domingo, 22 de noviembre de 2015

Idiocracia: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis idiota?



Idiocracia (2006) es una película que muestra un futuro dominado —es un decir— por idiotas dependientes de máquinas desgastadas. La escribe y dirige Mike Judge, creador de las series Silicon Valley, Beavis y Butt-Head y El rey de la colina. Una producción que pasa desapercibida por los cines y que tras las risas deja una duda: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis idiota?




En la búsqueda de información de futuros posibles, encuentro algunas respuestas en la página web de Edge.org cuyo lema es:


«Para llegar a la frontera del conocimiento del mundo, busca las mentes más complejas y sofisticadas, ponlas juntas en una habitación y haz que se pregunten unos a otros las cuestiones que se hacen a sí mismos».


Siguiendo el lema, Edge plantea cada año una cuestión a 150 personas brillantes en sus campos. Entre los consultados, un premio Nobel, investigadores de prestigiosas universidades, directores de publicaciones científicas, periodistas, tecnólogos, artistas y escritores.


En 2013 la pregunta de Edge es: «¿Qué nos debería preocupar?». 36 de los consultados temen el aumento de la estupidez y con ello la superstición y la dependencia de la tecnología. Veamos qué profetiza Idiocracia, qué temen las personas consultadas por Edge y qué tiene que ver con nosotros, la gente corriente.


Aquí conviene explicar que el texto está en azul y negro para diferenciar los comentarios particulares de los comentarios de las personalidades consultadas por Edge.org. El lector puede leer, si lo prefiere, solo lo que está en azul o lo que está en negro.

En Idiocracia, los idiotas tienen más hijos que los inteligentes




Idiocracia comienza exponiendo que en los tiempos actuales «la evolución no premia necesariamente a la inteligencia» y, dado que las personas inteligentes son menos que las poco inteligentes, el número de estúpidos crece.


Un matrimonio de personas con alto coeficiente de inteligencia expone que tener hijos es una responsabilidad y los tiempos son difíciles. Frente a esta pareja, Clevon, un tipo poco inteligente, no para de tener hijos con su mujer y dos vecinas; hijos que se convierten en padres adolescentes.


Douglas T. Kenrick, profesor de psicología de la Universidad de Arizona, autor de libros y artículos académicos sobre la conducta y el pensamiento humano, considera que el planteamiento de Idiocracia es posible:


«En estos días, las personas con buena formación intelectual tienen familias más pequeñas, y como las mujeres con educación superior esperan más para tener hijos, pierden muchas veces su periodo fértil, y no tienen hijos».


Kenrick comenta estudios que sugieren que el aumento de la estupidez está relacionado con el decrecimiento de la riqueza de un país. Pobreza y estupidez que lleva a los ciudadanos a votar políticas conservadoras que justamente son las que no favorecen la educación y la investigación científica.

Se llega a la Idiocracia cuando se desprecia la ciencia


El narrador de Idiocracia comenta que «las mentes más brillantes y los recursos se concentraron en la lucha contra la caída del pelo y en prolongar las erecciones». ¿Podría ocurrir?


Frank Wilczek, físico de MIT, considera que «la humanidad está perdiendo la oportunidad de que la ciencia avance porque el esfuerzo intelectual se está desviando de la innovación a la explotación».


Lisa Randall, física de Harvard, coincide en lo que respecta a los Estados Unidos: se queja de que la financiación estatal se destina a proyectos científicos que generan resultados inmediatos. Esto es incompatible con buscar cómo demostrar o explorar teorías complejas. Para Randall, aunque la ciencia puede comenzar con un lápiz y papel sin experimentos o la esperanza de experimentos, la ciencia teórica no puede avanzar.


En Idiocracia no hay noción del tiempo


En Idiocracia, el presidente Dwayne Elizondo Camacho anuncia cantando al país que «el hombre más inteligente del mundo solucionará todos los problemas en una semana». Problemas como la sequía, la desertización y la falta de alimentos entre otros. Transcurrida una semana sin resultados, los ciudadanos atacan la Casa Blanca.


Es un ejemplo entre otros de cómo en Idiocracia las personas no son conscientes de que hay procesos que necesitan tiempo. Es el tiempo del «ya».


El escritor y conferenciante sobre tecnologías de la información Nicholas G. Carr considera que internet está acabando con nuestra paciencia. Comenta que en 2006 la mayoría de los usuarios abandonan una web si tarda más de 4 segundos. En 2013 estudios de Google y Microsoft demuestran que los usuarios se impacientan si una página web tarda más de 250 milisegundos en abrirse. El parpadeo de un ojo.


