable para el sistema. Por eso denuncia, la tarea acuciante de la política sería controlar y regular el desarrollo tecnológico de manera soberana, en lugar de simplemente seguirle el paso. La tecnología sin control político, la técnica sin ética, puede adoptar una forma monstruosa y esclavizar a las personas, algo que lleva siglos haciendo.

Enemigo mio, tu odio te consume y nos alimenta, te quiero ya

Cuanto alguien tiene una opinión diferente a la nuestra, lo declaramos enemigo. No hay lazo social más fuerte que el respeto. Sin moeurs, la "democracia capitalista" se vacía de contenido y se reduce a mero aparato. Incluso las elecciones degeneran en un ritual vacío cuando faltan estas virtudes. La política se reduce entonces a luchas por el poder. Los parlamentos se convierten en escenarios para la autopromoción de los políticos. Y el neoliberalismo económico capitalista ha creado ya una gran cantidad de perdedores que se esconden y se lamentan, y quieren pagarlo con el indefenso. La brecha social entre ricos y pobres se sigue agrandando cada vez más. El miedo a hundirse socialmente afecta ya a la aún cree ser clase media, convertida plenamente en clase esclava en una jerarquia llena de cirquenses, títeres, bufones, Ceos, reinas y monarcas, y los que mantienen el espectáculo en funcionamiento, directores de circo que huyen de focos y luces, no recogen premios, porque no necesitan ese reconocmiento. Precisamente estos temores son los que lanzan a la gente hacia los brazos de autócratas, moanarcas, tiranos, amos y populistas, como los que tenia delante y aplaudian cuando lanzó este discurso.

Creemos que la sociedad en la que vivimos hoy es más libre que nunca pero cumple la máxima de amar tus propias cadenas. En cualquier ámbito de la vida, las opciones parecen infinitas. También en el pseudoamor y la lujuria, gracias a las aplicaciones de citas y el porno. Todo está disponible al instante. El mundo se asemeja a un gigantesco almacén donde todo se vuelve consumible. El infinite scroll promete información ilimitada. Las redes sociales facilitan una comunicación sin límites. Gracias a la digitalización, estamos interconectados, pero nos hemos quedado sin relaciones ni vínculos genuinos. Lo social se está erosionando. Perdemos toda empatía, toda atención hacia el prójimo. Los arrebatos de autenticidad y creatividad nos hacen creer que gozamos de una libertad individual cada vez mayor. Sin embargo, al mismo tiempo, sentimos difusamente que, en realidad, no somos libres, sino que, más bien, nos arrastramos de una adicción a otra, de una dependencia a otra. Nos invade una sensación de vacío. El legado del capitalismo neoliberal ha sido el vacío y nuestra propia consumición. Ya no tenemos valores ni ideales que rescatar, nos robaron hasta eso.

La sociedad está enferma terminal

Han finaliza el discurso con un elogio a la sociedad que dice criticar: Es cierto que he irritado a la gente. Pero, afortunadamente, no me han condenado a muerte (como a Sócrates), sino que hoy soy honrado con la concesión de este bellísimo premio (al contrario que él). Se lo agradezco de todo corazón. Muchísimas gracias.

Pues entonces, si el sistema te premia, algo falla en tu discurso, pues el sistema solo premia a sus siervos para mayor popularidad y adoración, y los mediocres solo aplauden a los suyos, a los que les hacen reir, a los que les hacen aparentar que entienden, que son parte de la solución, no del problema. ¿Acaso no valdrá ese premio lo mismo que un nobel de la paz y una terrorista golpista, o el Pulitzer a un creador de fake news?

Notas:

1

Lacan ya había reinterpretado la noción de alienación en clave psicoanalítica, como escisión del sujeto en el lenguaje y subordinación al deseo del Otro. O Herbert Marcuse, desde la teoría crítica, había explorado la dimensión libidinal del trabajo y del consumo en Eros y civilización, anticipando la idea de una represión interiorizada. Incluso Erich Fromm dio un paso semejante al analizar la enajenación afectiva y la “personalidad mercantil”.

2

Remontándonos, la vida como quehacer que diría Ortega; la condena del ser-para-sí se Sartre a ser libre y a dotarse de una esencia de la que carece de partida; el cuidado de sí (Selbst) de Nietzsche, incluso; la naturaleza humana por edificar, ya en Pico de la Mirandola…

3

El panóptico de Bentham es una estructura carcelaria ideada para el control de presos con un mínimo de vigilantes.

4

Han sí acude, por ejemplo, a Barthes, para apelar al privilegio de la fotografía analógica como directa emanación del referente. Pero, ¿es que acaso alguna vez hubo tal representación directa? ¿no sigue eligiendo el fotógrafo un encuadre, una luz, un momento, un filtro… casi como lo hace el pintor del hiperrealismo pictórico? ¿no estaba ya superado, al menos desde el giro copernicano de Kant, que debemos asumir que nos hallamos en un intercambio intersubjetivo de representaciones compartidas que son sólo un reflejo de la realidad? Apelar a una supuesta primacía de la fotografía clásica en este efecto sólo contribuye a acrecentar el mito sobre la bondad y autenticidad de lo predigital, como parece hacer Han, en una postura que roza el ludismo.

5

Han hereda la idea postmoderna, ya desde Lyotard, de que el encadenamiento de discursos, que las propias TIC posibilitan, es indefinido y de que más allá de que existan mecanismos de censura encubiertos (algorítmicos, por ejemplo), ha hecho del ruido una constante que subsume toda expresión crítica amenazante en el zumbido permanente del enjambre. La información útil que nos hizo humanos se neutraliza a sí misma cuando se desborda ahogada en la infobasura.

6

Más allá de la uberización de muchas actividades económicas (consumo, viajes, alquileres, bienes de segunda mano, economías colaborativas…) también ha impactado en la forma en que consumimos la información periodística, en que nos relacionamos socialmente, nos emparejamos, etc.

Fuentes: newsletter.ingenierodeletras.com/p/el-enjambre-aplaude?r=4eylyq

www.fpa.es/es/premios-princesa-de-asturias/premiados/2025-byung-chul-han/?texto=discurso