domingo, 14 de octubre de 2018

Cómo comunicar el colapso civilizatorio





Tenemos que llamar a las cosas por su nombre. Estamos viviendo el colapso de la civilización industrial, no una crisis más, ni una transición como solemos entender.

Vivimos las primeras etapas de un cambio civilizatorio de grandes proporciones. En este proceso, viviremos la quiebra del capitalismo global, un alza de los conflictos por el control de los recursos, una fuerte reconfiguración del Estado o una “re-ruralización” social. Este colapso de la civilización industrial es inevitable.

Pero esta inevitabilidad no significa que el futuro esté escrito. Dentro del campo de posibilidades físicas que tengamos, la reconfiguración de los ecosistemas y las sociedades humanas dependerá en gran medida de lo que hagamos ahora. Es más, el colapso brindará oportunidades inéditas para la articulación de sociedades más justas, solidarias y sostenibles. Por ejemplo, un sistema energético basado en fuentes de acceso más universal (las renovables), una tecnología más apropiable (más sencilla), sociedades más fácilmente gestionables democráticamente (más locales y de menor tamaño) o un tejido social más denso (la supervivencia pasará por el colectivo). Estas oportunidades serán más cuanta menos degradación social y ambiental se produzca. En este sentido, cuanto antes se pongan en marcha medidas acordes con los nuevos contextos, mayores serán las posibilidades de limitar esta degradación.

Con estas premisas, el objetivo de comunicar el colapso no es realizar un ejercicio de amargura prospectiva, ni un análisis complejo del contexto –aunque ambos factores deban cumplir un papel– sino que las sociedades puedan organizarse para aprovechar las oportunidades y sortear los riesgos que nos brinda el final del metabolismo industrial.




¿Cómo comunicar el colapso a personas conscientes de la situación?

Quienes conocen los escenarios más factibles del cambio climático y de la restricción energética y material, el posible auge de nuevos fascismos, o el probable incremento de la población en condiciones de miseria, temen esos escenarios. No habría que alimentar más ese miedo, sino buscar estados de ánimo que nos sirvan de pértiga para saltarlo. Uno fundamental es la esperanza. Eso es justo lo que proyectan lemas como “sí se puede” y “otro mundo es posible”. La esperanza no se construye sobre la nada, sino que requiere de razones sobre las que sostenerse. Y las hay, pues el colapso abrirá oportunidades a sociedades más vivibles.

Sin embargo, la esperanza habría que transmitirla con realismo. Por ejemplo, comunicar que las renovables son la solución a la situación climática y energética sin cambiar a fondo nuestro orden socioeconómico no es cierto. En este sentido, es probable que el movimiento ecologista haya dado excesivas esperanzas de que el sistema actual podía seguir su curso con “simplemente” aplicar un paquete de políticas climáticas, energéticas o de conservación de la biodiversidad.

Las luchas impulsadas por los movimientos sociales deben tener beneficios perceptibles y sostenibles para quienes participen en ellas y la alegría tiene que ser uno de ellos. Además, en la medida en que nos moviliza más el refuerzo positivo que el negativo, este es un elemento que cobra especial relevancia. Una de las cosas que más alegría y placer nos causa es la interrelación con otras personas para construir algo. Otro motivo que puede alegrarnos es el desmoronamiento de un orden basado en el sufrimiento social y la destrucción ambiental: el final del capitalismo global es una buena noticia.
Además de la esperanza y la alegría, también debería estar la responsabilidad, pues conocer los posibles escenarios futuros es saber que las políticas que se adopten ahora marcarán cuántas personas sobrevivan y su calidad de vida. Para reforzar esa responsabilidad habría que transmitir la relevancia de la acción. En primer lugar, porque es con nuestras prácticas cotidianas como nos construimos como personas distintas. También porque en un entorno muy cambiante quienes se hayan organizado tendrán una importante capacidad de influencia. Finalmente, porque los mundos a los que nos iremos acercando serán cada vez más locales y por lo tanto más influenciables por nuestras acciones.

Si la primera idea tiene que ver con las emociones que movilizamos, la segunda es con el tipo de análisis que realizamos, que debe ser riguroso. El colapso es una disminución drástica de la complejidad de manera que surja una estructura radicalmente distinta. No es un cambio de régimen, no es una ocupación, tampoco es una crisis. Esta marcado por un descenso en la población, la especialización social (diferenciación social, especialización laboral), las interconexiones (comercio, penetración de los órganos de poder), y la cantidad de información que contiene y fluye por el sistema (acceso al conocimiento, arte, intercambio de información). El colapso no es un hecho súbito, sino un proceso que durará muchas décadas. Este es un problema de primer orden, pues actuamos cuando vemos el peligro inminente, pero no si este sucede poco a poco. Por todo ello es importante denominar al colapso por su nombre.

Otro análisis importante es que, aunque el medio ambiente está en el centro de las causas del colapso, no es su única dimensión. También son fundamentales los elementos económicos, culturales y políticos. Pero considerar la multidimensionalidad de factores que concurren en el colapso no significa darles a todos la misma importancia. Así, la capacidad del ecologismo social para analizar el momento actual desde la complejidad, pero dando gran relevancia a los límites ambientales, es un ejemplo a seguir.

Trabajar desde una visión sistémica es una estrategia adecuada para comunicarse con personas que ya son conscientes de la crisis civilizatoria porque es un pensamiento que ya tienen entrenado. Además, esta estrategia ha demostrado ser movilizadora. Una muestra fue la impresionante resonancia que alcanzaron Los límites del crecimiento, un análisis sistémico.


 ¿Cómo comunicar el colapso a quienes NO son conscientes de él, pero quieren saber?