«Las tecnologías digitales nos vuelven más hostiles hacia retrasos en todos los ámbitos», afirma Carr. «Una impaciencia que tiene consecuencias en la creación y la apreciación del arte, la ciencia, la política».


La impaciencia nos domina desde que nos levantamos. La mayoría de las cosas nos parecen lentas: el ascensor; la puerta del garaje; el semáforo… M., administrativa (a través de una subcontrata) en unos servicios municipales conoce cada día ejemplos de la impaciencia —y estupidez— que crea la tecnología:


«Desde hace unos años la gente se ha vuelto más impaciente. Lo quiere todo ¡ya! No quieren esperar ni una semana ni tres días ni un día. Me dicen: “¿Pero no tienes ahí internet para hacerlo ya?”».


¿Quién no recuerda en «los tiempos analógicos» haber cogido tres autobuses para una gestión municipal o sacar dinero de un cajero? Parece que solo hay paciencia para acampar dos o tres días antes de un concierto o una final de Copa del Rey. Aquí la televisión suele mostrar a un tipo que dice:


«Estoy en paro, pero por [aquí, un equipo] hago lo que sea; ¡es lo más grande!». ¿No es esto un pensamiento idiota?
La impaciencia alcanza a todos los ámbitos, incluso a la ciencia.


Stuart Firestein, profesor de Biología en la Universidad de Columbia, afirma que el ciudadano está volviéndose impaciente con la ciencia (otra consecuencia del presentismo). Pone como ejemplo «la declaración de guerra» de Nixon contra el cáncer en 1971.


«Desde entonces millones de personas han fallecido de cáncer», escribe Firestein. «Suena mal, pero hemos curado muchos cánceres previamente fatales e impedido un número desconocido de casos». Firestein señala que por el camino ha mejorado la fabricación de medicamentos, la comprensión del sistema inmunológico y cómo se produce el envejecimiento. «Sin embargo, esta guerra contra el cáncer es más conocida por los dólares gastados en ella».


Leo M. Chalupa cuenta una anécdota:
«Un abogado me preguntó si todavía investigaba cómo funciona el cerebro. Cuando dije que todavía lo investigaba se sorprendió. Pensaba que después de diez años de esfuerzo lo habría descubierto. En ese momento, se me ocurrió que este hombre muy culto no tenía conocimiento de cómo funciona la ciencia [...], que la investigación es una búsqueda sin fin».


Tim O’Reilly, editor de libros sobre tecnología y considerado un visionario tecnológico, teme que «si la ciencia no ofrece soluciones rápidas, el mundo caerá en la apatía, la falta de fe en la ciencia y el progreso, y después caerá en la melancolía y una nueva edad oscura».


Los ciudadanos de Idiocracia no se paran a observar las cosas


En Idiocracia uno de los mayores problemas es la falta de alimentos porque los campos son regados con el refresco patrocinado por el gobierno. Cuando el hombre más inteligente del mundo propone usar agua en lugar del refresco es tomado a burla.


Ursula Martin, profesora de Computación en la Universidad de Oxford, teme que internet esté menguando la capacidad de observación.


«Hubo un tiempo en el que la descripción y la ilustración eran el pan y la mantequilla de científicos profesionales y aficionados», escribe Martin. «Los libros y cartas de Darwin están llenos de descripciones cuidadosas».


Martin considera que Google puede ofrecer imágenes y datos de una planta de una manera nunca antes posible, pero que ninguna imagen puede tener la precisión de Darwin. Ella apuesta por entrenar la atención en las pequeñas cosas.


En Idiocracia no hay conocimiento de la historia





En el Washington de Idiocracia un parque temático muestra una versión de la Historia tergiversada. Y no por intereses políticos —como ocurre en cada país y en cada autonomía española—, sino por puro desinterés por el pasado.


Para la historiadora de ideas Noga Arikha la indiferencia por la historia es fruto del «presentismo»: considerar que no hay más realidad que el presente, que el pasado es irreal. Arikha culpa al mal uso de internet:


«El conocimiento de un tema más allá de la fecha actual parece disminuir entre las personas que crecieron con la era de internet [...]. Cualquier cosa más allá de 1945 es un paisaje sucio y remoto; los siglos se funden uno con otro en un magma insignificante. Nombres famosos son parpadeos en una pantalla [...]. Todo se iguala».


Arikha certifica una experiencia que muchos hemos vivido. Viene siendo habitual que en una conversación casual con una persona menor de treinta años, una persona que consideramos instruida, mencionemos un personaje icónico y el interlocutor se encoge de hombros: «¿Quién es?» o «no lo conozco». Incluso en muchas listas triviales del tipo «las mejores series de televisión de la Historia» hay una muestra de la ignorancia y el desinterés de quien redacta, que no hace referencia a material anterior a su adolescencia.


Según Arikha, para muchas personas «internet que se ha convertido en su biblioteca de referencia, pero los estudiantes lo utilizan como única investigación». Estudiantes que son incapaces de «medir la pertinencia, la jerarquía, la precisión y las referencias cruzadas». A uno no le extraña que estos estudiantes se traguen bulos grandes como casas.


Para Nicholas Humphrey, profesor de la Escuela de Economía de Londres, más que desinterés, el peligro de internet es que nos convierte en «meros turistas del conocimiento, saltando de atracción en atracción sin pisar la tierra. Para la mayoría lo importante es la llegada y no el viaje».


En Idiocracia, la lectura y la escritura se han degradado

En Idiocracia, leer y escribir es «cosa de maricones». En la película, los periódicos y revistas y los carteles de establecimientos populares contienen escandalosas faltas de ortografía y gramática que los autodenominados «nazis de la gramática» implosionarían corrigiéndolas. Por otro lado, los ciudadanos tienen problemas de comprensión lectora.


David Gelernter visualiza un futuro igualmente nefasto para la palabra escrita y señala internet como culpable. La paradoja es que Gelernter trabaja en crear y desarrollar tecnologías de vanguardia para internet. En los 80 sienta las bases de los motores de búsqueda y más tarde en las herramientas basadas en flujos con las que operan las redes sociales.


Para Gelernter, internet degrada la palabra escrita porque «apenas hay tiempo entre la escritura y la publicación. El escritor publica rápido —muchas veces los primeros borradores— para lectores que leen rápido y apenas prestan atención». Esta falta de atención obliga al redactor a una escritura deslucida cuyo único fin es el consumo rápido.


Gelernter comenta que algunos estudios revelan que los estudiantes estadounidenses de hoy escriben con menos competencia que los estudiantes de 1960.


Hoy también se escribe en España peor que décadas atrás. Cuando encontramos titulares simples mal redactados (no un par de erratas entre 3.000 palabras) decimos: «Ha sido el becario». Pero recordemos que ese becario tiene una licenciatura.


Roger Schank también considera que el lenguaje se está degradando y que un motivo es que «los alumnos memorizan para pasar exámenes, pero son incapaces de razonar y exponer por escrito sus pensamientos».


Gavin Schmidt, climatólogo de la NASA, señala que cada vez es mayor la separación entre las noticias y lo que entiende el público. El desinterés por profundizar en las noticias trae consecuencias. «No es ninguna sorpresa que las discusiones en la calle a menudo degenera en mero tribalismo».


En Idiocracia hay una alta dependencia de las máquinas

Idiocracia cuenta con una tecnología sofistica manejada por imbéciles. Por ejemplo, hay una máquina que diagnóstica perfectamente enfermedades. Sin embargo, nadie sabe cómo funcionan y tienen un lamentable mantenimiento. Parece que fueron creadas hace mucho tiempo y que los que las usan lo hacen por mímica.


La psicóloga Susan Blackmore vislumbra un futuro similar al de Idiocracia,lleno de máquinas y tecnología que se manejan con un dedo con apenas razonamiento:


«Un mundo en el que los seres humanos gestionan los recursos para alimentar a un número creciente de máquinas a cambio de más diversión, juegos, información y comunicaciones».


Para Blackmore, el problema es: «¿Y si todo el sistema se derrumba? Ya sea por un cambio climático, pandemias u otros desastres [...] y no podemos usar nuestros teléfonos, satélites y servidores de internet. ¿Podríamos deslizar nuestros dedos por una pantalla para alimentarnos?».


Esto se explica mejor con un monólogo de Eva Hache: «Los hay que se gastan 500 euros en un teléfono de última generación y lo primero que hacen es ponerle el tono del eructo bajo el agua».


Cada vez es más frecuente encontrar a personas jóvenes con teléfonos sofisticados con inmensas posibilidades que dicen: «Yo solo lo tengo para el Whatsapp y hacer fotos». Preguntan: «¿lloverá mañana?» o «¿el lunes es fiesta?».