En gran medida, mucho de lo dicho anteriormente se puede aplicar a este grupo, por lo que nos centramos en varios elementos extra.

En lo que concierne a las emociones, es importante sumar el miedo, pues es una emoción que motiva a las personas a no continuar por las sendas más peligrosas. Cuanto menos miedo al colapso tengan las sociedades, más profundo será. En ese sentido, mensajes complacientes con la pervivencia del sistema actual o que pongan “excesivamente” en duda el colapso serían contraproducentes.
Otra razón para no sortear el miedo que causa la comunicación de la prospectiva dura que tenemos por delante es que los cambios necesarios y deseables en la transición civilizatoria requieren de poblaciones maduras. Por ello, no podemos tratar a las personas como si fuesen infantes y no pudiesen hacerse cargo de sus vidas. Si vamos a necesitar lo mejor del ser humano, pongamos altas expectativas en él y mostrémoslo con nuestros actos.

A estas razones para usar el miedo podemos sumar que, para actuar, el ser humano necesita conocer el límite a partir del cual la inacción o la acción incorrecta tiene consecuencias negativas. De este modo, no solo habría que comunicar los aspectos potencialmente peligrosos de los escenarios por venir, sino hacer un esfuerzo por señalar los límites, los umbrales de no retorno. Aunque esto es especialmente difícil, ya que la crisis sistémica que vivimos tiene unos límites inaprensibles, hacer mucha incidencia, por ejemplo, en el aumento de 1,5ºC como límite de seguridad climática es importante.

Un último argumento para usar el miedo es que es una herramienta que se ha utilizado con profusión en numerosas campañas exitosas. Por ejemplo, probablemente el libro más influyente del ecologismo ha sido La primavera silenciosa, que transmitía las perniciosas consecuencias del uso de los pesticidas. Otro texto muy influyente fue el ya nombrado Los límites del crecimiento, que también planteaba un mensaje muy duro. Fuera del ecologismo, también hay numerosos ejemplos, como la lucha contra el tabaquismo.

Esto implica que no deberíamos llamar al cáncer, gripe. Estamos viviendo el colapso de la civilización industrial, no una crisis más, ni una transición como la solemos entender (algo “tranquilo” y más o menos pilotado). Tenemos que llamar a las cosas por su nombre. Igual con algunos sectores sociales el término “colapso” no es el más adecuado, pero no puede ser sustituido por giros que quiten importancia a los desafíos que enfrentamos. Esto no significa regodearse en lo doloroso, es más, resulta clave comunicar desde la empatía.

Sin embargo, el miedo es un potente sentimiento desmovilizador, pues suele inducir a buscar la seguridad en la ausencia de cambios. Además, una sociedad miedosa es insegura de sí misma, por lo que rinde muy por debajo de sus posibilidades. En ella, se bloquea la visión de partes de la realidad especialmente molestas, pero fundamentales para afrontar los problemas. Así, solo las sociedades que consigan controlar el miedo serán capaces de encarar de forma emancipadora el futuro, las otras correrán el riesgo de buscar tablas de salvación en opciones autoritarias.

Por ello, el miedo debe superarse y esto solo se hace en colectivo. Para sacudirse el miedo, resulta imprescindible construir un camino con desafíos asumibles, riesgos afrontables psicológicamente, y en el que las sociedades vean las ventajas y la factibilidad de los cambios. También usar esa pértiga en forma de esperanza y alegría que nombramos. A las estrategias ya expuestas para construir la esperanza, habría que sumar otra de especial importancia para este grupo: que para que sea creíble, tiene que encarnarse y vivirse.

La última idea es la importancia de articular la comunicación desde el hacer más que desde el decir. Los entornos en los que nos movemos construyen nuestro sistema de valores. Cambiando nuestras formas de actuar, cambiamos nuestras formas de pensar. Así, los cambios personales y sociales solo se van a dar si las personas participan en entornos que gratifiquen valores emancipadores. Por ello, más clave que los discursos que articulamos son las prácticas que promovemos. Además, relacionarnos a través de las prácticas y no de los discursos diluye las barreras que nos ponemos ante ideologías ajenas.

Para esta construcción de visiones alternativas, será importante que existan muchos entes comunicadores distintos con mensajes parecidos. Esto permitirá sortear la voluntariedad de la escucha. Conseguir esos emisores diferenciados pasa por que distintos grupos sociales sean intermediarios de nuestra comunicación y la traduzcan. Que otras personas hagan suyo el mensaje, dándole sus propios matices y énfasis. Desde esta perspectiva, podría ser más estratégico comunicar a un público cercano, que tiene predisposición a escucharnos y maneja nuestros mismos códigos, y que este sea el que comunique posteriormente a otros sectores.

(Este texto es un resumen de su contribución de Luis González Reyes al libro Humanidades ambientales.)


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82 años del Consejo de Aragón: el efímero y único gobierno libertario de la historia.


La ocupación de las tres capitales provinciales por los sublevados propició, al dejar sin estructuras de Estado la mitad oriental de la comunidad, la creación, hoy hace ochenta años, del Consejo Regional de Defensa de Aragón, la única experiencia de Gobierno libertario de la que existe constancia.
“Les faltó tiempo. Fue una experiencia de organización política que, en unas circunstancias nada favorables, dió pasos hacia la normalización”, explica el historiador de la Complutense José Luis Ledesma. Se refiere al Consejo Regional de Defensa de Aragón, el primer, y prácticamente único, episodio de gobierno libertario del que hay constancia en la historia. Este organismo, presidido por Joaquín Ascaso, gobernó durante diez meses, entre el 6 de octubre de 1936 y el 11 de agosto de 1937, la mitad oriental de lo que hoy es la comunidad autónoma.


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