Blackmore cree que las escuelas deben volverse analógicas: enseñar a los niños a razonar y usar las manos en actividades como carpintería, cocina, agricultura…
En Idiocracia gobiernan los tontos que son famosos




El presidente de los Estados Unidos —realmente del mundo— es Dwayne Elizondo Camacho, cinco veces campeón de lucha libre profesional y «superestrella» pornográfica. Es inevitable que la fama lo aupe a la presidencia aun careciendo de preparación y contando con unos asesores imbéciles que repiten eslóganes de las empresas que han comprado al Gobierno.


El productor de música y artista Brian Eno responde a Edge que su temor es que «la mayoría de las personas inteligentes que conozco no quieren tener nada que ver con la política».


Eno considera que la actual política (estadounidense) está hecha por idiotas que han conducido al país a las guerras de Irak y Afganistán, que sangra a naciones más pobres por las deudas de sus exdictadores y que permite que los intereses particulares y los bancos gobiernen el país.


«Pero no hacemos política —se queja—. Esperamos que otras personas lo hagan por nosotros y nos quejamos cuando se equivocan [...]. La responsabilidad no se detiene en las urnas. Dejamos de hacer cosas y permitimos que otros las hagan por nosotros».


Roger Schank también considera que la política está llena de idiotas. Schank es uno de los principales investigadores del mundo en Inteligencia Artificial, Teoría del Aprendizaje y en la construcción de entornos virtuales de enseñanza. Para él, una prueba de la estupidez de los políticos se ve cuando debaten un problema en el Congreso (de los Estados Unidos): «Parece que nuestros representantes son incapaces de hacer un argumento razonado».


En Idiocracia se habla a gritos y el presidente necesita de una ametralladora para hacerse oír. Los parlamentarios españoles no esgrimen mejores razonamientos en sus intervenciones. Nos hemos acostumbrado a su pantomima: unos sueltan exabruptos para recibir aplausos de los suyos mientras que los otros responden con pataletas y silbidos.




Para el oceanógrafo Bruce Parker, la cultura de la imagen en la que estamos inmersos, no obliga a los políticos a tener méritos o logros verificables para ser elegidos:


«Simplemente necesitan convencer a la gente para que vote por ellos [...]. Usan la manipulación emocional con llamamientos a la religión, el patriotismo, las diferencias de clase, prejuicios étnicos, etc. Documentos sonoros superficiales y anuncios de campaña que parecen trailers de películas».


Para Bruce Parker, los partidos eligen a candidatos desinformados e incluso estúpidos, pero que ofrecen buena imagen a la nueva cultura de internet.
En Idiocracia, los medios embrutecen a las personas


La película más vista en Idiocracia se llama CULO. Una hora y media con un culo en primer plano. (A la cabeza me viene Jene Selter, señorita carente de méritos, pero con casi 8 millones de seguidores en Instagram gracias a su culo. Un culo no es un mérito).


El programa más visto en Idiocracia es Oh, mis huevos, que haría las delicias de Homer Simpson: un tipo corriente encadena patadas y accidentes en los testículos.


No extraña que a Roger Schank le preocupe la televisión:
«La televisión fomenta la glorificación de la estupidez [...], programas que dejan claro que actuando mal te harás rico y famoso. Programas en los que hablan sin necesidad de respaldar lo que dicen con pruebas».


Schank considera que las grandes corporaciones están tras la glorificación de la estupidez si no se benefician de ellas. El psicólogo escribe:
«Quienes venden medicamentos no quieren que la gente pida información sobre cómo funciona el medicamento [...]. Quienes hacen recortes de gastos no quieren que la gente pregunte por qué nunca se habla de recortes en defensa [...]. La gente que dirige las organizaciones de noticias tienen una agenda y no crean pensadores que entiendan qué está pasando en el mundo».


Larry Sanger, cofundador de Wikipedia y Citizendium, también acusa a los medios de comunicación de la estupidez creciente, en concreto a los medios online:
«Los sitios online nos vuelven estúpidos y hostiles hacia los demás», escribe Sanger. «Las comunidades de noticias, de información, de opinión y de debate están dominadas por un solo punto de vista. Ejemplos son elHuffington Post de la izquierda y National Review Online a la derecha».


Sanger considera que el auge de internet parece traer una hostilidad entre los partidos políticos que hace que cada vez sea más difícil alcanzar compromisos políticos significativos.


Todos recordamos cómo los seguidores de los partidos defienden lo indefendible a través de las redes sociales: los corruptos, los idiotas, los villanos son los otros.


Sanger afirma que «los sitios online son atractivos porque refuerzan nuestros supuestos básicos, y nos dan puntos de conversación fácilmente digeribles [...]. Nos hacen demasiado confiados y acríticos. Nos alienan a unos de otros, incluso de amigos y familiares que no comparten nuestras opiniones, porque es muy fácil y divertido demonizar a la oposición desde una página web».


Bruce Parker considera que el entretenimiento que ofrece internet ha creado una nueva cultura: «Es una cultura de abajo hacia arriba con un efecto de embrutecimiento que es probable que tenga repercusiones».


Para Parker, «a medida que más y más población llena más y más horas del día con el entretenimiento [online], cuenta con menos horas para actividades que promueven la inteligencia, la compasión y para interesarse por lo que cae fuera de sus propios microcosmos de internet».
En Idiocracia no existe la individualidad


En Idiocracia los medios de comunicación homogenizan las modas, los gustos y los intereses. Por otro lado, hay un puñado de corporaciones que monopolizan la industria. Todas las cafeterías son Starbucks, una bebida energética como sabor predominante, Costco es el único sitio para las compras… La ropa contiene logos de distintas marcas. Como resultado, el pensamiento de los ciudadanos es similar.


En Idiocracia no hay más interés que el placer inmediato. Las cuestiones urgentes se aparcan por un polvo rápido. No importa qué hay en juego. Incluso el sexo está por encima de la posibilidad de perder la vida.


En Idiocracia el presentismo mencionado por Noga Arikha impide mirarse a uno mismo, estar atento a los propios gustos, intereses y necesidades. Todo el mundo va donde todo el mundo va, y todo el mundo hace lo que todo el mundo hace. Todo el mundo parece la misma persona.


Inquieta que los protagonistas de Gandía Shore no sean muy distintos de los de Jersey Shore (USA), Geordie Shore (Reino Unido), Acapulco Shore (México) o Warsaw Shore (Polonia). Basta visualizar unos minutos de vídeos en Youtube de unos y otros para percatarse de ello. Una prueba de la homogeneización cultural.


Precisamente Hans Ulrich Obrist, codirector de la galería de arteSerpentine de Londres, se queja de que las ciudades de la mayoría de los países se parecen, que sus ciudadanos tienen los mismos gustos e intereses y que la individualidad de los artistas es aplastada. Para Obrist la homogeneización está en los principios de la destrucción de una civilización.


Nicholas Humphrey teme que si todo el mundo hace las mismas cosas, ve los mismos espectáculos y va a los mismos sitios, se pierda la creatividad: «Debemos preocuparnos de que las experiencias individuales están desapareciendo; son las que conducen a la unión de las ideas».


O’Reilly recuerda que «en el pasado, la antorcha del progreso pasa de una región a otra del mundo. Pero ahora, por primera vez, tenemos una única civilización global. Si falla, todos fracasamos juntos».


Muchas de las predicciones son catastróficas. Hay algunas soluciones. Una de ellas es no seguir a la manada. La solución quizá está en el discurso final del protagonista de Idiocracia, un tipo corriente del presente que es congelado y despierta en un futuro estúpido:




JOE: ¿Saben? Hubo una época en la historia de este país cuando la gente lista era considerada gente guay, pero la gente lista hacía cosas… como construir barcos y pirámides, e incluso fueron a la luna. Y hubo una época en la historia de este país, hace mucho tiempo, cuando leer no era cosa solo de maricones y escribir tampoco. La gente escribía libros y películas, películas que contaban historias. Y te importaba de quién era el culo que veías y por qué se tiraba pedos… y estoy convencido de que esa época se repetirá de nuevo.

How humans are driving the sixth mass extinction.



Scientists have been warning for decades that human actions are pushing life on our shared planet toward mass extinction. Such extinction events have occurred five times in the past, but a bold new paper finds that this time would be fundamentally different. Fortunately, there’s still time to stop it.


Periodically, in the vast spans of time that have preceded us, our planet’s living beings have been purged by planetary catastrophes so extreme they make your typical Ice Age look like the geological equivalent of a stroll in the park. Scientists count just five mass extinctions in an unimaginably long expanse of 450 million years, but they warn we may well be entering a sixth.


According to a bold new paper in The Anthropocene Review, this time would be different from past mass extinctions in four crucial ways – and all of these stem from the impact of a single species that arrived on the scene just 200,000 years ago: Homo sapiens.


“There is no point in apportioning blame for what is happening,” said lead author and geologist, Mark Williams, with the University of Leicester, since humans “didn’t deliberately engineer this situation.”


“Rather we have to recognise that our impact is game-changing on this planet, that we are all responsible, and that we have to become stewards of nature – as a part of it, rather than behaving like children rampaging through a sweetshop,” Williams noted.


Some scientists argue that amphibians are already experiencing a mass extinction. The golden toad has not been seen since 1989 and is believed extinct, possibly due to a combination of habitat loss and the chytrid fungus which has wiped out amphibians around the world. It’s belived the chytrid fungus was delivered via internaitonal travelers. Photograph: Conservation International/PA


The impacts of a still-avoidable sixth mass extinction would likely be so massive they’d be best described as science fiction. It would be catastrophic, widespread and, of course, irreversible. In the past, it has taken life ten to thirty million years to recover after such an extinction, 40 to 120 times as long as modern-looking humans have been telling tales by firelight. Moreover, Williams and his team argue that future changes driven by humanity may go so far as to create not just a new epoch in geologic history – such as the widely-touted Anthropocene – but a fundamental reshaping of Earth on par with the rise of microbes or the later shift from microbes to multicellular organisms.


“Fundamental changes on a planetary system scale have already begun,” said co-author Peter Haff, a geologist and engineer with Duke University. “The very considerable uncertainty is how long these will last – whether they will simply be a brief, unique excursion in Earth history, or whether they will persist and evolve into a new, geologically long-lasting, planetary state.”


But what are these “fundamental changes” that would makes this mass extinction different from the previous five?


“Episodes of global warming, ocean acidification and mass extinction have all happened before, well before humans arrived on the planet,” co-author Jan Zaleasiewicz, a paleobiologist with the University of Leicester, said. “We wanted to see if there was something different about what is happening now.”

Turns out there is.

Meet the four horsemen of the Sixth Mass Extinction

A firefighter holds a water pipe as they extinguish a fire on burned peatlands in Palembang, South Sumatra, Indonesia. The air pollution or haze has been an annual problem for the past 18 years in Indonesia. It’s caused by the illegal burning of forest and peat fires on the islands of Sumatra and Borneo to clear new land for the production of pulp, paper and palm oil. Singapore and Malaysia have offered to help the Indonesian government to fight against the fires, as infants and their mothers are evacuated to escape the record pollution levels. Photograph: Ulet Ifansasti/Getty Images

The team of geologists and biologists say that our current extinction crisis is unique in Earth’s history due to four characteristics: the spread of non-native species around the world; a single species (us) taking over a significant percentage of the world’s primary production; human actions increasingly directing evolution; and the rise of something called the technosphere.


The first real change is what the authors of the study call the “global homogenisation of flora and fauna.” Basically what this means is that you can eat tomatoes in Italy, hunt oryx in Texas, ride horses in Chile, curse cane toads in Australia, dig earthworms in eastern North America and catch rats in the Galapagos. None of these things would have been possible without human intervention: our penchant for globetrotting has brought innumerable species to new habitats, often wreaking havoc on existing ecological communities and sometimes leading to extinctions.


Secondly, over the last few centuries, humans have essentially become the top predator not only on land, but also across the sea. No other species in the past can claim such a distinction. In doing so, humanity has begun using 25 to 40% of the planet’s net primary production for its own purposes. Moreover, we have added to this the use of fossil fuels for energy, essentially mining primary production from the past.


“It’s not hubris to say this,” Williams contended. “Never before have animal and plants (and other organisms for that matter) been translocated on a global scale around the planet. Never before has one species dominated primary production in the manner that we do. Never before has one species remodelled the terrestrial biosphere so dramatically to serve its own ends – the huge amount of biomass in the animals we eat.”



Thousands of shark fins line a street, obstructing traffic in Hong Kong, China. Sharks have long been one of the top predators in the oceans, but they have been usurped by humans. Today, they are among the most threatened of marine species worldwide due to overfishing largely for their fins. Photograph: Paul Hilton/Paul Hilton/EPA/Corbis


Thirdly, humanity has become a massive force in directing evolution. This is most apparent, of course, in the domestication of animals and the cultivation of crops over thousands of years. But humans are directing evolution in numerous other ways, as well.


“We are directly manipulating genomes by artificial selection and molecular techniques, and indirectly by managing ecosystems and populations to conserve them,” said co-author Erle Ellis, an expert on the Anthropocene with the University of Maryland. He added that even conservation is impacting evolution.


"I would argue that domesticated animals and plants, as well as humans, are parts of the technosphere"

PETER HAFF


“As human management of ecosystems and populations increases, even when aimed at conservation, evolutionary processes are altered. To sustain processes of evolution that are not guided by human societies intentionally and unintentionally will require a sea change in management approaches.”


Finally, the current extinction crisis is being amplified by what the researchers call the technosphere.
Technosphere?


Peter Haff coined the term technosphere just last year. He defines the technosphere as “the global, energy consuming techno-social system that is comprised of humans, technological artifacts, and technological systems, together with the links, protocols and information that bind all these parts together.”


Basically, the technosphere is the vast, sprawling combination of humanity and its technology. Haff argues that in our thousands of years of harnessing technology – including the first technologies like stone tools, wheels and crops – the technology itself has basically begun to act practically independently, creating a new sphere (i.e., like the biosphere or atmosphere or lithosphere), but like nothing the planet has ever seen before.


“I would argue that domesticated animals and plants, as well as humans, are parts of the technosphere,” said Haff. “These are in effect manufactured by the technosphere for its own use on the basis of genetic blueprints appropriated from the biosphere.”

 Electronic waste in Agbogbloshie dump, Accra, Ghana. E-waste trash pickers risk their health in search of metals they can sell. Photograph: Andrew McConnell / Alamy/Alamy


We’ve reached a point, according to Haff, where we can’t just shut technology off. As such, the technosphere as a whole is elevated above humanity.


“In this sense, the technosphere already generates its own living tissue, thus integrating with biology,” noted Haff.


Although, humans were the original progenitors of this technology, we have, in effect, lost control. Like Doctor Frankenstein from Mary Shelley’s great novel, not only has our creation asserted its own agency, but it now wields its power over us.


Although the paper relies heavily on the idea of the technosphere as a primary driver of both the extinction crisis and current geological changes, not every researcher in the study agreed with the idea.


“I am a dissenter on the use of this term...I would have eliminated it if it were up to me alone. I find the term ‘technosphere’ neither appropriate nor accurate...It makes it appear that technology is the defining element of human alteration of the Earth system,” Ellis said, adding that “humans and societies create and sustain technologies, not the other way around – though of course there is a tight coupling of societies with technologies.”


Ellis called such an idea not only “inaccurate,” but defeatist.


“[The concept of the technosphere] is politically and socially disenfranchising and alienating people and societies - and their potential to guide, at least to some degree, this global human force behind the anthropocene.”


To Ellis the key is not the rise of technology, but rather humanity’s incredibly rich social life. He maintains that our “ultrasocialness” is the major driving force behind the changes on the planet we are witnessing today.

Pig carcasses hanging in an abattoir in Yorkshire, England. Demand for meat, which is rising globally, is a significant driver of deforestation, habitat destruction and climate change. Photograph: FLPA/John Eveson/REX


“It was behaviorally modern humans, with their ultrasocial behaviors and complex societies that spread across the Earth, became increasingly larger scale societies, ultimately gaining the capacity to transform the entire Earth. Technology is not the driver of Earth system change – social change is the cause of this.”


But Haff insists that technology, not modern humans, is the “new and enabling ingredient” for global transformation – including the potential for mass extinction.


“The technosphere is not meant as a stand in or short hand for a supposed ‘novel human force’ in the earth system,” he explained. “The name ‘technosphere’ arose in part to discourage such an idea. There exists no such human force. What is present, and novel, is the collective system of many people and much technology.”
Like Nothing the Earth Has Ever Seen


Regardless of whether scientists stress the role of humans or technology in transforming the planet, the researchers all agree that the arrival of modern Homo sapiens has transformed the planet. But how much?


“If humans were to go extinct tomorrow, then our impact on the biosphere would be recognisable as an epoch boundary – like the boundary between the Pleistocene and Holocene,” Williams pointed out. “After us, a few tens to hundreds of thousands of years in the future, the biosphere would find a new equilibrium without us, and probably with its biodiversity largely intact.”

 Trucks and machinery along routes within the Suncore Oil Sands site near to Fort McMurray in Northern Alberta. Canada’s tar sands is one of the largest industrial projects on the planet, turning boreal forest, rivers and bogs into a scarred landscape. Photograph: David Levene


Or as the paper puts it: “if the technosphere were to collapse what would remain is physical evidence of its history, as a preserved stratigraphic signal in the rocks. This will include a short-lived event bed of ‘urban strata’ and related deposits, recording rapid technospheric evolution and deep roots via preserved tunnels, mines and boreholes; a climate perturbation that might last [100-200,000 years] and a permanent reconfiguration of the biosphere...resulting from the effect of trans-global species invasions and a moderate- to large-scale mass extinction event.”

Okay, but what if we don’t go extinct anytime soon?


"There is no ‘ending’: the challenges of the Anthropocene are permanent. Humanity and nature are inextricably coupled"

ERLE ELLIS


“If the changes made to the biosphere by humans continue to accelerate and are sustainable, and if our interaction with the technosphere becomes a major component of Earth’s future trajectory, then the changes can be argued to be really fundamental,” Williams added.


The scientists argue then that the changes would be so extreme, and so unlike anything that the Earth has ever seen before, that it could represent a geological shift as big as the rise of microbes on the planet or the rise of multicellular organisms. For example, imagine a world where humans and their technology effectively control the global temperature through geo-engineering or a world where humans wholeheartedly and deliberately manipulate evolution for their own (or the technosphere’s) ends.


Zaleasiewicz said that while some researchers argue that such changes could turn out all right, most argue the still-developing Anthropocene “will mostly be a very bumpy ride for humanity, and for life in general, as it evolves,” adding that “previous perturbations of the Earth system have seen both winners and losers, so perhaps that is a more realistic scenario.”

So, WTF Do We DO?


The researchers are clear: we can’t go back in time, to some pre-human, arguably pristine environment.


“There is no ‘ending’: the challenges of the Anthropocene are permanent,” said Ellis. “Humanity and nature are inextricably coupled for the foreseeable future.”


Moreover, according to Zaleasiewicz, the momentum is not on our side.

The dead body of a Indian rhinoceros, which was killed by poachers this year in Assam, India. Several rhino species are on the edge of extinction due to demand for their horns. Photograph: Anuwar Ali Hazarika / Barcroft I/Anuwar Hazarika / Barcroft India

“There’s clearly a rapidly moving – and accelerating – dynamic involved, and it can be argued that this is needed and inevitable to feed, clothe and shelter and extra two to three billion people over the next few decades.”


However, even with all that, the scientists say it’s not too late to avoid a total mass extinction and ecological meltdown.


“We are not in a mass extinction event yet, and it’s very important to emphasise that, because it means we can still make changes,” said Williams.


The scientists agree that to avoid mass extinction – and tackle the current environmental crisis – is possible but will require large-scale changes not only in how society operates but how humans view their relation to the natural world.


“It’s about recognising that we are stewards of nature and that every action we make will have an effect on the biosphere somewhere,” said Williams. “If at a very basic level we could get people to make that connection then we would have fundamentally changed human behavior.”

But how do we do this?


“I think there are parallels with getting people to recognize that ‘drunk driving’ is a mistake or ‘wearing a seatbelt is a good thing,’” Williams went on. “I remember the campaigns from the 1970s and though this might sound glib, it’s fundamental to the problem. Humans are the problem, but they are also the solution.”


Ellis agreed that humans must move on from the view that we are somehow separate from nature (or that nature somehow exists separate from us) and, instead, embrace our role as “permanent shapers and stewards of the biosphere and the species within it.”


He also sees several positive trends underway, including urbanisation, rising awareness of the plight of biodiversity, the increasing potential for societies to create change at large scales and the possibility of decoupling of the global economy from ecosystem destruction.



The baiji, or Yangtze river dolphin, was declared functionally extinct in 2006. The species, which has swam the Yangtze for some 20 million years, was the first cetacean to go extinct due to human activities. Overfishing, habitat destruction, electrofishing, boat traffic, dam-building and pollution all likely played a role in the species’ demise. Photograph: AFP


“Still, the large scale of modern societies is daunting,” Ellis cautioned, “and for these trends to reach their full potential will require far greater strategic effort – just letting things happen will not yield a better future.”


According to him practical solutions “will require a combination of conservation, restoration, rewilding, engineering, emergence, and design.”


“We must recognize that there is no option to ‘leave the Earth alone,’ “ Ellis added. “The responsibility for the future of the planet is ours now.”


It’s a big responsibility – bigger than any other species on Earth has ever faced – and so far we’ve hardly proved ourselves up to it. But there is still time. And time means hope – but not without action.